Calu Rivero, íntima: entre su vida en José Ignacio y sus ganas de volver a la televisión
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PUNTA DEL ESTE—. Calu Rivero no se acuerda cuándo fue la última vez que actuó. O sí. Ayer con sus hijos, jugando. No está segura de por qué dejó de hacerlo formalmente, pero sostiene que se alejó cuando su cuerpo se lo pidió. “¿Hace cuánto no ejerces de actriz?“, le consulta LA NACION. “Sabes que no sé”, responde. Ella no lleva la cuenta, pero fue hace unos 14 años cuando -en lo más alto de su carrera-, de pronto, “desapareció”. Aunque prefiere no usar esa palabra. Más bien, le gusta decir que se “resguardó”. Durante ese tiempo y, tras denunciar, en 2017, al actor Juan Darthés por acoso sexual, se enfocó en sanar: leyó mucho, usó un alter ego, se mudó a José Ignacio y fue mamá de Tao, de tres años, y de Bee, de uno.
Hoy su vida conserva poco del glamour del prime time televisivo que la envolvió más de una década atrás. Lejos de las cámaras, Calu elige moverse en un entorno rural entre gallinas, ovejas y caballos. Sin embargo, este verano la actriz que vive en ella empezó a golpearle la puerta otra vez: “Acordate de mi”, sintió a su voz interior susurrarle. Ahora, Calu decidió que era momento de escucharse. “Quiero volver a actuar”, lanza a modo de primicia durante un exclusivo evento por el aniversario de The Grand Hotel de Punta del Este.
—Pasaste de estar muy expuesta a decidir irte lejos de las cámaras, a cambiar tu vida y vivir más en contacto con la naturaleza...
—Sí, a veces hay que tomar decisiones. Siento que yo elegí alejarme del ruido. Lo necesitaba y fue una decisión que me hizo muy bien, después vino el florecimiento. Pienso que hay que hacerle caso a la intuición, a un montón de cosas que yo sentía.
—Para el ego del actor no es fácil correrse del protagonismo...
—Es verdad. Pero yo elegí irme y lo sentí de un modo muy auténtico. Hoy elijo estar en Uruguay, pero también elijo la Argentina. Siento que tenemos las dos raíces. Mi primer hijo es argentino y la segunda es uruguaya. Me gusta probar. Al final la vida se trata de eso, de probar y a mí,no me da miedo romper para volver a hacer y crear.
—¿Te imaginás que en algún momento te pueden volver a dar ganas de protagonizar algo?
—Recontra. De hecho, me están dando muchas ganas. Creo que es hasta normal, ¿no? Pasé un tiempo en el que me convocó algo más grande. Yo me metí en algo más grande, que es todo lo que estoy viviendo de niños, y de la familia, te diría que nunca viví algo tan exigente y a la vez tan poderoso.
—¿Sos muy autoexigente?
—Sí, soy una persona que trato de dar el 100, me gusta que la gente sea así. Es una frase hecha pero me gusta “ser como esa persona que querés conocer”. De chica leí esa frase y enseguida me sentí identificada. Entonces, está la familia y la maternidad que es muy exigente porque los niños demandan. A la vez, vivo una maternidad distinta a la que vivieron mis padres.
—Tus hijos viven una crianza bastante particular. Hace poco hizo ruido una publicación tuya donde decías que no querías llevar a tu hijo a la escuela.
—Trato de disfrutar mucho el proceso. Cuando empecé a actuar me pasaba lo mismo: vivía para los personajes. Entonces, la maternidad es un trabajo que me excede, pero lo disfruto. Es exigente pero a la vez me empodera poder vivir la maternidad con conciencia. Es un privilegio también. Porque hay muchas madres a las que les gustaría, pero si estás dentro del área de la vulnerabilidad estás en modo supervivencia. Por suerte, hoy hay mucha información y hay cosas como la presencia que no tienen que ver con el dinero. Para mí, la primera infancia es de una vulnerabilidad y de una magia tan fuerte que no la quiero dejar pasar. Me encanta que se haya armado “lío” en el buen sentido porque creo que a veces soy un puente para que se armen conversaciones. Creo que me excede un montón a veces a mí. Lo tomo así y me gusta tomarlo así. Simplemente es real, o sea, yo a Tao lo llevo a andar a caballo porque me lo empezó a pedir. Yo pude ver su entusiasmo. Él me marca sus cosas. No le gusta el ruido, a la más chiquita sí le gusta más el ruido. Tao es más sensible y yo elijo escuchar su curiosidad. Le digo de ir a ver los caballos y se pone feliz. Le digo de ir al jardín y me da mil vueltas. Hay un horario y le tengo que insistir. Mientras que si lo invito a andar a caballo salta de la cama...por ahí su regulador de la primera infancia puede ser un caballo...
—¿Pensás incluirlo en la educación formal en algún momento?
—Me permito estar muy expectante a los cambios y a ver qué pasa con la educación. Están sucediendo cambios gigantes con la inteligencia artificial y demás...Yo ahora estoy acá: ellos tiene 3 años y un año y medio. No pienso de acá a tres años.
—¿Hacés pantalla cero con ellos?
—No, ellos son de la era de la tecnología en la pantalla, o sea, es como que a nosotros no nos dejaran usar internet. Pienso que en vez de luchar contra eso que es parte de su generación hay que convertirse en una familia tech y ponerle un sentido.
—¿Cómo es un día tuyo en Uruguay?
—Nos movemos mucho y en la casa donde estamos tenemos gallinas, ovejas, el caballo. Pasamos mucho tiempo afuera. Me divierte ser “la granjera”. Con las cosas que ellos me van marcando trato de armar juegos y enseñarles cosas. Yo uso muchas cosas de la actuación para trabajar con ellos la expresión.
