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Dame tus medias ahora mismo

UNOEl invitado a mi programa de televisión, un hombre adinerado, que usa relojes de medio millón de dólares, que conduce autos de trescientos mil dólares, llega al estudio minutos antes ...

Dame tus medias ahora mismo

UNOEl invitado a mi programa de televisión, un hombre adinerado, que usa relojes de medio millón de dólares, que conduce autos de trescientos mil dólares, llega al estudio minutos antes ...

UNO

El invitado a mi programa de televisión, un hombre adinerado, que usa relojes de medio millón de dólares, que conduce autos de trescientos mil dólares, llega al estudio minutos antes de que yo lo entreviste en directo. No hay tiempo para que lo maquillen. Se sienta frente a mí y de pronto dice: ¡Tengo medias grises! ¡Así no puedo salir al aire! Por un instante pienso que está bromeando. Ofuscado, se levanta y le pregunta al camarógrafo canoso: ¿Qué medias tienes? El técnico lleva veinte años trabajando conmigo. No comprende la pregunta, yo tampoco. El invitado insiste a gritos: ¿De qué color son tus medias? El camarógrafo se levanta los pantalones y muestra unos calcetines negros cubiertos por zapatillas. ¡Dame tus medias ahora mismo!, exige el invitado. Asustado por el tono imperioso de la orden, el camarógrafo se aleja de su posición habitual, se sienta en una de las sillas reservadas para el público, se despoja de las medias presurosamente y se las entrega al invitado. A pocos segundos de salir al aire, el invitado se saca los zapatos y se pone las medias negras del camarógrafo encima de sus calcetines grises. Cuando todavía está poniéndose unas medias encima de las otras, yo estoy al aire hablando, haciendo tiempo para que termine la brusca incautación de los calcetines y comience entonces la entrevista. El invitado cruza las piernas, confirma que las medias negras han encubierto del todo a las grises y sonríe, confiado en su buena fortuna. Sigo perplejo. Nunca había visto una confiscación de calcetines en un estudio de televisión, segundos antes de salir al aire. Mientras hago la entrevista, pienso: ¿El invitado se quedará con las medias del camarógrafo? ¿Se las llevará puestas a su casa? ¿O se las devolverá, concluida la entrevista? En el control maestro, los operadores se ríen del incidente. Sigo incrédulo. Antes de irse, el invitado se quita las medias negras, se las devuelve al camarógrafo y le da una propina.

DOS

Quedamos pocos trabajando en el canal de televisión. Casi todos han sido despedidos. No viene público al estudio, no tengo productores, raramente recibo invitados, casi siempre salgo al aire a solas, presentando las noticias. Me ve poca gente, pero cuando levanto la voz, digo una ironía o afirmo una opinión, me engaño y pienso que son muchos quienes están viéndome. Ese malentendido permite que el programa siga en pie. Es el más longevo del canal. Comenzó cuando el canal se fundó. En agosto cumpliremos veinte años en antena. Mi sueldo se adelgaza con los años. Ahora gano la cuarta parte de lo que ganaba hace veinte años. Uno de los pocos que trabajan en el canal es un español de barba canosa. Ha sido contratado recientemente. Es el jefe del control maestro. Cuando nos cruzamos en los pasillos, lo saludo y me ignora, no me mira a los ojos, no me devuelve el saludo. Me pregunto por qué es tan descortés conmigo, si no recuerdo haberlo agraviado. Le pregunto a mi editor por qué el jefe del control maestro se resiste a saludarme. Me lo explica: Porque es fanático del presidente, y usted critica al presidente todas las noches. Le digo a mi editor: Pero no por eso debería negarme el saludo. Mi editor vuelve a sonreír: Es tan fanático del presidente que, cuando usted hace el programa, él baja el volumen a cero y se niega a escucharlo. Yo me río: Pero cómo va a suprimir el volumen de mi programa, si es el jefe del control maestro. Mi editor me dice: Usted no se imagina cuánto él lo odia. Pienso que será mejor no saludarlo más. Desde entonces, nos cruzamos en el pasillo y nos ignoramos. Todo por culpa del presidente, su héroe, el jefe de su control maestro.

