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Agostina, otra víctima de un tejido social fracturado

Agostina hoy es el nombre de un homicidio atroz. Pero también es el nombre de una Argentina degradada, en la que se combinan entramados mafiosos, complicidades estatales, ineficiencia judicial y e...

Agostina, otra víctima de un tejido social fracturado

Agostina hoy es el nombre de un homicidio atroz. Pero también es el nombre de una Argentina degradada, en la que se combinan entramados mafiosos, complicidades estatales, ineficiencia judicial y e...

Agostina hoy es el nombre de un homicidio atroz. Pero también es el nombre de una Argentina degradada, en la que se combinan entramados mafiosos, complicidades estatales, ineficiencia judicial y estructuras sociales y familiares muy fracturadas.

Con penosa frecuencia, el país se estremece con casos similares. El año pasado fue el triple crimen de Florencio Varela, en el que resultaron víctimas tres adolescentes, Brenda, Morena y Lara; antes había sido el de Cecilia, en Chaco, y después el de Loan, el niño de Santiago del Estero que nunca apareció. Son hechos que, de alguna forma, están unidos por un hilo conductor: reflejan el profundo deterioro del tejido social y una situación de extrema vulnerabilidad a la que quedan expuestos chicos y adolescentes. Todo se inscribe en un marco de desprotección, donde el barrio, la familia y la escuela se han debilitado como ejes ordenadores y espacios de contención.

Para intentar comprender el caso de Agostina hay que asomarse a la compleja realidad de las periferias urbanas. Son geografías sociales y culturales en las que la educación y el trabajo ya no constituyen los vectores centrales de la vida social. Se han consolidado, en cambio, esquemas de supervivencia que se desarrollan en un contexto de anomia e informalidad, con maneras difusas de generar ingresos, incluso desde edades muy tempranas.

Todos los mecanismos de control, aún los más elementales de asistencia escolar y presencialidad laboral, lucen desarticulados. El caso de Agostina ofrece, en ese sentido, detalles que pueden parecer menores, pero que son muy representativos de esa laxitud estructural. El principal sospechoso era hasta ahora empleado municipal. Había faltado a su trabajo casi un mes, pero nadie notó, según han reconocido, que no asistía porque estaba preso bajo la grave acusación de privación ilegítima de la libertad. La propia Agostina, que antes de ser víctima del horror ya era víctima de un contexto de vulnerabilidad social, desapareció el 23 de mayo, pero hacía al menos dos semanas que faltaba a la escuela.

Alguien podría preguntarse qué tienen que ver esos datos con un desenlace tan escalofriante y extremo. Sin embargo, si se hubieran activado las alarmas y controles por esos ausentismos prolongados, tal vez el sospechoso no se hubiera podido mover con tanta impunidad y la víctima hubiera encontrado algún dispositivo de contención que funcionara como barrera preventiva. Todo es conjetural, por supuesto, pero en marcos sociales y culturales más institucionalizados, disminuyen los niveles de riesgo y desprotección.

Lo que vemos en el caso que hoy estremece al país es una radiografía del deterioro social en sectores que hace veinte o treinta años integraban una clase media cohesionada, y que hoy viven en contextos de mucha fragilidad. Han desaparecido, o se han debilitado mucho, instituciones que antes eran vertebrales y contenedoras: el club y la biblioteca del barrio, en muchos casos, languidecen por la falta de recursos y de sostén comunitario; la escuela se siente desbordada por el impacto de la problemática social, lo mismo que las iglesias. Los punteros políticos han sido desplazados por los “capos” de organizaciones mafiosas, desde el que maneja la droga hasta el que administra el juego clandestino, el “negocio” del estacionamiento o el nexo con las barras bravas.

Muchos jóvenes y adolescentes son captados por esas redes, que los tientan con ingresos fáciles y los alejan de actividades que exigen esfuerzo, método y disciplina, como la educación y el deporte.

