Cómo nació la plataforma que conecta a 1.870 millones de personas con registros preservados en un búnker antinuclear
En la ladera norte del Little Cottonwood Canyon, a unos 30 kilómetros al sureste de Salt Lake City, Estados Unidos, hay una puerta de acero que pesa más de 10 toneladas. Detrás de ella, a 200 me...
En la ladera norte del Little Cottonwood Canyon, a unos 30 kilómetros al sureste de Salt Lake City, Estados Unidos, hay una puerta de acero que pesa más de 10 toneladas. Detrás de ella, a 200 metros de profundidad excavados en un macizo de granito sólido, hay seis cámaras donde la temperatura nunca supera los 13°C y la humedad se mantiene en un 30% constante, regulada por la propia geología de la montaña. El lugar fue diseñado para resistir una explosión nuclear. Lo que guarda adentro, sin embargo, no es armamento ni dinero ni secretos de Estado: son nombres.
Nombres de personas que nacieron, se casaron, tuvieron hijos y murieron. Actas de bautismo escritas con pluma en latín en el siglo XVI. Manuscritos con genealogías dinásticas de China que abarcan milenios. Testamentos, padrones coloniales, inscripciones en papiro provenientes del Medio Oriente. La Bóveda de Registros de Granite Mountain, operada por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días -los mormones-, almacena hoy más de 5.800 millones de imágenes digitales. Es el archivo más grande de la historia humana y está abierto al mundo de forma completamente gratuita.
Para entender por qué existe, hay que entender primero lo que creen quienes lo construyeron.
Los Santos de los Últimos Días sostienen que las relaciones familiares pueden trascender la muerte. Pero para que eso sea posible, los vínculos deben ser registrados, y ciertos ritos -entre ellos el bautismo- deben ser realizados. El problema teológico es evidente: ¿qué pasa con quienes murieron antes de conocer la doctrina? La respuesta que encontró la Iglesia es el bautismo por poder: un fiel vivo se sumerge en el agua en nombre de un ancestro fallecido. El muerto, en el más allá, puede aceptarlo o rechazarlo. Para poder hacerlo, primero hay que saber quiénes fueron esas personas. Y para saberlo, hay que encontrar sus registros.
Esa cadena -fe, ritual, búsqueda, archivo- es el motor que desde 1894 impulsa uno de los proyectos de preservación documental más ambiciosos que se haya emprendido en la historia.
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La Sociedad Genealógica de Utah fue fundada el 1 de noviembre de 1894 con una donación de 300 libros y la misión de ayudar a los miembros de la Iglesia a identificar a sus antepasados. Casi medio siglo después, en 1938, comenzó el microfilmado sistemático de registros en archivos de todo el mundo. Equipos de recolección viajaban a parroquias, registros civiles y archivos estatales en decenas de países, fotografiaban los documentos y enviaban los negativos a Utah. En 1963, la colección ya había crecido tanto que fue necesario perforar una montaña para guardarla.
El salto siguiente fue la digitalización. En 1999 se lanzó FamilySearch.org, la plataforma pública que pone esa colección al alcance de cualquier persona con acceso a internet. La versión beta colapsó en pocas horas por el volumen de visitas. En los días siguientes al lanzamiento oficial, el sitio recibió cerca de 100 millones de visitas; para manejarlo, los usuarios solo podían acceder durante 15 minutos a la vez.
El salto más reciente es la incorporación de inteligencia artificial. “La IA procesa y hace indexables miles de registros manuscritos antiguos en muy pocos minutos”, explica Pablo Schpilman, gerente de Marketing y Comunicaciones de FamilySearch para Sudamérica. “Una tarea que a los indexadores humanos les habría tomado años”, aclara. El desafío tecnológico no es menor: entrenar algoritmos para distinguir, en un documento de 1600, una mancha de moho de una letra “e” antigua es uno de los frentes más complejos del equipo de desarrollo.
Los números que maneja FamilySearch son difíciles de procesar. La plataforma cuenta hoy con más de 169.300 millones de registros históricos indexados, provenientes de más de 5.830 millones de imágenes digitales. Su árbol familiar colaborativo conecta más de 1.870 millones de personas. Todo eso convierte a FamilySearch en la organización genealógica más grande del mundo, y en el repositorio de memoria humana individual más vasto que jamás haya existido.
Y sin embargo, es apenas un rasguño. Según distintos estudios demográficos, la población histórica mundial ronda los 117.000 millones de personas. FamilySearch, con toda su escala, representa una fracción pequeña de quienes alguna vez vivieron en esta tierra. Sin embargo, la montaña de datos sigue creciendo: más de un millón de registros nuevos se incorporan cada día.