TRES

El candidato a la presidencia de la república está de paso por la ciudad en la que vivo hace muchos años. En tiempos lejanos, yo también soñaba con ser presidente, siempre que me permitiesen gobernar desde el exilio. En aquella época, cuando éramos íntimos amigos, el candidato presidencial y yo hablábamos en inglés entre nosotros, si él se encontraba de paso en la ciudad donde continúo viviendo. Han pasado los años y no es frecuente que yo hable en inglés. Lo hablo con mi hija menor, que me habla casi siempre en inglés. Pero con el candidato presidencial, mi amigo de toda la vida, ya no hablo en inglés. Recuerdo aquellos días lejanos y pienso que éramos dos tontos esnobs hablando en inglés, como si eso nos hiciera mejores personas. ¿Seguiremos siendo dos tontos esnobs, tantos años después? Yo ciertamente me siento más orgulloso hablando en español que en inglés. Sin embargo, a veces sueño en inglés, me peleo en inglés, seduzco en inglés. Amo cuando mi esposa me habla en inglés, no porque su inglés sea mejor que el mío, sino porque la amo en cualquier idioma, incluso cuando me habla en alemán o en italiano, la lengua que está aprendiendo. Había pensado entrevistar a mi amigo, el candidato presidencial. Había pensado donar dinero para su campaña. Me temo que no lo haré. He leído que se opone a la unión civil entre personas del mismo sexo. Dice que no discrimina a los homosexuales, pero enseguida afirma que no aprueba la unión civil entre homosexuales. Pensé que mi amigo, el candidato presidencial, era un liberal. Por lo visto, no lo es. Me ha decepcionado. Será mejor que no lo invite a mi programa, a menos que la entrevista sea en inglés.

CUATRO

Mi madre cumple ochenta y cinco años. Convoca a un almuerzo en su casa. Todos sus hijos varones, ocho nada menos, la acompañamos en su aniversario. Todos vamos con nuestras esposas, nuestros hijos. Es, por tanto, una reunión tumultuosa. Por suerte, la casa de mi madre se extiende en unos jardines muy grandes porque ella ha tenido la sabiduría de comprar las casas vecinas, mandar a derribarlas y convertirlas en jardines con flores hermosas. Mi madre es ella misma una flor hermosa que no se marchita. Está de buen humor. Traen los bocaditos habituales: las pequeñas tostadas con palta y salmón, con queso y jamón serrano, los tequeños, las empanadas de carne. Sin dudarlo, mi madre come una empanada, la saborea, se deleita, y enseguida come una más, y dice que está deliciosa. Cuando se dispone a comer la tercera empanada, uno de sus hijos, el atleta, se enoja con ella, retira bruscamente la fuente de empanadas y la amonesta con severidad: ¡Cómo se te ocurre comer tres empanadas seguidas, mamá! ¡Es muy malo para tu salud! ¡Ya basta de comer empanadas, por Dios! Entonces otro de mis hermanos, el más culto de todos, se enfada con mi hermano atleta, que le ha prohibido a nuestra madre comer una empanada más: ¡Eres un ridículo! ¿Quién te has creído para prohibirle a mamá que coma una empanada? Entonces mi hermano culto acerca la fuente de empanadas a nuestra madre, sin contar con la reacción virulenta de mi hermano atleta, que de un solo golpe arroja las empanadas al piso, mientras algunos observamos la escena con estupor. ¡Estas empanadas son pura grasa!, dice mi hermano atleta, y nuestra madre suelta entonces una carcajada gloriosa, que disuelve la tensión del momento. Cuando mi hermano culto llega a su casa, descubre que mi hermano atleta lo ha bloqueado en sus redes sociales. Todo por una empanada.

CINCO

Mi amigo, el periodista argentino, es también amigo del presidente de su país. El portero del edificio donde vive el periodista argentino tiene un apellido parecido al del presidente de la nación. Una mañana el periodista argentino despierta y, antes de darse una ducha, leer las noticias y salir a la radio, descubre que tiene la terraza inundada por una filtración del piso de arriba. Entonces le escribe al portero del edificio: Tengo la terraza llena de agua, por favor vení cuanto antes a secarla. Como escribe deprisa y envía el mensaje de texto sin detenerse a corregirlo, no advierte de que está enviándoselo no al portero del edificio, sino al presidente de la nación, su amigo, quien lee el mensaje del periodista argentino: Tengo la terraza llena de agua, por favor vení cuanto antes a secarla. El presidente coge el teléfono móvil y llama a su amigo: ¿En serio querés que vaya a secar el piso de tu terraza? Abochornado, el periodista argentino le dice: No, me equivoqué, mil disculpas, el mensaje no era para vos. Sin embargo, el presidente sale de la casa de gobierno, se dirige al edificio donde vive su amigo, el periodista argentino, y al llegar lo sorprende: Traje unos trapeadores, ¿secamos juntos la terraza? Luego se funden en un gran abrazo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/dame-tus-medias-ahora-mismo-nid18012026/

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