Ancelotti tampoco rescata a un Brasil sumergido en aguas profundas por el remo vikingo en el Mundial
El remo vikingo sacó a Brasil del Mundial, lo hizo bajar por la corriente del Atlántico que conduce a Río de Janeiro antes de lo imaginado. Un tsunami en los octavos de final, a orillas del río...
El remo vikingo sacó a Brasil del Mundial, lo hizo bajar por la corriente del Atlántico que conduce a Río de Janeiro antes de lo imaginado. Un tsunami en los octavos de final, a orillas del río Hudson, en Nueva Jersey, donde se levanta el MetLife, escenario de la final del domingo 19 y donde ya no tendrá lugar el sueño brasileño del hexa-campeonato.
La supuesta reconstrucción que había encarado Carlo Ancelotti se desmoronó ante una Noruega que volvió a un Mundial después de 28 años. Cualquiera sea su futuro en el torneo, ya se aseguró un golpe con repercusión planetaria. Fue un equipo que nunca se intimidó ante Brasil y que tuvo a su gran figura, Erling Haaland, en su esplendor goleador. Un cabezazo demoledor y un zurdazo desde fuera del área junto a un poste en los últimos 11 minutos -más de 20 con los adicionados- empujaron a Brasil a una debacle que hasta ese momento tampoco tenía muy en claro cómo evitarla. Porque el fracaso de la eliminación incluyó la ambigua y desconcertante imagen futbolística que lo persigue hace rato.
El viejo Brasil, el faro mundial por su juego, dejó de existir hace bastante, y tampoco Ancelotti alumbró uno nuevo, el que en principio iba a ser más confiable y resolutivo, potenciado por algunas individualidades, encabezadas por Vinicius. El paso por el Mundial mantuvo las dudas y seguirá alimentando los debates y las polémicas sobre el proyecto y el rumbo. No quedaba al margen en los octavos de final de un Mundial desde que Caniggia eludió la salida de Taffarel tras una asistencia de Maradona, en Italia 90.
Lo que debía ser una imagen de una resurrección, un gol de Neymar, terminó de completar la tristísima postal de Brasil. Un penal que, antes de que lo convirtiera el delantero de Santos, se sabía que no iba a servir en absoluto, apenas para descontar. Se jugaba el décimo minuto de descuento y cuando se reanudara el juego ya no habría tiempo para nada. Neymar, que por segundo partido tuvo unos minutos ingresando desde el banco, volvió a la selección después de dos años y medio e infinidad de lesiones, pero en realidad siguió siendo un satélite individual, como lo demostró al anteponer su discusión personal con el arquero Nyland a las urgencias de un Scratch que se estaba quedando afuera.
Como se temía, la presencia de Ney en el plantel terminó siendo testimonial, fue un golpe de efecto mediático y comercial, sin réditos futbolísticos. Las cámaras lo enfocaron sentado en el círculo central, en medio de un mar de lágrimas, porque su cuarta y última Copa del Mundo fue otra suma de desventuras. Ni la edad ni el físico le permiten ilusionarse con otra oportunidad.
Hace tiempo que Brasil dejó de ser una selección que se diferenciaba del resto por su capacidad para monopolizar el control de la pelota y marcar el ritmo de un partido. Lo hacía a partir de la riqueza técnica, mediocampistas cerebrales y el vuelo ofensivo, a costa de algunos desacoples defensivos. Aquello de “se juega como quiere Brasil” ya no tiene vigencia, su fútbol se estandarizó con parámetros más globales. Así, puede ocurrir que Noruega, que nunca se caracterizó por pasarse la pelota en espacios reducidos, tenga un porcentaje de posesión superior. Los esquemáticos nórdicos controlaban más la pelota que los oriundos de un país que hizo un culto del juego asociado y la gambeta.
Por nombres y funciones, Ancelotti armó un equipo ofensivo, pero totalmente disfuncional, fracturado en el medio, dividido entre defensores y delanteros, diseñado para recuperar la pelota en campo propio y salir de contraataque. Sin el lesionado Lucas Paquetá, el italiano sumó a un cuarto atacante, Martinelli. No había cohesión ni fluidez en el juego brasileño. La zona media fue un territorio demasiado extenso para la veteranía de Casemiro, que tiene intervenciones puntuales de categoría, pero sin el chasis para un rendimiento constante y sostenido, como exige un Mundial. Su ladero fue un Bruno Guimarães laborioso, pero sin liderazgo en la zona neurálgica.
Brasil acumuló delanteros a los que había que alimentar con pelotazos. La disposición de los cuatro de arriba tendía más al amontonamiento que a la complementación: Martinelli y Vinicius intentaban repartirse la banda izquierda, Matheus Cunha iba por el centro y Rayan aparecía por la derecha. Demasiados para compensar la baja de Raphinha, cuya lesión en la segunda fecha complicó a Brasil más de lo que ya estaba.
Noruega aceptó gustosa que le cedieran el balón. Tiene intérpretes para conducirlo con criterio y ambición, virtudes que definen a Ødegaard, bien respaldado por Berg y Berge. La pésima tarde de Brasil empezó a tomar forma con el penal que Nyland le atajó a Bruno Guimarães (¿por qué no asumió Vinicius la responsabilidad?).
Ancelotti siguió pensando que la solución pasaba por los delanteros. Entraron Endrick, que enseguida falló en un mano a mano con Nyland, y Neymar. Noruega nunca perdió el hilo del partido, se sentía fuerte, y nadie mejor Haaland para personificar ese estado. Dos goles para llegar a siete y alcanzar a Messi y Mbappé en la espectacular lucha por ser el goleador del Mundial.
Un compungido Ancelotti dijo poco y nada en la conferencia de prensa. Asumió en mayo de 2025 con un diagnóstico y una idea que no consiguió plasmar: “Los últimos dos mundiales que Brasil ganó fue conectando talento y defensa. Con Felipão y sus tres centrales en 2002 y con Carlos Parreira en 1994, cuando colocó dos líneas de cuatro para aprovechar a Romario de punta. El Mundial lo gana quien recibe menos goles y no quien marca más. No me gusta que me llamen defensivo, pero esto es muy importante para el equipo”.
Brasil se adentra en su período más largo de la historia sin obtener un título mundial. En 2030 se cumplirán 28 años. Se reactivarán las mesas de discusión sobre el estilo y la actualidad. El periodista André Rizek, de SporTV, dejó el alerta antes del Mundial: “La Argentina de hoy respeta una característica histórica del jugador argentino, que es controlar el juego en el mediocampo. Ellos forman grandes mediocampistas, excelentes centro-delanteros, y así es como ganan. Es una reflexión para nosotros. Renunciamos a nuestra idiosincrasia: dejamos de formar mediocampistas creativos y habilidosos, dejamos de formar laterales, que siempre fue una marca registrada". El remo vikingo dejó a Brasil en aguas revueltas.
El compacto de Brasil 1 - Noruega 2Noruega vs Brasil - Mundial 2026