Bucear entre la poesía y el body horror
Incluso al borde de la muerte, la cabeza de Maia Debowicz trabaja de manera literaria sin pausa. Escritora de raza, es de sobra sagaz, observadora y hábil para convertir cualquier detalle sensoria...
Incluso al borde de la muerte, la cabeza de Maia Debowicz trabaja de manera literaria sin pausa. Escritora de raza, es de sobra sagaz, observadora y hábil para convertir cualquier detalle sensorial en materia para narrar. Aun con miedo e incertidumbre durante una experiencia personal límite, ella supo que el arte iba a ser el resultado inevitable de aquellos días aterradores; más precisamente, la novela Por más escondida que esté, recientemente publicada por La Crujía.
Formada en artes visuales, la autora es periodista: colabora con dos suplementos del diario Página 12, Soy y Las 12, con la revista Acción y con La Agenda Revista; también es columnista en Todo pasa, por FM UrbanPlay. Además es ilustradora y crítica de cine. Su género favorito es el terror. Y será por eso que eligió mirar las escenas de su pasado reciente desde el subgénero body horror. De moda por la película Substance que protagoniza Demi Moore, se trata de un estilo que se caracteriza por un terror que se queda en el cuerpo, pesadillesco, que apela a los pavores más íntimos y personales. De alguna manera, Maia narra una metamorfosis tortuosa, de la que sale con vida, y una identidad nueva.
La historia, lejos de ser una catarsis, es una obra de arte, que fusiona distintos universos semánticos (el médico y el marítimo), hilvanándolos en una especie de lenguaje pop, con recuerdos de infancia y listas temáticas como “buenas muertes“ o “cosas que haré si sobrevivo a la cirugía“, llenas de humor negro e ironía. Un gran recurso para puntualizar detalles ocurrentes y muchas veces cómicos o tiernos. Además de dar un respiro al lector.
El proceso de escritura que cuenta la aventura terrorífica de Roberta Perchik -nombre que la autora tomó prestado de su abuela materna- estuvo acompañado por una variedad de autores, que provienen tanto del ámbito literario como del cinematográfico. Algunos son Diario inconsciente, de Santiago Loza, Sigo aquí, de Maggie O’Farrell, Estanque, de Claire-Louise Bennett y la obra de Eduardo Berti, además del terror literario del escritor, director de cine y artista visual británico Clive Barker. Esto se complementa con la influencia visual y científica de la colección de libros Los secretos del mar, de Jacques Cousteau.
En cuanto al título, Por más escondida que esté es una cita de un diálogo de la película de terror Candyman (1992), cuya atmósfera de terror y sensación de “no hay dónde huir“ representaba bien los días de internación y estudios médicos que debió atravesar Debowicz, a medida que avanzaba una dolencia física que desconocía hasta ese momento. Sobre todo, la frase le sirvió para “salir del escondite“. Toda la novela es una revelación, una búsqueda identitaria, una exploración de un ambiente desconocido, como puede ser el fondo del mar, con personajes original y certeramente retratados y mucho ingenio, esperanza y tozudez.
Así es como la escritora, con 40 años recién cumplidos -cazadora de todo lo bello alrededor aun dentro de la tristeza y la desesperación-, convierte su tercera novela en una joya. O en una perla bajo el mar dentro del mapa de la literatura actual: una perla digna de ser descubierta. Hablar con Debowicz se asemeja a una especie de alunizaje en un universo tan rico como complejo: llegar a otra dimensión del lenguaje, distante de lo terrenal, y sumergirse en el mundo creativo de una joven promesa de la literatura contemporánea.
-¿En qué se diferenció la escritura de Por más escondida que esté de tus dos novelas anteriores ¿Y si no es suficiente? (2022) y Los ruidos vienen de la cocina (2024)?