Argentina tiene un peso específico en ese archivo que excede su tamaño geográfico. La razón es histórica: pocas naciones del mundo recibieron oleadas migratorias de la magnitud y la velocidad de las que transformaron este país entre 1870 y 1930. Cada uno de esos millones de inmigrantes dejó rastros documentales. Y FamilySearch los tiene.
Los dos primeros censos nacionales argentinos -el de 1869, ejecutado en tres días bajo la presidencia de Sarmiento entre el 15 y el 17 de septiembre, y el de 1895, levantado en un solo día bajo la administración de José Uriburu- están completamente digitalizados en la plataforma. Son documentos extraordinarios. El censo de 1869 registra nombre, edad, sexo, estado civil, nacionalidad, lugar de nacimiento, ocupación, nivel de alfabetismo y “condiciones especiales”. El de 1895 agrega religión, número de hijos, años de casado y datos sobre actividad económica. En total, ambos censos suman 1386 volúmenes.
Pero quizás la colección más emocionalmente cargada sea otra. Los registros de ingreso de pasajeros al Puerto de Buenos Aires -que abarcan desde 1821- contienen el momento exacto en que millones de inmigrantes pisaron suelo argentino: nombre, apellido, lugar de origen, nombre del barco. Es la foto fija de una llegada. Para un nieto o bisnieto que teclea un apellido italiano, español, sirio o ucraniano en el buscador de FamilySearch, ese registro es a menudo la primera prueba concreta de que la historia familiar que le contaron en la mesa es verdadera.
A esos fondos se suman los registros parroquiales de bautismos y matrimonios anteriores a 1884 -año en que Argentina sancionó la ley del registro civil-, digitalizados en colaboración con la Iglesia Católica local, y los archivos históricos de distintas provincias. “Argentina tiene un peso histórico enorme en nuestro archivo debido a sus grandes oleadas migratorias”, confirma Schpilman.
Detrás de esa colección hay 125.000 personas que indexan registros de forma voluntaria, completando alrededor de un millón de nombres por día. No son todos mormones. Schpilman describe un universo variopinto: jóvenes que lo viven como un videojuego de descifrar misterios del pasado; adultos mayores que encuentran en la indexación un propósito diario para mantener la mente activa; investigadores académicos que digitalizan colecciones de su región para democratizar el acceso a la historia. Personas de todas las religiones o ninguna, movidas por algo que parece anterior a cualquier doctrina: el impulso de que los muertos no sean olvidados.
La inteligencia artificial no reemplaza a esos voluntarios sino que los complementa. En algunos casos los supera en velocidad. El modelo es simple: la IA procesa grandes volúmenes de imágenes y genera transcripciones preliminares; los voluntarios revisan, corrigen y validan. La paleografía (la interpretación de escrituras antiguas a mano) sigue siendo el mayor desafío técnico. La caligrafía iberoamericana de los siglos XVI y XVII, con sus abreviaturas medievales y sus documentos dañados por humedad o tinta corrida, desafía incluso a los algoritmos más avanzados.
Hay una pregunta que FamilySearch, casi sin proponérselo, está en condiciones únicas de responder: ¿Somos todos parientes?
La genética y la genealogía ya sostienen que sí, que si se retrocede lo suficiente, todos los seres humanos comparten ancestros comunes. Lo que FamilySearch aporta es la evidencia empírica a escala masiva. Su árbol familiar es un único árbol colaborativo global, donde cada usuario conecta sus ramas a una estructura compartida. El resultado es que familias de distintos continentes descubren que comparten los mismos ancestros. “La plataforma demuestra visual y digitalmente que la humanidad es, literalmente, una sola gran familia”, dice Schpilman.
Esa visión -grandiosa, quizás ingenua, tal vez profunda- es también la que explica los casos más conmovedores que ha producido la plataforma. Familias separadas por la migración que se reencuentran décadas después gracias a una coincidencia en el árbol. Comunidades enteras cuyo registro civil fue destruido por un desastre natural y que FamilySearch pudo restituir porque ya lo había microfilmado: así ocurrió con la nación isleña de Niue tras el ciclón que arrasó sus archivos, o con pueblos europeos que perdieron sus documentos en incendios. Para esas comunidades, el archivo de los mormones fue, literalmente, la única prueba de que sus muertos habían existido.
La bóveda de Granite Mountain sigue creciendo. Cada año se añaden alrededor de 40.000 rollos nuevos de microfilm. Cada día, más de un millón de registros se suman a la base de datos. Y sin embargo, los 117.000 millones de humanos que se estima habitaron la Tierra permanecen, en su inmensa mayoría, sin nombre en ningún servidor.
Hay algo perturbador y también hermoso en esa asimetría: la organización genealógica más poderosa de la historia, con puertas capaces de resistir el fin del mundo, apenas ha comenzado. La montaña de granito guarda lo que sabe. El resto -la mayoría aplastante de quienes alguna vez existieron- sigue esperando que alguien los encuentre.