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Cuando nuestros gauchos se hicieron jardineros y crearon bellos paisajes

En su libro Historia de los parques en la pampa, Silvina Ruiz Moreno de Bunge recuerda cuando algunas estancias que no contaban en muchos casos con magníficos cascos estilo europeo sino simples ra...

Cuando nuestros gauchos se hicieron jardineros y crearon bellos paisajes

En su libro Historia de los parques en la pampa, Silvina Ruiz Moreno de Bunge recuerda cuando algunas estancias que no contaban en muchos casos con magníficos cascos estilo europeo sino simples ra...

En su libro Historia de los parques en la pampa, Silvina Ruiz Moreno de Bunge recuerda cuando algunas estancias que no contaban en muchos casos con magníficos cascos estilo europeo sino simples ranchos criollos comenzaron a tener parque. No pocas veces recorrimos como ejemplo “Santa Catalina” en Mercedes invitados por Jorge Riveiro su recordado propietario, cultor de la figura de Mitre que conservaba con el mismo fervor aquella vieja casa en la que el general Mitre pasara algunos días con su familia como la que construyera después su anfitrión don Mariano Unzué. En ese parque con distintas especies, una avenida de plátanos que daba una alfombra dorada al comenzar el invierno, se conservaba uno de esos primeros intentos con un mínimo puente sobre una ligera corriente de agua, en el que el fundador de LA NACION se había fotografiado con su hijo Emilio, su nieto Jorge A. y otros familiares.

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Un poco más atrás en 1857, don José Gregorio Lezama en las afueras de Buenos Aires propietario de la famosa quinta de Horne, hoy sede del Museo Histórico Nacional, contrató para diseñar el parque esa tarea al belga Carlos Vereecke que llegó al país en 1855. Se había formado en su tierra con jardineros como Louis B. Van Houtte y Van Geert, reconocido el primero por su trabajo en el Jardín Botánico de Amberes, fundar la revista de Horticultura Belga y recolectar orquídeas en el Brasil para el rey Leopoldo I. Uno de ellos lo envió a Guatemala en busca de orquídeas y de allí pasó a Buenos Aires.

Por 1858 Vereecke recibió de Sarmiento las primeras semillas del “eucaliptus globulus” que plantó a partir de 1863 en la estancia San Juan de don Leonardo Pereyra, que fue el inicio del parque provincial y al cual copiaron no pocos estancieros, ya que el eucaliptus se convirtió en una de las especies preferidas para las grandes avenidas de acceso a las estancias. Los informes se publicaron en los Anales de la Sociedad Rural Argentina; en abril de 1870 le recomendaba a Eduardo Olivera la especie, ya que las plantas sembradas siete años antes habían alcanzado los quince metros de alto. Vereecke murió en 1876 y siguió la tarea de jardinero su hermano Constante que lo había acompañado en esa labor y, por cierto, aprendido mucho.

La pampa era una extensa planicie cubierta solo por pastizales, sin árboles que alterasen esa superficie invariable, más allá las guardias y fortines, las postas y pequeños poblados donde hacían alto las carretas y diligencias. El esfuerzo de algunos de esos hombres cambió su paisaje. Aquella pampa y cielo se empezó a cortar cada tanto en el horizonte por una línea de árboles en el último tercio del siglo XIX y, a finales del mismo, grandes montes de eucaliptos o especies naturales rodeaban las casas, daban sombra a la hacienda que en planteles mucho más refinados por cruza con razas europeas, habían dejado de lado las haciendas chúcaras.

No le faltaron a Vereecke, ayudantes como los hermanos italianos Nicolás y Felipe Tempieri; seguramente también algunos paisanos, hombres que sabían manejar el lazo, las boleadoras y parar rodeos; incluso que acabada la vida apta para esos trabajos a falta de jubilación amparados por los “patrones” se quedaban viviendo en la estancia donde no les faltaba ni el techo ni la comida. La dignidad del paisano, no le permitía que el dueño o el administrador le pusiera unos pesos mensualmente en el bolsillo, considerándolo limosna y en la medida que sus fuerzas físicas se lo permitían hacían algún trabajo en la casa, en el galpón, trabajando con sogas o en el parque. Una foto que guarda el Archivo General de la Nación muestra un ejemplo de esos gauchos que se hicieron jardineros, se lo ve conduciendo una carreta con madera, en el lago artificial de la estancia San Juan de Pereyra, que vale como testimonio gráfico de lo que hemos apuntado.

El ojo observador de Rafael Reynal Pereyra Iraola nos ha permitido saber que ese individuo, era don Juan Barzina antiguo capataz del establecimiento, y le atribuye la placa a Francisco Ayerza. Una prueba acabada que en esos parques que nos enorgullecen, fueron aquellos gauchos que trabajaron posteriormente junto a los grandes diseñadores como Thays o Carrasco. Tradición que continúa en el parque Pereyra, protegido por el personal de guardaparques, muchos de ellos del interior que bien conocen las tareas rurales, o preservan esa memoria como lo hizo Alba Alé, recientemente desaparecida de la que en su despedida alguien dijo “Ella era la más Pereyra” por su entrega al lugar. Todos estos personajes como Barzina, y tantos otros nombres olvidados o anónimos, merecen rescatarse del olvido.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/campo/cuando-nuestros-gauchos-se-hicieron-jardineros-y-crearon-bellos-paisajes-nid28022026/

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