Ariana Harwicz. “Los intelectuales renunciaron hoy a nombrar el crimen”
La escritora Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) está atravesando un momento de éxitos profesionales extraordinarios. A fines del 2025, se estrenó en cine la película basada en su primer novela...
La escritora Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) está atravesando un momento de éxitos profesionales extraordinarios. A fines del 2025, se estrenó en cine la película basada en su primer novela, Matate, amor, producida por Martin Scorsese, dirigida por Lynne Ramsay y protagonizada por Jennifer Lawrence. La película se presentó en el Festival de Cannes en mayo del año último y pasó recientemente por la cartelera porteña. La novela también tuvo su estreno tiempo antes sobre las tablas en Buenos Aires con Erica Rivas como protagonista y Marilú Marini en la dirección. Su última novela Perder el juicio tendrá este año su versión cinematográfica así como su versión teatral. Y, para completar el abanico de sucesos, el Teatro Colón estrenará en mayo la ópera Dementia con libreto de Harwicz.
Pero este momento de plenitud profesional la encuentra con un desasosiego importante en relación a su mundo, a ese que conoce tan bien desde hace tanto años: el de los escritores, actores, artistas e intelectuales. Harwicz se mudó en el año 2007 de su Buenos Aires natal a Francia, donde reside en una casa de campo, en un pueblo a unos 200 kilómetros de París.
Durante una extensa charla con LA NACION, Harwicz analiza el estado actual de la intelectualidad, en particular la europea. Lo hace con pasión, y también con una no disimulada decepción por una época en la que el significado de las palabras, considera, ha sido tan degradado.
A tal punto, insiste, el lenguaje está degradado que, cuando encuentra a un intelectual que se manifiesta como feminista o humanista, cree entrever en esa declaración una ideología de signo diametralmente opuesto. Por ejemplo, cuando esos intelectuales presuntamente humanistas no defienden a las mujeres israelíes que fueron violadas el 7 de octubre de 2023 o cuando no dicen nada sobre la matanza indiscriminada de mujeres iraníes o afganas.
Muchos intelectuales que se tildan de feministas no han hecho más que abandonar a la mujer en pos de ideologías totalitarias que las denigran, dice Harwicz. Un mundo donde quienes se proclaman antirracistas son en realidad profundamente racistas y donde los intelectuales han abdicado del espíritu crítico por miedo a las cancelaciones y a las listas negras que, según ella, son hoy moneda corriente en Occidente.
“Los supuestos artistas rebeldes de hoy, muchas veces son conformistas que odian convenientemente, que elijen a sus enemigos en función de obtener alguna ganancia,” dice. “Hoy parece que para ser rebelde hay que ser antijudío, o su eufemismo clásico, ser antisionista. Creo que eso es parte de la decadencia de Occidente.”
Ante la sumisión de la intelectualidad a la disciplina de las ideas preconcebidas y partidistas, Harwicz reclama que los intelectuales puedan decir “lo que sus ojos ven y no lo que sus cerebros les impiden decir.”
Salir de lo que ella entiende es una nueva era de negacionismo donde la realidad y los hechos poco importan. Donde crímenes constatables son negados por razones ideológicas.
El intelectual debe tener una mirada desfasada y oblicua sobre lo que ocurre en el mundo
Harwicz reclama la aparición de un Émile Zola que con su emblemático texto Yo acuso denunció a fines del siglo XIX el antisemitismo y la injusticia de Francia ante el juzgamiento espurio del oficial de origen judío Alfred Dreyfus. “Ese gesto de Émile Zola es lo que lo hace eterno,” dice Harwicz. “Pero quién tiene el coraje de hacer el gesto de Zola hoy?,” se pregunta.
–Hacés referencia a varios intelectuales que te ayudan a encuadrar tus ideas. Julien Benda, arthur Koestler y hoy Samuel Fitoussi son tres de ellos.
