Cómo se llaman y para qué sirven los palos amarillos que hay en las calles
En la vía pública existen numerosos elementos cuya función principal es ordenar el tránsito y mejorar la seguridad vial. Entre los más conocidos se encuentran los semáforos, las lomas de burr...
En la vía pública existen numerosos elementos cuya función principal es ordenar el tránsito y mejorar la seguridad vial. Entre los más conocidos se encuentran los semáforos, las lomas de burro, las sendas peatonales, la cartelería vertical y las marcas viales pintadas sobre el asfalto.
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Sin embargo, hay otros dispositivos poco conocidos, ubicados en zonas céntricas y corredores de tránsito, que se conocen como “palos amarillos”. Su nombre técnico es el de delineadores rebatibles y se trata de estructuras de plástico flexible que se instalan sobre la calzada con el objetivo de ordenar el tránsito y delimitar espacios de circulación.
En concreto, entre sus funciones principales se destaca la separación de carriles de tránsito para mantener el orden vial, evitar maniobras indebidas y reducir situaciones de riesgo. También cumplen un papel clave en la protección de bicisendas, ya que generan una barrera física que resguarda a quienes circulan en bicicleta frente al tránsito motorizado.
Además, suelen utilizarse para marcar límites en esquinas con alta circulación peatonal, donde se busca evitar invasiones de vehículos y mejorar la seguridad de quienes cruzan la calle.
Otro uso habitual de los delineadores rebatibles es el de señalizar desvíos temporales en zonas de obras, cortes de calle o trabajos de mantenimiento, guiando a los conductores de manera clara y ordenada.
En cuanto a los lugares donde se los puede encontrar, es común verlos en los límites de los carriles exclusivos para colectivos, como los del Metrobús, en ciclovías y bicisendas, en esquinas peligrosas o cruces complejos, y en sectores con alto flujo peatonal.
Uno de los principales beneficios de estas barreras físicas es que, por su estructura y material, son de fácil y rápida colocación, además de permitir un reemplazo sencillo en caso de rotura o desgaste.
En la división de carriles, por ejemplo, evitan la necesidad de construir separadores de hormigón u otras estructuras permanentes, o de dejar la calzada sin ningún tipo de delimitación.