-Cada vez es distinto, pero esta vez el inicio fue más incontrolable. Al volver de la internación, toda fajada y con poca movilidad, empecé a anotar frenéticamente en un cuaderno frases médicas, situaciones, palabras clave. Tenía miedo de olvidar, sabía que era material singularísimo. Tuve la sensación de que en algún momento mi mente querría borrar todo, porque fue muy traumático.
-¿Cómo hiciste para mantener ese nivel narrativo que mezcla lo oscuro, lo poético y lo concreto sin perderte en el diario hospitalario de lo que ocurrió?
-La novela cuenta lo que le pasa a Roberta, y la parte clínica está tomada de lo que me pasó a mí. Casi me muero, perdí mucha sangre y tuvieron que quitarme el útero por un mioma. Para una mujer eso no es solamente un hecho físico, sino simbólico. Se me despertaron muchas preguntas, empecé a buscar y mezclar lenguajes para plasmar el desborde de esos días en donde el sueño y la realidad no estaban claros. Es algo que te pasa mucho cuando estás internada, que no sabés la hora, los días, vivís en una especie de realidad alternativa…y esa exploración, la historia y esas anotaciones junto con el lenguaje de lo subacuático que me servía para representarlo de manera singular, se hicieron libro.
-La novela se lee en “dos sentadas“, ¿por qué creés que ocurre?
-Está escrito en presente continuo, el terror es así, todo está pasando. Eso tiene mucha fuerza narrativa. Es el terreno de lo urgente. El cuerpo te obliga a vivir en el hoy, a pesar de los recuerdos. Quería que el lector estuviera ahí, como en una película de terror. Y, además, la distancia emocional es breve. Al ser yo misma Roberta, es potente de leer porque fue fuerte de escribir. La protagonista expone todo, no se guarda nada, es explícita, algo muy del body horror. Aparte hay imágenes que aparecieron instantáneamente al momento de escribir: la medusa, un ser hermoso y peligroso. Hay mucho de simbólico, y eso es potente. Por eso la elección de esa tapa increíble que realizó La Crujía. Entonces es imposible que no convoque a un lector, aún cuando el lector tenga 6 horas de Instagram diarias, porque hay una necesidad de profundidad, de temas existenciales que aborda absolutamente la novela.
“Escribo para hacer arte, para transmutar quizás cuestiones que tienen que ver con mi manera de leer el mundo, situaciones, pero con eso hago algo, que es una tercera cosa, que no es lo que me pasa, ni cómo lo procesé tampoco, sino otra cosa”
-¿Cómo logra la distancia narrativa de un hecho tan visceral?
-La novela fue una construcción, llevó el tiempo de hacer un edificio, casi dos años. Escribía un párrafo por día, lo trabajaba horas. Fue una escritura de monje. Necesité calma para narrar lo vivido, tiempo, distancia. Aunque en la historia no se perciba distancia emocional. No escribí desde la visceralidad. Quería evitar lo que llamo “escritura vómito”. Que fuera un diario de lo ocurrido en la internación. No, lo que hice fue utilizar como material o tela para cortar eso que pasó, pero construí otra cosa, una novela. Para mí la literatura es más importante que la vida real. Y fue como ponerla al servicio de la escritura.
-¿Por qué creés que hay armonía o naturalidad y no contraste en esta dualidad de los lenguajes que proponés, el de la jerga hospitalaria y el de las criaturas marinas?
-Ese fue el desafío mayor, conciliar dos mundos. La literalidad fría del lenguaje médico, tan preciso. Y el lenguaje metafórico, acuático, marítimo. Lograr que el lector no se pierda entre lo que pasó, lo que sucede y lo que imagina la protagonista. Estoy conforme con el resultado, las devoluciones de quienes lo leen son hermosas. El secreto fue la estructura de los recursos, el equilibrio de las herramientas al servicio de la historia.
-Y la profundidad de los temas... El libro habla de muchas cosas, más allá de la enfermedad. ¿De cuáles?