Aunque en términos macro la pobreza ha bajado, ese dato no alcanza para revertir el daño cultural acumulado en décadas de empobrecimiento. Lo que vemos en los grandes conurbanos es una fractura que excede la dimensión económica: implica una destrucción de los marcos de referencia, los lazos de confianza y los hábitos de vida que sostenían a franjas enteras de la clase media baja. Es un deterioro que no se corrige con transferencias de ingresos; requiere tiempo, instituciones y presencia comunitaria.

A ese paisaje de degradación se suma un problema global: los submundos digitales en los que niños y adolescentes muchas veces se sumergen sin que sus padres o maestros puedan detectar los riesgos. En contextos sociales y familiares donde ya se debilitaron los espacios de encuentro y los mecanismos de control, la trampa digital opera sin barreras: propicia un acceso precoz al mundo de los adultos, a veces como una forma de huida de contextos habitacionales precarios y de situaciones familiares asfixiantes. El celular ofrece “un escape”, aunque muchas veces resulte engañoso. En el espacio digital, es muy fácil sortear los filtros para menores, utilizar identidades falsas e ingresar en territorios que pueden ser tan tentadores como riesgosos para niños y adolescentes. Las fronteras entre lo virtual y “lo real” se desdibujan, lo mismo que la noción del límite. Se exacerban los rasgos de ansiedad y desinhibición que pueden conducir a desórdenes psicológicos y a exploraciones de alto riesgo. Hasta el cuidado de la salud y el sistema de defensas se ven vulnerados con la alteración del sueño, la pérdida de rutinas y la irregularidad horaria en la ingesta de alimentos. Todo eso erosiona las energías y la disposición para el estudio, el deporte y los hábitos saludables: los mismos vectores que en otros contextos funcionan como ancla.

Todo confluye en un entramado social y cultural en el que se debilita también el liderazgo adulto. En esos contextos de anomia y desarticulación, tiende a imponerse un código de convivencia hostil, atravesado por las desconfianzas y la falta de autoridad. Se ve en la escuela, pero también en el barrio y en el espacio público en general. Rige una especie de repliegue o indiferencia que lleva a muchos a no reaccionar o “no meterse” cuando observan conductas o comportamientos de riesgo entre los más jóvenes. Si antes se veía a un chico fuera de la escuela, o que estaba en la calle en un horario inconveniente, se producía una reacción espontánea entre los vecinos. Hoy ese dispositivo social prácticamente no existe.

Cada caso que conmueve al país, como ocurre ahora con el de Agostina, tiene características y particularidades propias. Sería arbitrario aplicarles a todos un mismo molde explicativo, porque operan, por supuesto, realidades y circunstancias distintas. Sin embargo, es indispensable analizar esos casos como partes de una trama en la que el deterioro social se articula con la negligencia del Estado y la debilidad del sistema institucional.

Alrededor del crimen de Agostina hay varios patrones que se repiten: la ineficacia de la policía, que demoró varias horas en tomar la denuncia por su desaparición y activó tarde el protocolo establecido en el alerta Sofía (el sistema de emergencia rápida para la búsqueda de niños y adolescentes perdidos); la ligereza del Poder Judicial, que había liberado y se había desentendido del sospechoso, a pesar de haber protagonizado un gravísimo episodio de violencia de género e intento de secuestro contra una mujer; la aparición de vínculos con la política de un individuo con antecedentes penales, conectado además con una organización barrabrava. Nada que sorprenda, pero que confirma, sí, que hay un sistema de garantías y de protección muy debilitado, en el que millones de adolescentes como Agostina se encuentran en riesgo.

Hoy vemos, otra vez, a una familia desgarrada y a un país que reclama justicia. Es esencial, por supuesto, el esclarecimiento del caso, pero también es fundamental que miremos el paisaje en el que se inscriben el horror y la tragedia. Agostina nos recuerda el desafío enorme, y a la vez complejo, de recomponer el tejido social, de fortalecer la escuela y sanear las instituciones, de reforzar los lazos comunitarios y de asumir, entre todos, la responsabilidad de cuidar y proteger a los chicos. Ahora es Agostina, como antes fueron Brenda, Morena y Lara, entre tantos otros nombres: ¿Cuántas veces más llegaremos tarde?

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/agostina-otra-victima-de-un-tejido-social-fracturado-nid03062026/

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