Cae un tirano y comienza una peligrosa incertidumbre
A continuación se transcribe el editorial publicado ayer por The New York Times.NUEVA YORK.– El ayatollah Alí Khamenei gobernó...
A continuación se transcribe el editorial publicado ayer por The New York Times.
NUEVA YORK.– El ayatollah Alí Khamenei gobernó Irán con la vigilancia y la brutalidad de un autócrata convencido de que su propio pueblo y la superpotencia mundial buscaban derrocarlo. Y, al final, lo hicieron.
Con el anuncio del presidente Trump de que el ayatollah Khamenei, el líder supremo de 86 años, murió el sábado en ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel, su mandato ha llegado a su fin, consolidando medio siglo perdido para su nación. Mientras Medio Oriente enfrenta un vacío impredecible, seamos claros: nadie debería lamentar la muerte de un dictador que pasó décadas infligiendo miseria y derramamiento de sangre.
Al ascender al poder en 1989, el ayatollah Khamenei organizó su existencia en torno a una obsesión con Occidente. Como gobernante, sofocó la disidencia, calificando las demandas de reformas como “sedición” occidental, y amplió el aparato de inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica para reprimir a su propio pueblo.
Empobreció a sus ciudadanos para financiar intervenciones en el extranjero y un programa nuclear que solo trajo aislamiento a Irán. Cuando enfrentó protestas de la población, respondió con la fuerza, incluida la matanza de miles de personas a principios de este año. En el exterior, su legado es de desestabilización, tras haber construido un llamado eje de resistencia que abarca Gaza, Irak, Líbano, Siria y Yemen.
Es natural esperar que la decapitación de este régimen pueda conducir al fin de la teocracia iraní. Sin embargo, también es importante considerar el contexto, y los riesgos a largo plazo que genera tanto para Irán como para Estados Unidos.
El régimen que Trump busca derrocar tiene sus propias raíces en la intervención estadounidense en Irán. Llegó al poder en 1979 con la ayuda de la indignación generalizada por el golpe de Estado de 1953 que la CIA ayudó a organizar junto con el corrupto sha respaldado por Estados Unidos, quien posteriormente consolidó su poder.
Ahora Trump, trabajando con Israel, el enemigo más acérrimo de Irán, ha supervisado el asesinato del líder del país. Lo ha hecho sin explicar su estrategia para el futuro y sin el apoyo de casi ningún otro aliado. Y hay motivos para preocuparse por lo que viene después.
No existe ningún grupo opositor iraní de peso, lo que genera una profunda incertidumbre sobre el futuro. El ayatollah Khamenei tenía un plan de sucesión que favorecía a los clérigos, pero funcionarios de inteligencia estadounidenses han evaluado que el vacío de poder podría derivar en que facciones de línea dura de la Guardia Revolucionaria tomen el control. Los riesgos de guerra civil, matanzas internas e inestabilidad regional son enormes.
El enfoque de Trump en política exterior ofrece pocas razones para creer que priorizará la estabilidad de Irán. Hasta ahora, en su segundo mandato, ha ordenado ataques militares en siete países. Apenas hace dos meses derrocó al dictador venezolano, Nicolás Maduro, pero dejó en el poder a sus subordinados mientras abandonaba a un partido opositor con amplio apoyo popular.
Su enfoque hacia Irán ha sido igualmente impulsivo. Al anunciar una campaña militar en un video a las 2:30 de la madrugada del sábado, afirmó que Irán representaba “amenazas inminentes” sin ofrecer pruebas.
El presidente aún no ha ofrecido una explicación de por qué esta campaña terminará mejor que los intentos de cambio de régimen del siglo XXI en Irak y Afganistán. Esas guerras también derrocaron gobiernos. Sin embargo, sus legados decepcionantes y sangrientos dejaron a los estadounidenses comprensiblemente escépticos respecto de operaciones militares de duración indefinida.
En medio del caos que este ataque provocará en Irán, los estadounidenses deberían prepararse para la posibilidad de represalias. Es cierto que Irán no ha logrado infligir casi ningún daño significativo a Estados Unidos en los últimos años y que su capacidad militar se ha degradado.
Pero mantiene un arsenal de misiles capaz de saturar los sistemas de defensa, y este fin de semana alcanzó una base de la Marina estadounidense en Bahréin, entre otros objetivos en la región. Irán también podría ser capaz de lanzar ciberataques y acciones indirectas a través de fuerzas aliadas contra tropas y socios estadounidenses.
Los mayores riesgos pueden estar en el futuro. El presidente de Estados Unidos acaba de ayudar a asesinar a un líder extranjero sin la aprobación del Congreso, sin el apoyo de la mayoría de los aliados y sin un plan para el futuro. La historia sugiere que la participación unilateral estadounidense en estas condiciones suele tener consecuencias que no son inmediatamente evidentes.
Cuando funcionarios estadounidenses ayudaron a orquestar el golpe de 1953, seguramente no imaginaron que estaban sembrando las semillas del gobierno más radicalmente antiestadounidense de Medio Oriente. Gestionar el futuro de Irán requerirá reflexión, atención y cooperación internacional. Instamos a Trump a trabajar con el Congreso, aunque en este punto tenemos pocas expectativas de que lo haga.
Dada esta realidad, el Congreso debería asumir un papel de liderazgo; los legisladores de ambos partidos tienen razón al exigir informes y forzar un debate sobre los poderes de guerra para garantizar que el presidente esté limitado y rinda cuentas.
Por último, Estados Unidos no puede navegar esta incertidumbre en soledad. La administración Trump, que con frecuencia ha tratado a nuestros aliados con desprecio, debería incorporar también a los socios internacionales. Enfrentar un Irán posterior a Khamenei requiere claridad estratégica y una coalición global, no decisiones aisladas.
Durante décadas, el pueblo iraní ha hecho enormes sacrificios por la posibilidad de una sociedad más abierta. Tras soportar años de autocracia y aislamiento internacional, merece la oportunidad de trazar un futuro más libre y más estable.