-Sí, la novela es compleja, tiene muchas capas, muchos niveles. Habla de la pareja, los amigos, la maternidad, el miedo, la muerte. Ofrece muchos caminos para el que lee, algunos se enganchan más con la historia del papá, de la mamá, de los amigos.
-La enfermera Elsa se convierte en un personaje central. ¿Por qué?
-Siempre supe que la enfermera, que en la vida real se llama Mirtha, debía ser la coprotagonista. Quería destacar los vínculos no clásicos, por fuera de “el chico y la chica“, los que no podés etiquetar. Me interesaba que el vínculo más relevante no fuera la pareja o la madre. Además había una búsqueda ahí, porque el contexto era la lucha por la mejora de condiciones y salarios del personal de la salud en la Argentina, y la verdad es que un médico de hospital no es nadie sin la enfermera. La que pone el cuerpo, la que acompaña, la que cura. Sentía que quería decir algo sobre eso. También habla mucho de la amistad, de la forma en que sostienen los amigos, de lo que significan en nuestras vidas, en los momentos límite.
-¿La cirugía generó una nueva mirada sobre el mundo?
-El trauma me volvió más curiosa, me amplió la mirada. Antes tenía una introspección muy grande, me escondía. Ahora tengo una cercanía con los demás. Me importan. Los veo con atención y curiosidad, como especies marinas en un océano donde convivimos. En todo hay riqueza, la chica que te corta el fiambre, el señor que te lleva en el remise, en todos hay trayectorias, conflictos, resiliencia.
-¿Por qué decís que el libro fue una “salida del clóset”?
-Es una salida del clóset en el sentido de compartir algo que antes me daba vergüenza, que me hacía sentir “menos mujer” o “fallada”. Me afectaron mucho los discursos ajenos. El libro fue quitarme esa mirada de vergüenza. En ese proceso, descubrí que muchas mujeres ocultan sus propias historias. Somos muchas más de las que se piensa. La identidad de la mujer, tan ligada a la maternidad, y qué es la maternidad también. Hay tantas cuestiones que son más complejas de cómo se las piensa... Yo volví a preguntármelo todo.
-¿Por qué decís que escribir no fue terapéutico?
-No siento que la escritura sea terapéutica para nada. Escribo en una búsqueda de lo literario, no de lo terapéutico. Escribo para hacer arte, para transmutar quizás cuestiones que tienen que ver con mi manera de leer el mundo, situaciones, pero con eso hago algo, que es una tercera cosa, que no es lo que me pasa, ni cómo lo procesé tampoco, sino otra cosa. Algo que dialoga aparte con los que toman contacto y va tomando las formas del lector. Es lo más alucinante de la literatura, y del arte en general.
-Si el libro fuera un homenaje a algo, ¿a qué sería?
-Sería una oda a la subjetividad, a lo subjetivas que son las vivencias, ¿no? A la singularidad de lo que vemos, sentimos, atravesamos. También a lo insólito, lo divertido o bello (no en el sentido de bonito, sí de poético) en contextos o momentos sombríos, como puede ser un hospital, el miedo a morir, la incertidumbre. Y a esas relaciones “fugaces“, como la de Roberta con la enfermera, que sin embargo son profundas, hermosas y dejan huella. La enfermera no es solo la que pone el vendaje, es el vendaje.
La autora es abundante en todo sentido: ojos grises infinitos, cabellera tan libre como ondulada y entrega total a la conversación. Baila tres veces por semana hace tres años, como una actividad que la hace ser quien es. Y hay algo de danza en su decir. Sabe que cuando dibuja con gestos lo que dice, va conciliando en el aire ese inquietante modo de narrar con la ternura de los detalles, dando puntadas artísticas a lo que cuenta.
Con ese mismo tono, la novela de Maia Debowicz -intensa, poética y ocurrente en partes iguales- cierra el círculo de su propia metamorfosis. Ya no se esconde, explora la ausencia de luz de las profundidades y regala a los lectores una obra en la que vale la pena bucear.