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200 años de la protomodernización argentina

El inusual prefijo en la palabra “protomodernización” pretende denotar aquel intento remoto de modernizar la Argentina cuando Bernardino Rivadavia ejerció la primera presidencia de nuestro pa...

200 años de la protomodernización argentina

El inusual prefijo en la palabra “protomodernización” pretende denotar aquel intento remoto de modernizar la Argentina cuando Bernardino Rivadavia ejerció la primera presidencia de nuestro pa...

El inusual prefijo en la palabra “protomodernización” pretende denotar aquel intento remoto de modernizar la Argentina cuando Bernardino Rivadavia ejerció la primera presidencia de nuestro país (1826-1827). Intento frustrado, por cierto. Bartolomé Mitre lo consideró el “primer hombre civil de los argentinos”, en tanto para Jorge Luis Borges simbolizaba la división política y cultural de la ciudad: “Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia” (El Sur, 1953). Y no se equivocaba, porque hasta hoy su figura es divisiva y polémica. “sapo del diluvio” lo llamaban sus opositores de entonces y “vendepatria”, los actuales.

Ningún acto oficial lo ha recordado y pocos lo han evocado, sin advertir quizás, el parecido con la coyuntura actual, no por lo de sapo, sino por sus ideas. Vale la pena remarcar cómo, a pesar de los siglos transcurridos, muchos problemas elementales de esta Argentina, amada pero frustrante, continúan irresueltos. Y, ayer como hoy, se necesita algún “loco” que se atreva a encararlos.

Rivadavia vivió en Europa durante cinco años, luego de haber sido enviado en misión oficial con Manuel Belgrano, para lograr apoyos ante la restauración de Fernando VII y la derrota de Napoleón. Durante ese lapso, mientras era testigo de la revolución industrial, del auge del comercio y de la expansión de los ferrocarriles, tuvo contacto con los pensadores liberales de la época. Desde Jeremy Bentham a quien trató personalmente y quien gravitó luego en sus reformas, hasta los franceses Destutt de Tracy y Benjamin Constant. También fue influido por los liberales españoles que obligaron a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz (1812) durante el Trienio Liberal.

Á través de Bentham, pudo admirar a Adam Smith y David Ricardo.

Cuando regresó a nuestro país, había caído el Directorio y las provincias se gobernaban de forma independiente. Luego de la “anarquía del año 20″, Buenos Aires eligió a Martin Rodríguez como gobernador (1820-1824), quien designó al recién llegado como secretario de Gobierno. Y fue este, cargado de ideas progresistas, quien tuvo la mayor responsabilidad de gestión.

Pero la provincia no era Europa, ni la ciudad era París. El ejido urbano tenía solo 50.000 habitantes y la mayor parte estaba compuesta por analfabetos. Las calles eran de tierra, salvo las empedradas por el virrey Vértiz. Las principales estaban iluminadas con velas de sebo, con serenos que las encendían y apagaban. A falta de cloacas, los criados arrojaban las aguas servidas a la calle, advirtiendo “¡Agua va!”. Sin puerto, solo un muelle, barro y carretas para desembarcar. El campo estaba despoblado, no había agricultura y las estancias, con ranchos de barro y paja, no tenían alambrados. Del ganado solo se aprovechaba el sebo y el cuero. Los saladeros recién comenzaban a exportar carne salada (charque).

Como bien señalan sus críticos, el país no estaba listo para reformas “ilustradas”, pero ninguna nación avanza si no hay estadistas que propongan grandes ideas. Y Rivadavia las tuvo, aunque fracasó por razones políticas. Su sucesor, Juan Gregorio de Las Heras, acuñó la expresión “feliz experiencia” al breve lapso de gestión rivadaviana, luego adoptada por la historia.

Recién ahora la Argentina se está integrando al mundo, luego de décadas de aislamiento y cerrazón en el Mercosur.

En 1822, promovió la creación del “Banco de Descuentos” de carácter privado, el más antiguo de Hispanoamérica, con facultad de emitir dinero con respaldo en metálico. Fue origen del Banco de la Provincia de Buenos Aires que lo absorbió en 1824. Para modernizar el Estado, suprimió los cabildos (Buenos Aires, Luján y San Nicolás) transfiriendo al gobierno provincial sus atribuciones políticas y las judiciales a nuevos tribunales y jueces letrados. En 1821, impulsó la primera ley de sufragio universal masculino para la Sala de Representantes, una novedad en toda América Latina. Hasta entonces, solo votaban quienes tenían propiedades, estaban alfabetizados y ejercían un oficio “útil y lucrativo”. En su afán por fortalecer un estado moderno y laico, se enfrentó con la iglesia expropiando sus bienes, suprimiendo sus fueros especiales y disolviendo las órdenes religiosas, lo cual lo enfrentó con gran parte de la sociedad porteña.

