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Cómo viven en el extremo norte del país, entre desiertos, llamas y salares

La puna atrapa. Deja el cuerpo cansado y la cabeza comprometida. Vuelvo a casa tras varios días de viaje y mi mente sigue allá. Necesito detenerme antes de retomar la rutina urbana. La pun...

Cómo viven en el extremo norte del país, entre desiertos, llamas y salares

La puna atrapa. Deja el cuerpo cansado y la cabeza comprometida. Vuelvo a casa tras varios días de viaje y mi mente sigue allá. Necesito detenerme antes de retomar la rutina urbana. La pun...

La puna atrapa. Deja el cuerpo cansado y la cabeza comprometida. Vuelvo a casa tras varios días de viaje y mi mente sigue allá. Necesito detenerme antes de retomar la rutina urbana.

La puna es una región remotísima que abarca gran parte del oeste jujeño, un territorio que supera los 3.000 metros de altura. Aquí, manda la soledad: desiertos, cumbres de lava, páramos, valles y salares. Viento que talla el paisaje, relieves y texturas. Solazo de día, noches heladas. Viejas pircas perdidas en los cerros, adobe precioso convertido en casas y comunidades indígenas que se abren al visitante.

Para recorrerla elegimos a la persona ideal. Santiago Carrillo es guía y recorre hace añares los caminos del norte. Sigue descubriendo rincones nuevos en cada salida. La camioneta y él son uno: no se cuida del sol (fortísimo), la altura no lo afecta y se mueve con comodidad por estos parajes áridos y desafiantes. Tan unido está al entorno que ya no habla de su vida anterior, cuando trabajaba de traje y corbata en el microcentro porteño. Su presente es este, y le sienta de lo más bien. Una existencia, según dice, que no deja de obsequiarle magia.

Santiago es una enciclopedia viva. Sabe de historia, geografía y antropología, con predilección por mostrar la vida diaria de las comunidades. Pasa gran parte del mes en la camioneta, llevando viajeros por ripio áspero, entrando y saliendo de pueblitos de apenas una docena de casas, surcando paisajes de otro planeta y visitando pastoras solitarias que ya no desconfían: les regalan grandes sonrisas a él y a sus pasajeros. Cada kilómetro con este guía es un nuevo descubrimiento, con el entusiasmo del primer viaje.

De Yavi a La Quiaca y Santa Catalina

El encuentro es en Yavi, sede del único marquesado del país, con construcciones sobrevivientes de aquella época y casas de piedra, adobe y paja. Sobre su historia charlamos con los anfitriones de la posada Tika, la mejor del pueblo.

Antes paramos en La Quiaca por combustible, efectivo en cajero automático y provisiones. Nuestro objetivo: la RN 40 hacia el oeste. Apenas salimos de la ciudad, arranca el ripio.

Tras la Cuesta de Toquero aparece Tafna, pequeña comunidad indígena de una veintena de habitantes que hoy son muchos más por el Día de Todos los Santos. Es domingo y en el cementerio hay clima de fiesta: familias regresan a sus pagos para honrar a sus muertos. De autos y camionetas bajan más de los que caben: adultos, niños, perros y ovejas, además de coronas de flores hechas en papel, cervezas y vino para rociar las tumbas. “A las 12, las almitas ya se regresan”, cuenta María Nieves desde el portal del camposanto. Explica que anoche les dejaron réplicas de lo que les gustaba en vida y sus comidas favoritas para compartir en familia. “Vinieron de visita”, asegura.

La capilla San Juan Bautista de Tafna forma parte del Camino del Despoblado, rutas prehispánicas de los pueblos andinos que los jesuitas aprovecharon en el siglo XVII para evangelizar y fundar capillas. En julio de 2008 un robo alteró el pueblo: desaparecieron imágenes religiosas de la iglesia y ornamentos litúrgicos de plata. Al poco tiempo los hallaron cruzando el Río Grande, en una casa deshabitada de Villazón, Bolivia. Luego de muchas gestiones, fueron parcialmente recuperados.

