Cuando mucho se oye y poco se escucha
No es lo mismo oír que escuchar. De no mediar algún problema orgánico las personas oímos, y como las orejas, a diferencia de los ojos, no tienen párpados, todos los sonidos circundantes penetr...
No es lo mismo oír que escuchar. De no mediar algún problema orgánico las personas oímos, y como las orejas, a diferencia de los ojos, no tienen párpados, todos los sonidos circundantes penetran en ellas. Escuchar es otra cosa. Es decodificar, entender, verificar y procesar lo que se oye. Vivimos en un mundo cada vez más ruidoso. Como si no fuera suficiente el bochinche que nos rodea y nos invade, cada día más personas eligen castigar sus tímpanos con auriculares que llevan incrustados a toda hora y en todo lugar, como si fueran parte inseparable de sus cuerpos. Y así ya no solo es imposible escuchar los sonidos del mundo, las voces de los otros, sino también la propia voz interior.
Como si no fuera suficiente el bochinche que nos rodea y nos invade, cada día más personas eligen castigar sus tímpanos con auriculares que llevan incrustados a toda hora y en todo lugar, como si fueran parte inseparable de sus cuerpos
“En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente”, dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. “Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará alguien que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar. Escuchar es dar, es un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar”. Hay pocos actos de reconocimiento al otro, al semejante, al prójimo, como la escucha. La escucha verdadera, no la simple prestación de oreja mientras se piensa en otra cosa. Esa actitud tiende un puente entre dos personas y abre al oyente un mundo nuevo, diferente del propio. Carl Rogers (1902-1987), uno de los pilares de la psicología humanista junto a Abraham Maslow, Rollo May e Irving Yalom entre otros, explicaba que, quien de veras escucha, “no absorbe pasivamente las palabras que se le dicen. Trata activamente de captar los hechos y los sentimientos de lo que oye”. Veía en ello una forma de comunicación, de ayuda al hablante y de crecimiento personal. Llamaba a ese modo escucha activa, y decía que para ejercerla había que atravesar un muro de ruido cognitivo.
Hay pocos actos de reconocimiento al otro, al semejante, al prójimo, como la escucha. La escucha verdadera, no la simple prestación de oreja mientras se piensa en otra cosa
Escuchar bien requiere esfuerzo y entrenamiento, señalaba Rogers, como se entrena un músculo. “Exige que nos metamos dentro del hablante, que captemos desde su punto de vista qué es lo que nos está comunicando”. No parece que, en una época de urgencias y ansiedades, de atención puesta a menudo en el propio ombligo antes que en la voz y la presencia del otro o en la melodía del mundo natural y de sus seres, haya el tiempo necesario para cultivar el arte de la escucha activa, que es, a la vez, una escucha hospitalaria, que recibe y atiende al semejante como a un huésped.
Matt Owen (doctor en filosofía y ensayista inglés que suele firmar como M.M. Owen) apunta que “el trabajo del oyente activo es simplemente estar ahí, concentrarse en pensar con las personas en lugar de pensar sobre ellas”. Eso representa captar no solamente lo que las personas dicen, sino registrar el sentimiento con que lo hacen. Estar ahí significa estar presente en el vínculo, en la conversación. “Cortar con el monólogo interno que está esperando para derramarse desde nuestro cerebro a nuestra lengua”, dice Owen. De eso hablaba hace 2.500 años, en la antigua Grecia, el filósofo y matemático Pitágoras cuando recordaba a sus alumnos que “la educación del alma comienza por aprender a oír. En el silencio se descubren las verdades que el ruido nos oculta.” Cuando arqueólogos de siglos venideros excaven en lo que deje el presente siglo encontrarán, sin dudas, toneladas de verdades que quedaron sepultadas por el ruido. Será lo que dejó la pérdida del arte de escuchar.
Según reflexiona el periodista catalán Pau Masmartí, especializado en historia del arte, la capacidad de escuchar se pierde de a poco, en pequeñas decisiones cotidianas: la respuesta apresurada, la mirada constante al celular, el tema que redirigimos hacia nosotros, la conversación que cortamos cuando se complica. Todo tan alejado de lo que contó alguna vez el poeta y filósofo Henry David Thoreau (1817-1862): “El mayor cumplido que me hicieron jamás fue cuando alguien me preguntó qué pensaba y atendió a mi respuesta”