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Carlos Alonso: todo lo que una fotografía dice sobre la pintura

Con el aviso vía whatsapp de ...

Carlos Alonso: todo lo que una fotografía dice sobre la pintura

Con el aviso vía whatsapp de ...

Con el aviso vía whatsapp de la muerte de Carlos Alonso vinieron, de inmediato, una frase suya y una imagen que no le es enteramente propia como los dibujos y las pinturas que lo sobrevivirán de aquí en más. La frase tenía que ver con un empecinamiento, con una defensa del arte que en sus ojos y en sus manos había contribuido a recrear a los old masters (Rembrandt, Velázquez) pero también a afirmar una forma muy argentina de hacerlo.

Palabras más palabras menos, Alonso, oscurecido por la caída del sol de una tarde de 2004, había dicho que la pintura era irreemplazable porque apuntaba a un lugar muy preciso, único, de la mente. Un lugar que él, no era neurólogo, no podía determinar pero que sabía que estaba, que era concreto y que la mantenía firme contra viento y marea; firme frente a todas las otras formas de producir imagen desde el daguerrotipo a la entonces novedosa, incipiente, digitalidad. Alonso se había corrido del guion, tres carillas manuscritas repasando su relación con Antonio Berni, para volver a dar la batalla por la pintura (cuando se sabía un poco marginado por el canon contemporáneo) y para hablar, en un tono débil, quebradizo, sobre Paloma, su hija desaparecida en 1977. Por obra del fotógrafo ruso-argentino Anatole Saderman es que Carlos y Paloma están juntos en una fotografía de 1960. Y esa es la imagen que vino con la frase apenas se activó la alarma sobre su muerte.

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Tendría que parafrasear al maestro de la melena canosa y decir que la fotografía analógica es tan irreemplazable como la pintura y por las mismas razones. Hace target en un lugar único de la mente y eso es lo que activó la memoria de esa imagen para conectar con el final de la vida de Carlos Alonso antes que cualquiera de sus pinturas. Acaso porque a la genialidad de Saderman, la historia que sobrevendría a la foto le da a los modelos captados en una escena de insondable ternura (todo lo que no es posible explicar acerca del amor entre un padre y su hija) espesor de coautores.

Pensar en esta fotografía en el exacto momento de la noticia puede parecer irrespetuoso con el enorme legado pictórico de Alonso, pero no, es parte de su influencia en la cultura visual y es signo, índice, del mendocino como artista del trauma argentino en el mismo nivel que León Ferrari. Artistas que sobrevivieron a sus hijos desaparecidos, longevos y al mismo tiempo desafiando al tiempo con su melenazgo.

Se hacía necesario volver sobre esta foto de la que esta misma columna se había ocupado en 2019 cuando fue exhibida en Malba. Parte de la producción de Saderman que ingresó a la colección de Bellas Artes en 2014 por la fuerza arrolladora de Sara Facio que forzó los límites institucionales de la fotografía. Una vez más, entonces, “Carlos Alonso y Paloma (fotografía sobre papel, 45,5 x 34 cm)”, ahora para advertir algo más. En el juego de sombras que Saderman propone como un mago, es Paloma la que se recorta como una silueta (el “siluetazo” antes del “siluetazo”) oscura mientras que si se mira con detenimiento al joven Alonso se le alcanzan a distinguir algunos rasgos a contraluz. Como si lo hubieran sabido todo en ese mismo instante. Primero se iría la hija, después el fotógrafo y, al fin, el pintor. Fundido a negro ahora.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/carlos-alonso-todo-lo-que-una-fotografia-dice-sobre-la-pintura-nid27092026/

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