De nuevo en ruta, vicuñas pasean su elegancia y se mimetizan con el paisaje en medio de la sequedad más absoluta. Levantan sus cuellos al ver pasar la camioneta y se alternan con las tropillas –aquí llamadas tropas− de llamas. Cieneguillas aparece vacía a la una de la tarde; su plaza sorprende con una escalera que trepa hacia al cielo y da a un abismo. Un mirador peculiar. Continuamos por la RP 5 hasta Casira, pueblo alfarero pegado a la frontera boliviana. Fabricar vasijas y cacharros es una tradición ancestral por la buena arcilla de la zona. Dicen que de aquí proviene la mayor cantidad de piezas que se venden en la Quebrada de Humahuaca.

Jesús Mamaní abre su taller Samy Ollas y muestra cerámicas de uso diario: ollas, sartenes, platos, macetas, adornos. En los últimos años aumentó la producción en cerámica negra ahumada, muy demandada porque ya son pocos los que dominan esta técnica. Aprendió el oficio de su madre y ella de su abuelo. Con su esposa Betty trabajan hasta 14 horas al día entre modelado y horneado. Producen unas 1.800 pies 400 habitantes, creo que 100 se dedican a hacer ollas”, afirma.

Continuamos hasta Piscuno, pequeña comunidad limítrofe de unas 20 casas. En la última, el alambre del patio pasa junto al hito fronterizo 3-2-A. Ponemos un pie en Bolivia y el otro en la Argentina. Tan “porosa” es la frontera en este viaje que, constantemente, Santiago bromea señalando tropas de llamas:

–¿Ven esas?

–Sí.

–Son argentinas. Las de al lado, bolivianas.

Desde el abra El Angosto, situada a unos 4.000 metros de altura, se obtiene una vista panorámica del pueblo de El Angosto, que aparece a lo lejos, al pie del cerro Branqui. Trepamos por un camino de ripio con cornisa, entre cardones y queñuas de tronco retorcido. Estamos cada vez más cerca del límite. Más allá, todo es Bolivia.

Santa Catalina

Llegamos un domingo a las cinco y media de la tarde. Dos chiquitos juegan en la plaza. Canta un gallo. Santa Catalina es un pueblo lindo y muy antiguo: data de 1547. Conserva las casas de adobe, puertas de madera tallada con cerraduras ornamentadas y la iglesia Santa Catalina de Alejandría, pintada de blanco. Pocos deambulan por sus calles de piedra. Ignacio Ángel Cari tiene setenta y pico y luce un sombrero de fieltro claro que sólo usa cuando está aquí. Vive en San Salvador de Jujuy –“donde el clima es bien distinto, no tan seco y con menos sol”–, pero suele venir a chequear la casa de sus padres y la de su suegro, ambas cerradas. Como se jubiló de la Municipalidad y se mudó, alquiló su propia casa. Cuenta lo que ya no es un secreto: muchos en el pueblo buscan oro lavando arenisca. “Van con máquinas a Minas Azules y se pasan las tardes”, dice mientras posa seguro para las fotos.

La cena es en el Hostal Don Clemente: tallarines caseros con estofado y quesillo con dulce de cayote de postre. Julio Rufino hace de anfitrión en el hostal que inauguró su madre, Felisa Solís, en la casa familiar y antiguo almacén de ramos generales de su abuelo Clemente. Ahora Felisa reside en Salta, pero a sus 81 años, y a pesar de la distancia, maneja los hilos del hospedaje con energía incansable.

Más allá de Oratorio

Un par de suris cruzan el paisaje sobre la RP 65 antes de llegar a la 40. Aprendemos la diferencia: aquí se los llama suris; en la Patagonia, choiques; en las pampas, ñandúes; y en África, avestruces. La camioneta sigue el curso del río y la serranía de Santa Catalina hasta Oratorio, un pueblo que, pese a sus pocos habitantes, cuenta con una sorprendente cantidad de canchas de fútbol: hay cuatro en total. Una de ellas, inclinada y atravesada por el camino, se utiliza en los campeonatos de las fiestas patronales. En el recorrido, pasamos también por una placita cercada para que no entren animales, una pequeña capilla y un albergue secundario.

