De Punta del Este a Madryn: el espectáculo de ballenas francas es un signo de la recuperación de la especie
Hay un sentido trágico en la traducción al inglés de las ballenas francas. Las llaman right whale (ballena adecuada, en español) porque su docilidad, su lentitud y el hecho de que sus cadávere...
Hay un sentido trágico en la traducción al inglés de las ballenas francas. Las llaman right whale (ballena adecuada, en español) porque su docilidad, su lentitud y el hecho de que sus cadáveres floten las convirtieron históricamente en presas fáciles para los balleneros. En la década de 1920, la población mundial estimada de la especie, que anteriormente superaba las 70.000, se había reducido a unas 300.
La caza fue prohibida en 1935. Desde aquel año, han proliferado distintas iniciativas de protección, como la creación de la Comisión Ballenera Internacional, un organismo intergubernamental encargado de promover la conservación de todas las ballenas del mundo y que ha impulsado medidas para revertir la tendencia.
Actualmente, las poblaciones de la costa patagónica argentina muestran signos de recuperación. El año pasado, se contabilizaron casi 4700 ballenas cerca de Península de Valdés. El “golfo azul” de San Matías se ha convertido en un lugar clave para su reproducción y cría.
A medida que nos acercamos a octubre, son cada vez más las ballenas francas australes que aparecen en las costas argentinas y también en las uruguayas. En paralelo, las redes sociales se plagan de videos de lo más variados sobre estos mamíferos de hasta 17 metros de largo y que pesan dos veces más que la metálica estatua de Juana Azurduy en Plaza del Correo.
A pesar de que todavía estamos en temporada de reproducción y hay un importante volumen en los golfos patagónicos, son varias las ballenas que ya han empezado a viajar. Entre octubre y marzo, esta especie se desplazará en busca de alimento, mayoritariamente plancton, hacia el sur del continente.
En el mar patagónico, el ascenso de aguas profundas ricas en nutrientes alimenta masivos florecimientos de fitoplancton, visibles incluso desde el espacio. Estas explosiones de vida microscópica sostienen a invertebrados, peces, aves y mamíferos marinos.
Si bien no es certero el número de individuos que nadan actualmente por esta zona del Atlántico sur, existen iniciativas que no solo los cuentan sino que monitorean sus movimientos por miles de kilómetros. Siguiendo Ballenas, por ejemplo, muestra en tiempo real el movimiento de estos cetáceos y permite dar cuenta de que algunas, como la que lleva el nombre Bismuth, que hace solo diez días estaba cerca de la Península de Valdés, ya nadó hasta las Islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur y hoy se encuentra cerca de Barra do Chuy, en la frontera entre Uruguay y Brasil. Otras fueron avistadas en Punta del Este y otras incluso en las Islas Malvinas.
Desde 2014, esta iniciativa científica monitorea ballenas. Esta temporada, sigue el recorrido de 30 que partieron del Golfo Nuevo, en la Península de Valdés. En los últimos 12 años, la organización ha estudiado la dinámica de un total de 116 ballenas francas australes.
Durante la temporada 2023-2024, el monitoreo satelital de Atenea permitió tener el primer registro de una ballena franca identificada en la Península Valdés cruzando del Océano Atlántico al Pacífico. Esto constituye el hallazgo de una ruta migratoria hasta entonces no identificada de esta población.
A su vez, el equipo de fotoidentificación del ICB pudo determinar que 4 de las 16 ballenas monitoreadas durante la octava temporada habían sido previamente identificadas. Este es el caso de Eos, identificada por primera vez en 1979, y que en 2023, cuando fue equipada con el dispositivo satelital, se encontraba con cría.
Este nuevo registro nos permitió saber que aún continúa en edad reproductiva, lo cual aporta información de gran valor sobre la biología de esta especie. Además, ella se trasladó hacia el Agujero Azul, el área productiva más importante del hemisferio sur, que cumple el rol de “supermercado” para muchas especies marinas.