Al reencuentro de la paz perdida
“Antes de hablar es necesario no solamente escuchar la voz del hombre, sino también su corazón. El clima del diálogo es la amistad; más aún, es el servicio” (Ecclesiam suam, 80 – Pablo V...
“Antes de hablar es necesario no solamente escuchar la voz del hombre, sino también su corazón. El clima del diálogo es la amistad; más aún, es el servicio” (Ecclesiam suam, 80 – Pablo VI).
Cuando se aborda el estudio de sucesos históricos, es necesario hacerlo con la mente libre de prejuicios y con comprensión de la época en que esos hechos se desarrollaron. En la Argentina solemos sentirnos destinados a la grandeza, una grandeza que alguna vez tuvimos –o creímos tener–. Sin embargo, sucesivas frustraciones nos han conducido a un presente en el que ese esplendor parece ausente, acompañado de enojos generalizados y del fastidio provocado por las reiteradas promesas incumplidas.
La pregunta, de difícil respuesta, es inevitable: ¿cuándo comenzamos a deslizarnos por el plano inclinado en el que hoy nos encontramos? Ello ocurre a pesar de que, en ciertos períodos –no demasiado extensos–, logramos algunos éxitos y recuperamos esperanzas. Muchos politólogos señalan dos hechos claves para explicar la decadencia argentina. El primero, vinculado con la ruptura del orden institucional, fue el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, inspirado en el fascismo italiano, que inauguró lo que luego se denominó la “década infame”.
El segundo hito fue el golpe de Estado del 4 de junio de 1943, impulsado por el Grupo de Oficiales Unidos y posteriormente capitalizado por el entonces coronel Juan Domingo Perón. Este proceso político concluiría con el triunfo de la “Revolución Libertadora”, en septiembre de 1955. Omitiré referirme de manera pormenorizada al golpe de 1930 para concentrarme en el período que me ha tocado vivir a lo largo de más de ocho décadas, donde encuentro la segunda semilla de la actual decadencia.
El peronismo ha hecho gala de un duradero y provechoso transformismo. En sus primeros años presentó rasgos comunes con otros populismos de América –como el de Getulio Vargas– o de Europa –como los regímenes de Mussolini o Franco–, considerados de “derecha”. En ese proceso aparecen nombres como Perón, Isabel Perón, Lastiri, López Rega, la Triple A o Menem, entre otros. En determinados momentos surgió también una corriente nacida en aquella matriz inicial, de vínculos con sectores reaccionarios del clero, pero orientada luego hacia posiciones de “izquierda”: Montoneros, el gobierno de Cámpora, ciertos movimientos sociales y, más tarde, el discurso del kirchnerismo.
Estas dos formas de interpretar el movimiento popular más importante de la Argentina durante las últimas décadas se han expresado con aciertos y errores. Dejo lo primero para quienes se sienten justicialistas y me ocuparé, con voluntad crítica, de lo segundo.
Lo peor del peronismo reside en ciertas características que se repiten a lo largo del tiempo: la búsqueda del poder como objetivo central, desde el cual se ejercen prácticas de corrupción y de violencia –de hecho o de palabra–, acompañadas de la descalificación permanente del adversario. El adoctrinamiento partidario en las escuelas fue uno de los rasgos más negativos del régimen peronista, junto con la persecución del adversario para silenciarlo y la justificación de sus acciones mediante consignas vacías.
En los primeros años de este populismo se hizo clásica la consigna pronunciada desde lo más alto del poder: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”. Pensar o participar políticamente quedaba fuera de la ecuación. Era un esquema típicamente mussoliniano, inspirado en aquella máxima aprendida por Perón: “Il Duce pensa per me, il Duce pensa per te, il Duce pensa per tutti”.
El radicalismo, el otro gran movimiento popular argentino y el único partido históricamente organizado como tal, atraviesa hoy un claro debilitamiento, particularmente en el AMBA. Si no reacciona, su permanencia como fuerza nacional resulta incierta.
No obstante, es justo señalar la labor positiva que han comenzado a emprender sus nuevas autoridades partidarias. Esa tarea se apoya, por ahora, en una base territorial que incluye cinco gobernaciones, una fuerte alianza en Chubut y participación en otras provincias, sumando centenares de intendencias a lo largo del país.
Lo primero que debe comprenderse es que existe mucho contenido, pero sin continente: hay millones de radicales fuera del partido, mientras que muchos de quienes lo integran formalmente harían menos daño si se marcharan, en caso de disentir en lo fundamental, que siempre ha sido conducta y doctrina.
La Unión Cívica Radical debe definir con claridad sus políticas y recordar el viejo dicho: “A quien no sabe adónde va nunca le soplan buenos vientos”. En el nuevo mapa político argentino, otras fuerzas tradicionales –como el socialismo o la democracia progresista– prácticamente han desaparecido. Las fuerzas conservadoras que no ingresaron al Partido Justicialista desde 1945 carecen hoy de vida institucional significativa.
Pro, falto de historia y de convicciones sólidas, se diluye progresivamente con la migración de muchos de sus dirigentes hacia La Libertad Avanza. La llamada izquierda, en sus diversas variantes, permanece relegada a una adhesión electoral muy baja. En cierto modo, Perón había anticipado esta realidad cuando afirmó ante los mandos militares en 1945 que el movimiento que estaba creando funcionaría como un dique de contención frente al comunismo.
La situación actual nos enfrenta a sectores que se presentan como antagónicos. En algunos aspectos lo son, pero en otros comparten prácticas que los aproximan. De allí surge una pregunta inevitable: ¿es La Libertad Avanza una forma reciclada de peronismo? Mi opinión es afirmativa por diversos motivos: reivindicación de Carlos Menem, presencia de numerosos dirigentes peronistas en el gobierno –los Menem, Scioli y tantos otros–, confrontación permanente con el periodismo crítico, intentos de irritante disciplina institucional, descalificación sistemática del adversario y una creciente concentración del poder.
Frente a este panorama, es necesario intentar algo que rompa esa lógica de enfrentamientos oportunistas. Podría llamarse Unión de Razonabilidad y Tolerancia. Nuestra patria ha estado atravesada desde sus orígenes por tensiones profundas que produjeron divisiones a veces irreconciliables. Pero también por valiosos esfuerzos destinados a superar el odio y la violencia.
Las diferencias no pueden impedir el diálogo. Son reales –y hondas en muchos casos– dentro del tablero político y social argentino. Sin embargo, preservando cada uno aquello que lo define, resulta imprescindible dialogar y acordar políticas de Estado que no cambien con cada gobierno. Basta de insultos, de agravios personales y de distracciones frente a los verdaderos problemas del país, entre los cuales se encuentran la corrupción y la mentira descarada.
A lo largo de nuestra historia contemporánea han existido reiterados y valiosos esfuerzos para que los argentinos nos reconozcamos como compatriotas con un destino común. Si seguimos con convicción los mejores ejemplos, será posible mejorar la triste y compleja situación que hoy atravesamos.
Ministro de Gobierno de Buenos Aires durante la administración de Alejandro Armendáriz
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/al-reencuentro-de-la-paz-perdida-nid25032026/