Hacia el oeste, un camino en perfectísimo estado conduce a la quebrada y los farallones de Cabrería: formaciones rocosas anaranjadas que caen verticalmente 70 metros a lo largo de dos kilómetros. Si el acceso fuera más sencillo, recibiría más visitantes que las dos o tres camionetas semanales actuales. Así lo cuenta Azucena, quien se acerca a la capilla para conversar con nosotros. Con hablar pausado, explica que cuando no trabaja como personal auxiliar en la escuela primaria –a la que asisten 12 chicos–, se dedica al turismo. Le gusta ir a La Quiaca en “el cole”, el autobús local que tarda tres horas en llegar; sale únicamente los viernes a las 8 de la mañana y regresa los lunes. En la ciudad aprovecha para conseguir todo lo que necesita.

Al regresar por el mismo camino, volvemos a la RN 40 en dirección sur. En la Escuela Primaria 348 de Timón Cruz, nos encontramos con una llama muy especial: Cuchi, que es de una de las alumnas. La llama insiste en pegar su hocico a una puerta de madera pintada de verde, esperando que Mariángeles, su dueña, salga del aula. Desde que un día descubrió la puerta verde abierta y la alacena de la escuela, Cuchi se acerca a diario a ver si tiene la misma suerte.

No hay que confundir San Juan y Oros con San Juan de Oros. El primero es un apretado conjunto de casas a 4.100 metros de altura, el pueblo nuevo. Al viejo, San Juan de Oros −con su iglesia blanqueada y muchas casas vacías−, se llega después de transitar 11 kilómetros por el lecho del río Quebrada de Paicone, desde el Km 4980 de la RN 40. Un sector increíble.

Aunque hubo cuadros e imágenes de culto, la iglesia se encuentra completamente blanqueada y despejada de todo, excepto por una cruz y dos enigmáticas calaveras en el altar que nadie se anima a remover.

A Ciénaga de Paicone se accede después de atravesar el Río Grande de San Juan. Allí, cada año se realiza el Festival Binacional con Río Mojón (en Bolivia), un evento cultural que reúne a ambas comunidades en concursos de gastronomía, con sus platos tradicionales, artesanías y música. Durante el festival, se viven momentos de intercambio comunitario, similares a un trueque o cambalache. Este encuentro tiene lugar en los hitos fronterizos 13 y 14 del llamado Valle de Marte, un valle donde sobresale la diversidad cromática de los cerros profundamente minerales: blancos del salitre, verdes y anaranjados, y formaciones que asemejan enormes patas de elefante.

A poca distancia, sobre la ruta 40, se encuentra el conocido Valle de la Luna jujeño. Haremos noche en Cusi Cusi, pero la hora invita a asomarse al mirador y contemplar la geología multicolor, casi inverosímil. Son las seis de la tarde y los tonos anaranjados, ocres y blancos se acentúan. En los próximos días volveremos, pero también lo haremos de noche, para ver la luna llena elevarse sobre esta belleza que ocupa una cavidad de 1,2 kilómetros de largo por 1 kilómetro de ancho.

Cusi Cusi y el Valle de la Luna

El Valle de la Luna no es el único sitio colorido de la región; también destacan el insólito Rangel y la Pajchela. Estos lugares se distinguen por la originalidad de sus formaciones sedimentarias, y en el caso de Pajchela, por una gran cascada que se congela completamente en invierno. En Cusi Cusi, los miembros de la comunidad han formado una Comisión de Turismo para darse a conocer y ofrecen guías que acompañan en las caminatas. Sueñan aún más grande: buscan crear un corredor ecoturístico en los hitos fronterizos 5 y 6, para conectar el turismo argentino-boliviano. Las mujeres cuentan que visitan otras localidades en Bolivia, Perú y Chile que ofrecen turismo rural comunitario, para aprender cómo se organizan. Su objetivo es que el turista no sólo se asome a los miradores del Valle de la Luna, sino que se quede y explore la zona.

