Atrapados en la red de la nostalgia
Vuelven los vinilos. Se imponen las modas vintage (auténticas prendas objetos y artefactos del pasado) y retro (prendas y objetos de hoy que imitan a los de tiempos pretéritos). Libros de memoria...
Vuelven los vinilos. Se imponen las modas vintage (auténticas prendas objetos y artefactos del pasado) y retro (prendas y objetos de hoy que imitan a los de tiempos pretéritos). Libros de memorias figuran entre los más vendidos. Los gobiernos populistas, tanto de derecha como de izquierda, se extienden como plagas con la promesa de un futuro que será, en realidad, la recuperación de un pasado imaginario y supuestamente glorioso. En paralelo abundan las películas, series, novelas e historietas distópicas, que muestran un futuro cercano y desolador, cuyos protagonistas son sobrevivientes dispuestos a todo en un mundo post apocalíptico. Mientras tanto cierta tecnología, desbocada y liberada de límites y guías morales, hipnotiza, fascina y somete con promesas de terminar con los límites, transgredir las leyes de la naturaleza y de la vida y brindar invulnerabilidad e inmortalidad. Un presente de incertidumbre, desconcierto y temores serpentea entre un pasado añorado y un futuro temible.
La nostalgia y el progreso son alter egos, una del otro, y conviven como parte de un mismo tiempo, el nuestro. Así los ve la dramaturga, teórica cultural y ensayista ruso-estadounidense Svetlana Boym (1959-2015) en su brillante trabajo titulado El futuro de la nostalgia. Boym ahonda en una idea que la actualidad parece reafirmar día a día: la nostalgia, un síntoma de esta época, es puerta de escape de un presente turbulento, inestable, amenazante. Un intento de frenar la aceleración arrasadora de una época en la que nada se consolida, todo es fugaz y perecedero, sin tiempo para la reflexión, el encuentro, el contacto. En medio de esa vorágine emerge la nostalgia como añoranza de un pasado ilusorio. No tenemos control sobre el presente, pero ella nos permite tenerlo sobre el pasado. Un pasado ficticio, que la memoria, hábil editora, recrea descartando lo doloroso e inconveniente y sobredimensionando lo agradable. En ese pasado no hay responsabilidad, dice Boym, no existe la culpa ni la vergüenza. A partir de algunos datos reales, la nostalgia nos lleva al reino de la fantasía, nos convence de que hemos vivido y sentido lo que no fue así. Nos remite, tanto en el plano individual como en el colectivo, a un pasado fingido. Podemos contar, y sobre todo contarnos, una historia deseada, pero no verídica. En manos de líderes irresponsables y peligrosos que prometen a sus sociedades volver a donde nunca estuvieron, o de una industria manipuladora que nos induce a sentirnos protagonistas de historias, modas y estilos de un tiempo ajeno al propio y del cual nos ocultan su cara oscura, la nostalgia se convierte en un poderoso narcótico.
Un presente de incertidumbre, desconcierto y temores serpentea entre un pasado añorado y un futuro temible
En coincidencia con Boym el escritor libanés Rabih Alameddine, cuyas novelas El contador de historias y La mujer de papel están traducidas al castellano, sostiene que “Ninguna nostalgia se siente tan fuerte como la nostalgia por las cosas que nunca existieron”. Estas miradas consideran a la nostalgia como un refugio, “un mecanismo de defensa, dice Boym, en una época de aceleración del ritmo de vida y de agitación histórica”. Ocurre entonces una curiosa paradoja. Los humanos somos los únicos seres que proyectan, que piensan en futuros, que necesitan de estos para vivir. Sin embargo, hemos creado situaciones y condiciones para temer a esos futuros y buscamos protección construyendo imaginariamente pasados que procuramos recuperar. Algo imposible. Lo vivido está vivido y fue como fue, no como quisiéramos que hubiese sido. Y el tiempo próximo espera de nosotros decisiones, elecciones y acciones que lo hagan deseable antes que temible. Para ello es necesario tener los pies firmemente asentados en el presente, el tiempo real de nuestras vivencias, sensaciones y experiencias. De ese modo nuestro futuro, el personal y el colectivo, no estará en manos de otros.