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¿Alcanzan los 150 minutos semanales? El dato que cambia lo que se sabe sobre el ejercicio y la salud del corazón

Durante años, cumplir con una consigna sencilla parecía suficiente. Caminar media hora por día, cinco veces por semana. Llegar a los 150 minutos. Tildar ese casillero. La idea se instaló con fu...

¿Alcanzan los 150 minutos semanales? El dato que cambia lo que se sabe sobre el ejercicio y la salud del corazón

Durante años, cumplir con una consigna sencilla parecía suficiente. Caminar media hora por día, cinco veces por semana. Llegar a los 150 minutos. Tildar ese casillero. La idea se instaló con fu...

Durante años, cumplir con una consigna sencilla parecía suficiente. Caminar media hora por día, cinco veces por semana. Llegar a los 150 minutos. Tildar ese casillero. La idea se instaló con fuerza porque ofrecía algo tranquilizador: con ese mínimo, el corazón quedaba, en cierta medida, protegido.

Pero un nuevo estudio sugiere que esa certeza podría ser más débil de lo que se pensaba.

La investigación, publicada esta semana en la revista British Journal of Sports Medicine, pone en cuestión no la validez del consejo, sino su alcance. Porque muestra que cumplir ese objetivo de los 150 minutos semanales de actividad física moderada a intensa tiene un efecto, sí, pero bastante más limitado de lo que se creía.

El dato central es claro: cumplir con ese mínimo se asocia con una reducción del riesgo cardiovascular de entre 8% y 9%. El beneficio existe, pero es acotado.

La diferencia aparece cuando se mira qué ocurre más allá de ese piso. Para lograr reducciones de riesgo cercanas al 30%, el nivel de actividad necesario se dispara y se eleva a entre 560 y 610 minutos semanales. En términos concretos, más de una hora diaria si se descansa un día a la semana.

Ahí es donde la idea más instalada empieza a desarmarse. Porque el salto no es gradual, sino abrupto. No se trata de hacer un poco más, sino de sostener un nivel de actividad muy por encima de lo que se suele considerar suficiente.

El trabajo, titulado “Asociaciones conjuntas no lineales entre la actividad física medida por dispositivos y la aptitud cardiorrespiratoria con la enfermedad cardiovascular”, fue realizado por un equipo de investigadores liderado por Zhide Liang, Senyao Du, Shiao Zhao y Ziheng Ning, a partir de datos del UK Biobank, una de las bases de información biomédica más grandes del mundo.

Los expertos analizaron a más de 17.000 adultos y vincularon la actividad física registrada con dispositivos —como pulseras o relojes— con la aparición de enfermedades cardiovasculares a lo largo del tiempo. Ese punto no es menor: a diferencia de muchos estudios previos, no se basó en lo que las personas dicen que hacen, sino en lo que efectivamente hacen.

Eso permite una conclusión más incómoda: el umbral de los 150 minutos funciona como un piso, pero no como un punto de llegada.

Las recomendaciones de salud pública buscan ser alcanzables para la mayor parte de la población. Pero en ese intento, muchas veces condensan el mensaje en una cifra que puede interpretarse como suficiente cuando es solo el mínimo. Y ahí aparece el problema: cumplir no necesariamente equivale a estar protegido en un sentido amplio.

El trabajo agrega otra variable que complejiza aún más la escena. No todas las personas obtienen el mismo beneficio con la misma cantidad de ejercicio. El impacto depende, en gran medida, del estado físico previo.

En términos simples, no es lo mismo moverse que estar en forma.

La aptitud cardiorrespiratoria, es decir, la capacidad del organismo para transportar y utilizar oxígeno durante el esfuerzo, es la que marca una diferencia clave. Quienes tienen niveles más bajos necesitan acumular más minutos de actividad para lograr beneficios similares a los de quienes están mejor entrenados.

En resumen, la base importa. En ese punto, el esquema deja de ser lineal. No hay una única dosis que funcione igual para todos.

Objetivos alcanzables

En la práctica clínica, sin embargo, la interpretación es menos tajante. “Cuanto mayor es la cantidad de actividad física, mayores suelen ser los beneficios”, explicó la cardióloga y deportóloga Alejandra Angrisani, del Hospital Británico, consultada por LA NACION.

La especialista advierte que los datos deben leerse en contexto. “Promover al menos 150 minutos semanales sigue siendo una meta razonable y alcanzable, sobre todo en una población con altos niveles de sedentarismo”, señaló y agregó: “Hoy sabemos que, la evidencia es consistente en ese punto”.

Ese es el equilibrio que atraviesa toda la discusión. Por un lado, el estudio muestra que el impacto del mínimo es limitado. Por otro, la realidad indica que una gran parte de la población ni siquiera alcanza ese piso.

El resultado es un mensaje que funciona en dos planos distintos. Como política pública, el objetivo de los 150 minutos sigue siendo válido: es un punto de partida que mejora la salud y resulta alcanzable. Pero como referencia de protección, queda corto frente a lo que muestran los datos más precisos.

Cuando esa brecha se traduce en la vida cotidiana, el contraste es evidente. Para acercarse a los niveles más altos de reducción del riesgo habría que sostener entre una hora y cuarto y una hora y media diaria de actividad física. “Eso, en la práctica, es difícil de mantener para muchas personas”, advirtió Angrisani.

“La recomendación actual de al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada a vigorosa sigue siendo válida como punto de partida desde la perspectiva de la salud pública, aunque el beneficio observado en términos de reducción del riesgo cardiovascular sea relativamente modesto”, dijo la médica y sumó: “Este estudio muestra que volúmenes de actividad física claramente superiores, tres a cuatro veces por encima de ese mínimo, se asocian con reducciones de riesgo más importantes, que en algunos casos pueden acercarse al 30%”.

Por eso, los especialistas insisten en que la recomendación no puede ser uniforme. “Ahora bien, trasladar esa meta a la población general no es sencillo. Por eso, más que interpretarlo como una exigencia uniforme, hay que entenderlo como un objetivo deseable y la prescripción del ejercicio realizarla en forma personalizada, de manera individual, según los antecedentes clínicos, las comorbilidades y sus limitaciones físicas”, explicó.

En ese marco, otro de los aportes del estudio es reforzar una distinción que suele pasarse por alto. No todo se reduce a sumar minutos. Parte del beneficio del ejercicio está en la mejora progresiva del estado físico que esos minutos generan.

Es decir, no se trata solo de cumplir con un objetivo semanal, sino de desarrollar una capacidad que tiene un impacto directo en la salud cardiovascular.

El estudio también hace una diferenciación entre hacer “actividad física” y el “estado físico”, sobre ese punto la médica explicó: “Se trata de dos conceptos diferentes, aunque estrechamente vinculados. La actividad física es cualquier movimiento corporal producido por la musculatura esquelética que implique un gasto energético, el estado físico, en cambio, tiene que ver más con la capacidad funcional del cuerpo para sostener ese esfuerzo y desempeñarse de manera eficiente".

“En este estudio, el término ‘estado físico’ se aproxima más específicamente al concepto de aptitud cardiorrespiratoria, habitualmente evaluada a través del consumo máximo de oxígeno. Es decir, a la máxima capacidad del organismo para utilizar ese oxigeno durante el ejercicio. Y este parámetro es muy importante porque es un marcador solido de salud cardiovascular, y niveles disminuidos, de este consumo máximo de oxígeno se asocian de manera consistente con un mayor riesgo de eventos cardiovasculares”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/alcanzan-los-150-minutos-semanales-el-dato-que-cambia-lo-que-se-sabe-sobre-el-ejercicio-y-la-salud-nid23052026/

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