“Ese es mi rancho”, señala Sara Puca desde la camioneta camino a Pueblo Viejo, a pocos kilómetros de Cusi Cusi. “Ahí arribita tengo otro, y esas llamitas son mías”, dice, indicando unas cien llamas con collares y pompones de lana de colores que pastan en una vega verde. “Sara tiene varias casas”, asegura Pilar América Guatar, también artesana, a lo que Sara responde con una sonrisa dulce. Cuando nota que las llamas se han dispersado a terrenos vecinos, comienza a silbar y a emitir sonidos potentes que viajan por 300 metros, oyen y obedecen: regresan a su potrero. “Muy educadas tus llamas, a mí las mías me hacen caso sólo cuando quieren”, reconoce Pilar.

La mayoría de las mujeres de Cusi Cusi son tejedoras. Heredaron la técnica de sus madres y usan lana de llama en colores naturales: gris, beige, marrón, negro y tajillo, una mezcla de varios tonos. “Tejemos de toda la vida, aunque hoy también vemos en YouTube y hacemos nuestros propios diseños”, dice Concepción Trejo. Lleva el pelo atado en una anchísima trenza que le llega a la cintura y confiesa que lo lava con saponina de quinoa para evitar su caída. Ella integra el Grupo de Mujeres Flor de Puya Puya, formado por 18 artesanas que se organizaron en 2017 para capacitarse, participar en talleres y buscar nuevos mercados, ya que el turismo que pasa por la localidad no es suficiente. El grupo vende en el salón de artesanías, ubicado “a dos cuadras de la Muni, bajando y a la derecha”. Así son las indicaciones aquí, y se llega, porque la mayoría de las calles no tienen nombre. Se reúnen una vez al mes para sortear quién llevará los tejidos de todas a las ferias en Jujuy, Maimará, Purmamarca o Tilcara. En Cusi Cusi hay tejidos en las casas y en cada despensa; todas tienen su mostrador donde los exhiben.

Cuando buscamos fruta en un almacén, la señora que atiende responde:

−No tengo nada.

−¿Me recomienda algún lugar que esté abierto?

−No le recomiendo porque después están cerrados. Nunca abren.

Los chicos que salieron del secundario están sentados en una esquina, ocupados con sus celulares, y nos miran desde lejos. Saludamos.

De Liviara a Casabindo y Barrancas

El tramo de la ruta 40 entre Cusi Cusi y Liviara es impresionante. El paisaje está dominado por grandes dunas de arena y ceniza volcánica, cerros donde el cobre asoma en tonos verde intenso, formaciones que parecen tótems y la presencia constante del volcán Granada, de 5.400 metros de altura. Santiago, nuestro guía, ya lo había anticipado al verlo por primera vez. “Este nos va a acompañar el resto del día de hoy y mañana”.

Hacemos un desvío hacia la cabecera sur del Monumento Natural Laguna de los Pozuelos, con la esperanza de ingresar. En este espejo de agua −una leve depresión en el altiplano− anidan y se alimentan muchas aves andinas, entre ellas tres especies de flamencos: el flamenco austral, la parina grande y la chica. El tiempo no alcanza y la visita quedará pendiente para el próximo viaje.

La RP 11 sigue hacia el sur, rumbo a Casabindo, la comunidad donde cada 15 de agosto se celebra el Toreo de la Vincha durante la fiesta patronal de Nuestra Señora de la Asunción. En esta tradición, se le quita al toro una vincha colorada con monedas de plata. La plaza cerrada junto a la iglesia tiene gradas para el público y capillas posas para las imágenes de los santos visitantes. En la capilla central entronizan a la patrona, a quien se dedica la vincha tras la corrida. No es una corrida cruenta como las españolas: aquí sólo se le quita la vincha al toro.

