Chris Evert y Martina Navratilova: el documental de Netflix que retrata cómo dos grandes rivales del tenis se construyeron mutuamente
Chris y Martina: el set decisivo (Chris & Martina: The Final Set, Estados Unidos/2026). Dirección: Rebecca Gitlitz. Duración: 93 minutos. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: muy buena. ...
Chris y Martina: el set decisivo (Chris & Martina: The Final Set, Estados Unidos/2026). Dirección: Rebecca Gitlitz. Duración: 93 minutos. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: muy buena.
En el mundo del deporte son muy comunes los relatos binarios. Ganadores y perdedores. Héroes y antagonistas. Chris y Martina: el set decisivo, el documental de Rebecca Gitlitz que acaba de estrenar Netflix, propone una variante: entender una de las rivalidades más importantes de la historia del tenis femenino ya no como un mero duelo entre dos voluntades opuestas, sino como una relación de dependencia mutua.
Chris Evert y Martina Navratilova fueron mucho más que las dos mejores tenistas de su época (las décadas del 70 y del 80). También puede verse a cada una como la arquitecta de la excelencia de la otra. Esa es la tesis principal de este documental que elude convertir una historia deportiva en un melodrama, aún cuando el presente -las dos protagonistas atravesando tratamientos contra el cáncer- podría haberlo empujado fácilmente hacia allí. Con buen criterio, la película utiliza ese punto de llegada para releer cuarenta años de competencia feroz sin caer en el sentimentalismo.
El planteo de Chris y Martina: el set decisivo sostiene que esta gran rivalidad existió porque dos talentos excepcionales se obligaron mutuamente a descubrir capacidades que, de otro modo, probablemente nunca habrían desarrollado. Tanto Evert como Navratilova fueron condición de posibilidad del éxito de la otra.
Durante quince años disputaron ochenta partidos oficiales, una cifra prácticamente irrepetible en el deporte profesional. Semejante frecuencia produjo una lógica rivalidad pero también una relación casi simbiótica. Cada mejora técnica de Navratilova obligaba a Evert a reinventarse. Cada adaptación estratégica de Evert empujaba nuevamente a Navratilova hacia otro nivel.
Rebecca Gitlitz encuentra una estructura narrativa muy eficaz alternando el presente de las dos exdeportistas de élite con el frondoso archivo deportivo. Las imágenes de los grandes partidos que jugaron funcionan como evidencia de una transformación psicológica. El paso de la cordialidad inicial al distanciamiento casi absoluto durante los años de mayor tensión competitiva aparece en la película como una consecuencia lógica del enorme profesionalismo de Evert y Navratilova.
Las narrativas sobre el deporte contemporáneo suelen romantizar la amistad entre competidores o exagerar los enfrentamientos para producir espectáculo. Aquí ocurre lo contrario: el film explica con claridad que ambas cosas coexistieron: hubo afecto, hubo resentimiento, hubo admiración y hubo momentos de tensión extrema en que prácticamente dejaron de hablarse.
Las entrevistas que van matizando la narración -John McEnroe, Pam Shriver, Zina Garrison, familiares y antiguos entrenadores- sirven específicamente para construir contexto. Todos apuntan a una misma idea: Evert y Navratilova elevaron simultáneamente el nivel del tenis femenino porque ninguna permitía que la otra permaneciera cómoda demasiado tiempo.
Gracias a la dinámica de ese enfrentamiento, el tenis femenino dejó de ocupar un lugar secundario para instalarse como un espectáculo deportivo de alcance global. El contraste entre ambas jugadoras -la regularidad casi matemática de Evert frente al perfil atlético y agresivo de Navratilova- produjo un relato deportivo perfecto para la televisión de finales de los setenta y principios de los ochenta, que reflejó exhaustivamente esta lucha mano a mano.
No hay, en cambio, demasiados detalles de las implicancias del asilo político de Navratilova en Estados Unidos, país que la recibió y le otorgó la nacionalidad cuando la tenista nacida en Praga decidió exiliarse de la Checoslovaquia comunista. Tampoco se profundiza demasiado en el enorme costo personal que implicó convertirse en una de las primeras grandes figuras del deporte profesional en asumir públicamente su homosexualidad en una época muy diferente a la actual. Son temas que aparecen apenas esbozados.
La enfermedad que atraviesan las dos extenistas sí funciona como sostén importante del relato. Chris Evert vuelve a enfrentarse a un cáncer de ovario que, tras una primera remisión, ha reaparecido en varias ocasiones y la obligó incluso a renunciar este año a comentar Wimbledon para la televisión. Navratilova, por su parte, atravesó de manera simultánea un cáncer de mama y otro de garganta, de los que recibió el alta tras el tratamiento.
La película acompaña ambas experiencias con un alto grado de intimidad: consultas médicas, sesiones de quimioterapia y conversaciones privadas en las que la vulnerabilidad queda al desnudo, pero no es un mecanismo para forzar la emoción. La enfermedad modifica el punto de vista desde el que las protagonistas observan su pasado, pero no reemplaza el tema central del documental.
Las imágenes de archivo, que muestran a las dos eximias jugadoras exigiéndose hasta el límite durante los años de máxima competencia, dialogan fluidamente con el presente: dos mujeres que ya no necesitan demostrarse nada, aunque siguen analizando aquellos partidos con el mismo rigor con el que entonces los disputaban.
Quizá por eso Chris y Martina: el set decisivo resulta más convincente cuando habla de la competencia que cuando intenta hablar del éxito. Los títulos, los récords y los trofeos terminan ocupando un lugar secundario frente a una constatación mucho más relevante: los grandes deportistas rara vez construyen su legado en soledad. Necesitan un rival capaz de obligarlos a reinventarse una y otra vez. Evert y Navratilova encontraron esa clase de adversaria excepcional, y el documental entiende que esa relación -hecha de admiración, distancia, aprendizaje y conflicto- explica mejor su lugar en la historia del tenis que cualquier palmarés.
Sin necesidad de buscar una moraleja, la película termina sugiriendo que algunas rivalidades sobreviven precisamente porque dejan de medirse por el resultado del último partido. Su verdadera dimensión solo aparece cuando ya no queda nada por ganar.
4 stars