–Benda escribió en 1927 el libro La traición de los intelectuales en el que afirmaba que los intelectuales habían abandonado su misión para ponerse al servicio de los fanatismos, de las posiciones cerradas, de la propaganda y del racismo, y que como tales, habían abandonado totalmente su función.
–¿Y cómo interpretás esa misión?
–Habría que recordarle a las nuevas generaciones qué es un intelectual, un artista, un escritor. El espíritu crítico, la heterodoxia, el no someterse a la doxa (las creencias comunes), que justamente el escritor, el intelectual o el artista están en ruptura con la opinión mayoritaria. Yo, que pertenezco a fines del siglo XX, en la UBA aprendí exactamente eso: la ruptura de la opinión de la mayoría. Y no es por placer, por el rupturismo mismo, por el regodeo, la subversión por la subversión. El intelectual debe tener una mirada desfasada y oblicua sobre lo que ocurre en el mundo.
–Y Fitoussi profundiza sobre los errores de los intelectuales.
–En su libro, que se publicó recientemente, Samuel Fitoussi retoma esas ideas de Benda y le agrega algo más. Su libro se llama ¿Porqué los intelectuales se equivocan? El libro analiza las muchas instancias en que los intelectuales le dieron su apoyo a regímenes totalitarios, llámense Mao, Stalin, el Khmer Rouge con su dictador Pol Pot. En realidad nos formamos con estos pensadores, con Sartre haciendo el elogio del estalinismo. Siempre el intelectual está atraído por el totalitarismo. No es algo nuevo. También está el caso de Arthur Koestler, que era stalinista, comunista y fue a Ucrania en el invierno de 1932 y 1933, durante la hambruna en la cuál murieron entre un millón y medio y dos millones de personas. Una hambruna provocada por Stalin. Koestler va y ve mujeres esqueléticas, ve gente suplicando para que los rusos les den un pedacito de pan. Ve la hambruna más absoluta. Y no puede escribir nada. Nada de lo que sus ojos ven. Y siempre pienso para mí misma en la importancia del síndrome de Koestler. En última instancia, este escritor se reivindicará mucho después, contando la verdad, contando el horror que vio y rompiendo con el comunismo.
En términos de economía psíquica, el odio antijudío se organiza alrededor de una herida narcisista fundadora
–Y ahí se redime.
–Cuando él escribe el horror que ve, ahí nace el escritor. Porque lo que tiene que hacer un escritor o cualquier intelectual o artista, su misión y su ética, es nombrar el crimen y precisamente a eso renunciaron hoy los intelectuales. Escribir no es contar, ni describir. Escribir para mí es el gesto de salir del sesgo cognitivo cerrado, es salir de la sumisión a la disciplina, a un partido, escribir y decir lo que tus ojos ven, no lo que te impide tu cerebro. Salir de la lógica de la obediencia debida. Pero no digo que sea algo nuevo. Antes era Mao, el Khmer Rouge, Stalin, la revolución de los ayatolás en Irán, y ahora están Hamas y Hezbollah. La atracción por el totalitarismo es más fuerte que todo. Son dos pasiones que tiene el intelectual: el totalitarismo y el odio al judío.
–¿Por qué este antisemitismo parece haberse reenergizado?
–En términos de economía psíquica, el odio antijudío se organiza alrededor de una herida narcisista fundadora. En el cristianismo, el judaísmo encarna el rechazo originario: los judíos son quienes no reconocen a Jesús como Mesías, y esa negativa lo vuelve intolerable porque pone en cuestión el fundamento mismo de la fe cristiana. En el Islam, el conflicto se liga al sentimiento de desautorización de Mahoma por parte de ciertas tribus judías que no lo reconocen como profeta; ese rechazo se vive como una humillación simbólica, transformada luego en hostilidad teológica. Entonces, ni para unos ni para otros, el signo del judío es soportable. Israel viene a condensar en la actualidad todo eso. Antes el judío era maldito y ahora ese signo de malditismo se trasladó a Israel. Antes era el pueblo judío, y ahora es en nombre del antisionismo. Pero en la economía psíquica es lo mismo.