En el interior de la iglesia se conserva una colección de pinturas de ángeles arcabuceros del siglo XVII, pertenecientes a la escuela cuzqueña. Buscamos sin éxito a la mujer de la llave de la Catedral de la Puna −como llaman a la iglesia por su tamaño−, pero ya a las dos de la tarde se había retirado a su casa en el extremo del pueblo.

En Google Maps, Barrancas figura como Abdón Castro Tolay, en honor al maestro humahuaqueño que fundó la primera escuela primaria del lugar en 1919, alrededor de la cual se formó el pueblo. Más tarde, el nombre cambió a Barrancas, y su difusión tiene que ver con sus impresionantes farallones volcánicos: paredones verticales de 45 metros y 18 kilómetros de extensión, con una inmensa riqueza arqueológica. La Reserva Arqueológica Municipal de Barrancas resguarda una variedad notable de pinturas rupestres y petroglifos que sugieren unos 9.000 años de ocupación.

Barrancas fue paso obligado para los caravaneros de llamas entre los oasis chilenos y los valles altos que dan a las yungas. “Las caravanas se hacían mayormente en otoño y en invierno, cuando no llueve; iban a ferias a intercambiar productos y activaban además el intercambio social en la región”, explica Yamil Morales, guía del Centro de Interpretación Arqueológica de Barrancas. Cuenta que los caravaneros conocían los lugares donde descansar, dónde había pasturas para las llamas y agua para tomar, y dónde refugiarse del viento. Por eso eligieron esta zona. Así dejaron testimonio de su paso en pequeñas cuevas o aleros, donde seguramente descansaban y manufacturaban instrumentos, arte rupestre y petroglifos.

De los doce sitios de arte rupestre que hay en la reserva clasificados por los arqueólogos, pueden visitarse solo tres. Hacemos el número once, la Piedra Mapa, grabada sobre un bloque de piedra. Es el peroglifo estrella del lugar. Pertenece al período incaico y podría representar la región en un mapa con sus terrazas de cultivo, o bien una casa de campo con canchas de cultivo, canales de riego y corrales para camélidos. “Este mapa catastral es importante porque sólo hay dos del tipo en el país, acá y en Antofagasta de la Sierra”, explica Yamil. Cerca hay pinturas rupestres de camélidos con pecheras de color rojo y otras blancas, que, según nos explican, pertenecerían a distintos dueños. Estas obras, hechas con materiales orgánicos como óxido de hierro, hueso molido, clara de huevo, resina vegetal y grasa animal, pueden ser fechadas mediante pruebas de carbono 14.

Como Barrancas está a sólo 20 kilómetros de las Salinas Grandes, Florentina Alejo colocó allí un cartel promocionando su comedor El Tolar. Ella es una de esas mujeres que lo hacen todo: tiene un comedor familiar en el pueblo y otro en los cerros donde recibe grupos, además de una tienda donde ofrece las artesanías y tejidos que realiza con sus propias manos. Si se quiere ir a comer, es mejor reservar, porque puede ser que la pastora esté con las llamas en los cerros. Todo, dice, lo aprendió desde chica mirando: “Veía a mi abuelita y a mi mamá cocinar, lo mismo con las artesanías, aprendí mirando”, asegura. Lo mismo con el pastoreo y el esquilado de llamas. En cambio, algunos de sus diez hijos, que la ayudan en el comedor, estudiaron formalmente gastronomía en la capital de Jujuy.

Florentina recuerda cuánto se sorprendió cuando la visitó el mismísimo Donato de Santis, y cuenta que cocina seguido con el chef jujeño Walter Leal, quien trabaja con pastoras y antropólogos para recuperar las cocinas originarias. También participó, junto con otros cocineros de varios países, en el libro Creaciones e íconos culinarios de los Andes, con su receta de sopa majada, un plato emblemático que se elabora con maíz, carne de llama y hierbas de la zona como la muña muña. Orgullosa, muestra el libro en su comedor.