—¿Encontraste tu eje?
—Sí, me regula un montón estar acá.
—¿Pero no descartás 100% un día volver a Buenos Aires?
—No. Somos híbridos como familia, o sea, dejamos de decir nómade. Me siento más bien híbrida porque me permito estar acá, pero no tengo ancla.
—¿Tenés ganas de volver a actuar?
—Sí, genuinamente. Para mí eso es un montón. Hace poco se lo contaba a mi vieja. Ser actor o actriz es algo maravilloso. Ser bueno en eso, tener la capacidad de conmover es magistral. Eso a mí me encanta, lo soñaba desde chica. Es hermoso volver a sentir que eso me convoca de nuevo. Lo siento en la panza, siento genuinamente el deseo de volver a actuar. Primero me lo cuenta el cuerpo y después la mente. Antes no lo sentía.
—¿Cuántos años pasaron desde que te alejaste de la actuación?
—Ni idea.
—Hubo un proceso de sanación. Vos decidiste alejarte después de la denucia de acoso de Darthés...
—Creo que venimos al mundo a experimentar cosas. A alguno le pasa esto, otro tiene una enfermedad, a otro le pasa otra cosa. En las partes en las que se pone difícil la vida es cuando uno crece, ¿no? Esas etapas son de crecimiento. A mí me pasó eso, yo lo aprendí, lo acepté y perdoné.
—¿Lo perdonaste a Juan Darthés?
—Sí, pero por mí, no por él. Lo perdono porque uno no puede cargar odio. No le hace bien al cuerpo, es un microveneno que todos los días va creciendo, ¿entendés? Entonces, yo me puse a estudiar sobre salud mental y sobre el sistema nervioso. Me conozco, me conocí, aprendí de mí.
—¿Eso a partir de lo que te pasó con Darthés?
—Sí. Es difícil, pero sino terminás siendo un títere de otra gente. En ese momento dije: “Yo no quiero sentirme más así”. Quiero tener cierto control. Por suerte ya no estoy trabada en el dolor en el que me trabé mucho tiempo. Y digo: “¡Qué bueno que ya puedo mirar todo desde otro lugar!“. Definitivamente hice cosas que hoy las veo y digo: ¡Qué genia! Por ejemplo, con lo de Dignity.
—La gente no entendía.
—Nadie lo tenía que entender porque no era para que se entienda, era algo mío, una necesidad que surgió y hoy lo veo como un acto psicomágico. Necesité cambiarme el nombre para seguir siendo, porque Calu pesaba mucho con todo ese backstory que me venía trayendo. Entonces, para seguir bien creé a Dignity. Lo usé porque necesitaba el alter ego para vivir, para protegerme. Después, cuando pude integrar lo que le pasó a Calu, ya está, me da igual que me digan Dignity, Calu, Carla. Al final, soy todas. Desde esa libertad me permito explorarme. Sin juzgarme. Sin prejuicio.
—¿Cómo te sentías?
—Mal, o sea, no quería ser parte de todo lo que estaba pasando. Hoy me veo desde lejos y veo que lo que me pasó me llamó a cambiar mi dirección, crecer, ampliar mi vida. Siento que como actriz me dio muchas más herramientas. Lo veo tan al camino de la heroína, como el camino del héroe, siento que en un momento pasa algo que es un eslabón de crecimiento.
—¿Pensás que haberla pasado mal te sirve a la hora de construir un personaje?
—No mal, pero todo ese crecimiento, todo eso que aprendí, son experiencias que están en vos a la hora de actuar ciertas situaciones. Tenés que saber mucho de tu cuerpo, de vos, de cómo estar en un estado de relajación para poder transmitir algo y también tenés que vivir la vida. Me lo decía Norman Briski: “Para actuar hay que vivir la vida”. El ser humano es muy power, vive muchas cosas, problemas, que son oportunidades de crecimiento.
—¿Te costó superarlo?
—Me costó. Estuve mucho tiempo siendo parte de algo que no me estaba haciendo bien. Hoy quiero volver a actuar desde otro lugar, más conciente.
—¿En qué tipo de proyecto te gustaría participar?
—A mí me encanta el cine y todo lo audiovisual.
—Con Aíto se muestran como una pareja muy asentada.
—Sí, somos un muy buen equipo. Siempre nos dicen que somos iguales. Nos llevamos muy bien.
—¿Tuviste vínculo con Shakira últimamente?
—No voy a hablar de eso.
—¿Cómo te llevás con las críticas?
—No me afecta, porque no sé cómo explicarlo, hay una parte de todo eso que yo la veo distinta. No me creo nada de las redes. Para mí es un lugar donde uno decide comunicarse, expresarse, intercambiar cada vez menos... Déjame pensar bien cómo te respondería. Una vez entendí que lo que el otro me dice es un espejito. De hecho, hace poco me pasó algo muy gracioso. Subí una foto en la que yo me sentía bien ¡Porque es difícil la maternidad! ¡Estás recansada! No tengo la energía para una selfie. Me es más fácil sacarle fotos a otras cosas, pero publiqué una foto en la que yo me sentía relinda y todo el mundo me comentaba: “¿Qué te pasa?“, ”¿Lloraste?“, ”¿Estás bien?“. Y yo que me creía diosa. Me dio gracia. Pero por otro lado entendí que había gente que tenía una preocupación genuina por que yo esté bien y eso me gustó. Me reí mucho con mi hermana de eso. En otro momento por ahí me lo tomaba personal, pero ahora sé que la seriedad es para las cosas serias. Me permito jugar. En otro momento de mi vida capaz hubiese dicho: “No hago una nota”. Pero hoy tenía ganas. ¿Te sorprendió que te di la nota?