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Ángela Torres en el Gran Rex: emoción a sala llena, una invitada de lujo y la prueba de que la promesa se convirtió en realidad

Para Ángela Torres convertirse en artista fue una decisión sostenida en el tiempo: la de construirse como tal, incluso cuando eso implicó exponerse, dudar y volver a empezar. De aquella pequeña...

Ángela Torres en el Gran Rex: emoción a sala llena, una invitada de lujo y la prueba de que la promesa se convirtió en realidad

Para Ángela Torres convertirse en artista fue una decisión sostenida en el tiempo: la de construirse como tal, incluso cuando eso implicó exponerse, dudar y volver a empezar. De aquella pequeña...

Para Ángela Torres convertirse en artista fue una decisión sostenida en el tiempo: la de construirse como tal, incluso cuando eso implicó exponerse, dudar y volver a empezar. De aquella pequeña que buscó su lugar en la televisión casi por impulso, a la adolescente que tuvo que endurecerse frente a la lógica implacable de la exposición, hasta esta actualidad en la que la música aparece como refugio y síntesis, hay un hilo que no se corta: el de una búsqueda persistente por definir quién es.

Ese recorrido encuentra hoy un punto de convergencia. Todas esas Ángelas conviven y se manifiestan en la que se para frente a un Gran Rex colmado. La segunda noche “agotada” en aquel teatro -con una tercera función también sold out- confirma un crecimiento evidente, pero también pone en primer plano el trasfondo que lo sostiene: No me olvides, su primer disco solista, nacido de un proceso introspectivo en el que la cantante no pudo —ni quiso— escapar de sí misma. Un álbum que funciona como espejo y como declaración, atravesado por la necesidad de ordenar una identidad musical después de años de ensayo disperso, pero también de revisar las marcas que dejó una vida entera bajo la mirada ajena.

En ese sentido, lo que sucede hoy sobre el escenario no es solo la consolidación de una cantante dentro del circuito pop —impulsada por hitos recientes como su paso por el festival Lollapalooza, su rol como telonera de Shakira o su presencia en el streaming—, sino la exposición de una voz que decidió correrse del artificio para apoyarse en la vulnerabilidad. El público, diverso y generacional, parece leer esa honestidad sin mediaciones: llena salas, repite funciones y convierte esa historia personal en una experiencia compartida.

Estallido pop

El show, con una propuesta estética cuidada al detalle y profundamente coherente, estuvo a la altura de esa búsqueda, donde volvió a imponerse la idea de Ángela como artista en sentido integral: alguien atravesada por múltiples lenguajes —lo musical, lo actoral, lo coreográfico—, capaz de integrarlos en un proyecto performático que se piensa como relato antes que como una simple sucesión de canciones.

Con una puesta en escena que invitaba a entrar en un universo propio, a medio camino entre lo teatral y lo onírico, la cantante -vestida con un diseño rosado de impronta principesca-, se adueñó del escenario desde el primer momento con “Placard”, que funcionó para marcar el tono de lo que vendría. Recorriendo el espacio, jugando, sonriendo con complicidad y estableciendo un vínculo inmediato con el público, el arranque continuó con “Oops!” en la misma línea.

Ese ida y vuelta encontró uno de sus primeros picos en “Vértigo”, cuando la respuesta de la sala —cantando más fuerte que ella— la desbordó al punto de dificultarle sostener la interpretación. Una muestra del clima que atravesó la noche: la emoción circulando sin pedir permiso.

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A partir de ahí, el espectáculo desplegó sus distintas capas. Una puerta blanca se convirtió en eje escenográfico y habilitó uno de los momentos más teatrales: un cuadro de danza clásica junto a su expareja Pedro Maurizi, encarnando una figura de príncipe en una historia de encuentros y desencuentros. Filtro de otra de sus dimensiones, la que remite a su formación en comedia musical y a trabajos como Peter Pan, todos podemos volar o Rent, donde el cuerpo también narra.

Ese cruce se reforzó con los clips proyectados en pantalla, en los que, a lo largo del show, apareció Ángela atravesando distintas instancias de una especie de casting ficticio. La resolución, hacia el final, funcionó como síntesis del concepto: el papel que mejor le sale es el de sí misma. La idea dialoga de manera directa con el espíritu de No me olvides, un disco que se construyó desde la catarsis y la necesidad de afirmarse. En un presente que empuja a sostener una imagen constante, sus canciones eligen otro registro: el de las fisuras, los errores, los impulsos y una sensibilidad expuesta.

Desde su entrada en escena —en una ambigüedad entre lo terrenal y lo etéreo— la puesta construyó un mundo de ensoñación -con pastizales que remiten a la idea de un bosque, escalinatas y cortinas de tela que envolvían la escena- a la vez que las visuales y el juego de luces expandieron el universo del disco, acompañadas por una banda que sumó texturas poco habituales en el pop —contrabajo, violín, arpa, xilofón, piano— y que, en su mayoría, estuvo integrada por mujeres.

Entre los puntos más altos estuvo la participación de Juliana Gattas, de Miranda!, única invitada de la noche, para interpretar su canción “Maquillada en la cama”. La química entre ambas potenció una de las cumbres del show. En otro registro, el segmento acústico propuso un cambio de escala: sentada al borde del escenario, cerca del público, Ángela rindió un pequeño homenaje a su abuela Lolita Torres con “La niña de fuego” —“La tengo muy presente siempre, seguro de alguna manera está acá”, expresó— y sumó un cover de “La fama”, de Rosalía y The Weeknd.

El recorrido también revisitó distintas etapas de su carrera. Temas como “Guapo”, “Flotando”, “Aló” o “La vida rosa” -que encontró al teatro entero de pie coreando cada verso como prueba de su vigencia- funcionaron como puentes entre su pasado y este presente de consolidación. A eso se sumaron versiones de “Qué ganas de no verte nunca más”, de Valeria Lynch, donde desplegó todo su caudal vocal, además de secuencias coreográficas de alta energía, cambios de vestuario y una puesta que no perdió dinamismo.

Pero incluso en ese despliegue, hubo lugar para la fragilidad. Canciones como “Mal” o “Superhéroe” dejaron ver una emocionalidad más expuesta, donde una tormenta ficticia se materializó en una lluvia de lágrimas y la vulnerabilidad se volvió presencia.

El tramo final retomó la intensidad en clave pop. “Dónde están mis amigos” impulsó una secuencia coreográfica al estilo rave dentro de una estética cercana a un sector VIP, que empujó al show hacia su cierre. Antes de despedirse, dejó una frase que condensó el espíritu de la noche: “Venía teniendo unos días medio raros. Este show lo voy a usar para sanar el corazón. Son la mejor curita de todas”.

“Favorita”, uno de sus mayores hits, que alcanzó el Disco de Oro en Argentina tras su alto volumen de reproducciones, funcionó como cierre celebratorio. Pero todavía quedaba un último gesto: como bis, a capella, presentó un pequeño adelanto de “Torpe", una canción inédita.

Lejos de habitar el territorio de promesa y en pleno proceso de crecimiento, Ángela se consolida como una de las voces en ascenso del pop argentino, mientras sigue construyendo un relato, una identidad y un universo propios que continúan expandiéndose.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/angela-torres-en-el-gran-rex-emocion-a-sala-llena-una-invitada-de-lujo-y-la-prueba-de-que-la-promesa-nid12042026/

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