Fervoroso educador, para difundir la educación elemental impulsó el sistema lancasteriano en las escuelas donde los alumnos más capaces actuaban como “ayudantes” del maestro enseñando lo que ellos habían aprendido. Creía en la importancia de elevar el rol de las mujeres y creó la Sociedad de Beneficencia para gestionar la ayuda social y la educación femenina quitando esos roles a las órdenes religiosas. Por la modestia de recursos, pretendía que “madres ilustradas” pudieran criar hijos cultos y útiles para una nueva república.

Fundó la Universidad de Buenos Aires trayendo varios profesores del extranjero para cubrir distintas cátedras. A nivel secundario, también el Colegio de Ciencias Morales, como parte de la universidad, que, en 1863, se convirtió en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Estableció la Academia Nacional de Medicina, en 1822, la más antigua de América. Creó el Museo de Ciencias Naturales, en 1823, que lleva su nombre. Eliminó la censura a la importación de libros e impulsó la Sociedad Literaria para librar su “batalla cultural” difundiendo ideas de la Ilustración (por eso se lo llamó “afrancesado”) con debates y publicaciones como el mensuario La Abeja Argentina y el periódico El Argos.

En 1821, creó el Archivo General de la Provincia de Buenos Aires, actual Archivo General de la Nación y, en 1826, el Departamento Topográfico sentando las bases de la cartografía oficial, la agrimensura y la organización territorial del país. En su honor, cada 26 de junio se celebra el Día de la Cartografía. En 1825 se celebró el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con el Reino Unido, primer reconocimiento de nuestra independencia luego de la batalla de Ayacucho. Recién ahora la Argentina se está integrando al mundo, luego de décadas de aislamiento y cerrazón en el Mercosur.

Sus críticos objetan el préstamo con la banca Barings de Londres para construir un puerto, red de agua potable y formación de pueblos de frontera, pues se desembolsaron pocos fondos y lo recibido fue consumido en la guerra con Brasil. Sin embargo, quienes lo objetan por ello desconocen que esa provincia distante y convulsionada no era merecedora de crédito alguno, como ocurre también dos siglos más tarde, gracias al kirchnerismo. Para el Morgan Stanley Capital International (MSCI) nuestro país todavía se encuentra en la categoría standalone (“aislado”) la peor dentro de su rango de calificaciones. Ni siquiera es un país “de frontera”.

En el conurbano bonaerense, la red cloacal solo cubre el 65% de los hogares, un tercio de las calles son de tierra o afirmado y la mitad de sus habitantes sufre situaciones de déficit habitacional.

Rivadavia trajo científicos para ejecutar sus sueños, pero al tiempo se encontraron sin Rivadavia y sin trabajo. Nuestra larga trayectoria de incumplir promesas. Por ejemplo, Jose Lanz (Academia de Náutica); Aimé Bonpland (Museo de Ciencias Naturales); Pedro Carta Molino (médico, educador); Octavio Fabrizio Mossotti (físico, astrónomo); Carlo Giuseppe Ferraris (físico, astrónomo); Pedro de Angelis (historiador, educador); Carlos Enrique Pellegrini (ingeniero, artista); Próspero Catelin (arquitecto, edificios públicos).

En la ciudad, Rivadavia realizó obras de empedrado, iluminación a gas, ampliación de calles (avenidas) y las tan útiles ochavas.

200 años más tarde, la Argentina no tiene moneda, carece aún de crédito y le faltan recursos para invertir en infraestructura. Hay graves problemas educativos y de salud pública. En las zonas productivas, no hay caminos para sacar las cosechas y tanto en el campo como en la ciudad, la inseguridad es mayúscula. En el Conurbano de aquella misma provincia, la red cloacal solo cubre el 65% de los hogares, un tercio de las calles son de tierra o afirmado y la mitad de sus habitantes sufre situaciones de déficit habitacional.

Recordar las iniciativas de Bernardino Rivadavia, 200 años después, es un ejercicio refrescante para quienes olvidaron la historia de nuestro país y para compararlas con la lamentable regresión de los últimos 80 años.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/200-anos-de-la-protomodernizacion-argentina-nid27062026/

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