La ulpada de Florentina −una bebida energética hecha de harina de maíz tostado, agua y azúcar− cumple su función: revitaliza para el último tramo de un viaje por una realidad aparte, donde los paisajes son casi marcianos, los ríos de noviembre están secos y el cielo es de un azul impoluto.

Datos útilesCómo moverseCorpachac Viajes (0388) 407-5977. carrillo.santiagom@gmail.com @carrillo.santiagom @jujuynatural @corpachacviajes. Santiago Carrillo, guía y prestador de Turismo Activo, arma viajes personalizados en 4x4 o en minibuses para grupos focalizados en la naturaleza, la fotografía y la cultura andina. Para cada viaje se diseña el itinerario según los intereses específicos de cada grupo. Un circuito de 5 días y 4 noches como el de esta nota, desde $480.000 por persona en base a 4 pasajeros. Los servicios son en privado con vehículo 4x4 e incluyen guía de dedicación exclusiva y combustible. No incluye alojamientos ni comidas.YaviTika Av Senador Pérez esq. RP5. (388) 549-0380. @posadatikayavi. Justo frente a la rotonda de ingreso al pueblo, el matrimonio compuesto por la cordobesa Silvia Aluffi y el jujeño Gustavo Gaspar restauró la propiedad de gruesas paredes de adobe. Son ocho habitaciones decoradas con muy buen alrededor de un lindísimo patio central. Inquietos, sus dueños tienen pensada una futura ampliación. La doble $92.000 con desayuno casero preparado por Silvia. Cena, sólo para grupos y pedida con anticipación.Santa CatalinaHostal Don Clemente (387) 455-1841. hostaldonclemente@gmail.com. Inaugurado en 2011 por Felisa Solís después de adaptar la casa familiar de su padre Clemente. El lugar es rústico y muy colorido, tiene un comedor central lleno de plantas donde se sirve una cena deliciosa y el desayuno. Son ocho cómodas habitaciones calefaccionadas y con baño privado. $20.000 por persona con desayuno.Cusi CusiEl Rincón de Cusi (388) 415-4762. elrincondecusi@gmail.com.@hostalelrincondecusi. Abierto en 2017, el hostal administrado por Rubén Quispe tiene once sencillas habitaciones, seis de ellas con baño privado y cinco con baño compartido. Excelente ducha de agua caliente, calefacción y camas con buenos colchones. Además de ricos desayunos, sirven buenas cenas y almuerzos (pizza y hamburguesa de quinoa, trucha de criadero, milanesas de llama, guisos), incluso para quienes no están alojados ya que funciona como comedor. En el hostal se pueden arreglar las excursiones con guías de sitio. Buen wifi. $28.000 la doble con baño compartido, $33.000 con baño privado. Recepción abierta de 6 a 24. BarrancasDon Quiterio (388) 456-5507. @donquiterio. El alojamiento de Yamil Morales y su padre Ricardo arrancó en 2014 con la ayuda logística de la Cooperativa Espejo de Sal. En la casa familiar de adobe (en cuyo patio se fabrican ladrillos) se instalaron dos habitaciones conectadas, con un baño compartido. Son rústicas y están decoradas con mucha calidez. Planean instalar dos habitaciones más. Excelente wifi. $20.000 por persona. Comedor El Tolar (388) 410-0991. @comedor.el.tolar.barrancas. El comedor de la pastora Florentina Alejo sirve deliciosos platos locales y abre todos los días; hace falta reservar ya que cuando no viene gente, ella se va a los cerros. Su plato estrella es el lomo de llama con papitas y verduras a la Barrancas. Pruebe la tortilla de quinoa con charqui y salteado de verdura y queso de cabra, y también la famosa sopa majada.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/como-viven-en-el-extremo-norte-del-pais-entre-desiertos-llamas-y-salares-nid12022026/

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