–El chivo expiatorio.
–Estamos en una época de mucha crisis. Crisis de medio ambiente, de agua, de violencia, de inmigración y sabemos que siempre hay que encontrar un chivo expiatorio. No fue solo en los años treinta del siglo pasado. Siempre fue necesario para el ser humano encontrar un chivo expiatorio. No es nada nuevo, seguimos pensando como en el medioevo. Por eso descreo de todo, porque veo mucha gente que parece moderna en sus reclamos y son profundamente medievales en sus odios.
–¿Mencionaste el odio al judío, pero también hablás del abandono de la mujer?
–Europa se está transformando en un infierno para las mujeres. Y hubo puntos de inflexión en ese proceso. Uno de ellos fue esa violación masiva de mujeres en el año nuevo entre 2015 y 2016, principalmente en la ciudad alemana de Colonia, a manos de hombres musulmanes árabes y norafricanos que las atacaron cuando festejaban en la calle. Les bajaron las bombachas, las tocaron, las violaron, las robaron y agredieron. Para muchas de esas mujeres ese evento dejó secuelas muy graves. Y casi ninguna se atrevió a denunciarlo para no ser acusadas de racistas. Ahí está el problema cognitivo. Te están violando, pero si acusás sos antiinmigración y, por ende, de extrema derecha y, por ende, racista. Eso se reproduce todo el tiempo. Si yo defiendo a una mujer que le clavaron un cuchillo en la vagina, pero esa mujer es judía, yo soy racista con los palestinos y soy de extrema derecha.
–Lo que sucedió posteriormente al 7 de octubre.
–La filósofa estadounidense Judith Butler, que es una intelectual importante aquí en Europa, dice “yo no sé si las violaron, necesito comprobarlo.” Entonces hay mujeres que merecen ser violadas y mujeres que no merecen ser violadas. ¿Es así? Es una gran traición a la mujer.
La negación a reconocer que una mujer fue violada es racismo en relación a las mujeres
–Nuevamente no reconocer lo que los ojos ven.
–Judith Butler podría decir lo que ve. Es una intelectual, millonaria, privilegiada, pero en pos de una ideología prefiere ignorar a las mujeres de origen judío. Dice que no sabe si fueron violadas cuando hay estudios exhaustivos de organismos de derechos humanos en todo el mundo que han comprobado esas violaciones. No solo fueron violadas. Fueron acuchilladas, torturadas en las violaciones y les destruyeron los órganos genitales. Y donde vivo hay un desprecio por la mujer en general, no solo la judía. Acá en Francia también hubo chicas francesas violadas y sigue habiendo violaciones todos los días. Pero los medios tienen miedo de hablar porque eso supondría ponerse en la posición racista de derecha.
–¿Por eso hablás de la inversión de roles?
–La negación a reconocer que una mujer fue violada es racismo en relación a las mujeres. Por eso prefiero leer todo al revés. Si alguien me dice que es humanista, quiero verlo, porque para mí seguro es antihumanista. Porque si no va a defender a la mujer, no es humanista. ¿Cómo van a decir que el sionismo es un supremacismo, apartheid, antiderechos y racismo? No hay nada más feminista que el sionismo. El lugar que tiene la mujer, la independencia, la no sumisión, la libertad, la democracia. Está todo trastocado. ¿Cómo van a decir que violar mujeres el 7 de octubre es un acto de resistencia? Actos de resistencia eran los que hizo Jean Moulin, que resistio la tortura de la Gestapo para defender a sus compañeros. Eso era resistir. Por eso digo que está todo pervertido, lo que es típico del intelectual. Subvertir los términos y corromperlos.
–Y decís que te causa una gran decepción.
–Sí. Una gran desilusion con los artistas e intelectuales. No todos, pero la mayoría. Les gusta el crimen, están atraídos por los totalitarismos y estos crímenes hacen de ellos traidores. Miremos lo que pasa en Irán. El blanco son las mujeres, siempre dando la vida para sacarse de encima el régimen totalitario, diabólico, misógino de los ayatolás. Y los artistas estan en silencio. Se sustraen a toda interrogación sobre el Islam, que hoy está erigido en criterio tácito de pertenencia moral. Basta nombrarlo o problematizarlo para quedar expuesto a una acusación que funciona como sanción absoluta: el racismo. A eso hay que añadir la cobardía. Lo que buscan los intelectuales es preservar sus carreras. Corren para borrar sus nombres ante la posibilidad de que los asocien con Israel o con la caída de regímenes como el de los ayatolás o Maduro en Venezuela.
–¿Te preocupan la falta de voces que se oponen a estas ideas?
–Quisiera a alguien que tenga el coraje de hacer el gesto de Émile Zola. En esa época estaban los dreyfusistas y los anti-dreyfusistas. Hoy me pregunto: ¿dónde están los dreyfusistas? Los estoy buscando. A los anti-dreyfusistas, los antisemitas, etcétera, los veo perfecto. Siempre están. Son irreductibles. Lo que pregunto hoy, en la época de la falsa diversidad, es ¿dónde están los dreyfusistas? Parte de la patología de la época es el conformismo y el miedo. Hay mucho miedo. Yo tengo una butaca privilegiada. Y veo mucho miedo a las listas negras, a que te cancelen, a que te lleven a la muerte social.
–¿Cuál sería un ejemplo de esa butaca privilegiada?
–Estuve en Berlín, en una residencia de escritores. Fui a una marcha para defender a una mujer alemana, Karoline Preisler. Ella y sus hijos están amenazados de muerte. Lo único que hizo fue sostener una pancarta que decía “la violación no es resistencia” en relación a lo ocurrido el 7 de octubre en Israel. Eramos pocas mujeres, entre las cuales había varias iraníes y cien policías protegiéndonos mientras pasábamos por la puerta de Brandenburgo. Pareciera que marchar con una mujer que dice que violar no es resistir y que está defendiendo a las mujeres iraníes es ser de extrema derecha. Y nadie se preocupa por la violación de los derechos de las mujeres afganas, que es un tema completamente fuera de agenda. Por eso digo que hay un odio terrible contra las mujeres. Es un culto a la homofobia, al totalitarismo y a la misoginia. Que una mujer no pueda denunciar que la quemaron viva, que la violaron es insólito. Es una selección premium de víctimas.
–Hablamos de Europa, donde residís hace mucho tiempo. ¿Cómo te sentís en relación a estos temas cuando venís a la Argentina?
–En la Argentina intenté reunirme a charlar, a debatir en algún espacio público. Cualquiera sea. Pero veo miedo a pensar en público. Miedo a que te encasillen. La verdad es que no encontré interlocutores.
UNA AUTORA SIN FILTROS
PERFIL: Ariana Harwicz
Nació en Buenos Aires, en 1977, y vive desde hace años en Francia, en un pueblo a 180 kilómetros de París.
Entre sus novelas se cuentan Matate amor (2012), cuya versión fílmica producida por Martin Scorsese se estrenó recientemente en los cines. El libro tuvo también fue adaptado para el teatro. Esa ficción conforma la Trilogía de la pasión, junto a La débil mental (2014) y Precoz (2015).
Sus libros se caracterizan por un lenguaje lírico y descarnado. Entre otros títulos, se cuentan Degenerado (2019), un monólogo centrado en un hombre acusado de pedofilia, y Perder el juicio (2024).
También publicó ensayos como Desertar y El ruido de una época.
El Teatro Colón estrenará en mayo la ópera Dementia, con un libreto de su autoría.