Dejó ir a su gran amor, se casó con un lobo disfrazado de cordero, y en sus 60 hizo lo impensado: “Nada jamás se comparó”
“Nunca te rindas”, “jamás abandones tus sueños”, ese es el mantra de Silvia y el mensaje que siempre le transmite a sus hijos. Para ella estas frases hoy no son cliché, aunque sí admite...
“Nunca te rindas”, “jamás abandones tus sueños”, ese es el mantra de Silvia y el mensaje que siempre le transmite a sus hijos. Para ella estas frases hoy no son cliché, aunque sí admite que en el pasado eran simplemente expresiones vacías, como tantas otras que utilizamos como latiguillos, pero que somos incapaces de ejercer.
Ella, una mujer que pasa las seis décadas, alguna vez se rindió y creyó que el sueño de una vida feliz, con un compañero de ruta cómplice de esas fantasías alimentadas desde su infancia, era un cuento para otra reencarnación.
Entre tantos deseos, desde chica, Silvia soñaba con un gran amor, casarse con un vestido estilo princesa, tener hijos, pasar tardes de risas y juegos de mesa en familia, conocer Grecia, pintar una puesta de sol en África, escribir un libro ilustrado para los más chicos, aprender francés y dominar la guitarra.
Y un día creció, encontró un gran amor. Nunca comprendió bien qué pasó, tan solo que lo dejó ir. Otro día se casó con vestido de princesa y tuvo hijos, pero si bien intentó, las risas y los juegos apenas entraban en escena. El resto de los sueños se fueron apagando poco a poco, y un día amaneció rota.
Un gran amor y una vida de mandatos: “Se volvió muy complicado”“Me casé con un hombre encantador, que resultó ser un lobo disfrazado de cordero”, dice Silvia. Lo conoció en los años 90, la sedujo con su porte, su determinación y su forma de tratarla como en un cuento de hadas. Fue el hombre perfecto para sacarle esa espina que tenía clavada en el corazón, tras dejar ir a su primer gran amor, Jorge, un chico del instituto de inglés con el que estuvo de novia tres años.
Para Silvia, es difícil explicar por qué, si se amaban tanto, su relación con Jorge encontró un final: “Creo que muchos coincidirán conmigo. Cuando uno es muy joven siente que le queda mucho por vivir, se pregunta qué hay más allá del mundo conocido. Pero después, cuando pasan los años, te das cuenta de que eso que creías casi normal, esa persona realmente buena, realmente interesada por tu felicidad, eso... eso te das cuenta de que es un tesoro”.
Pero no era solo eso, tanto Silvia como Jorge tenían padres muy exigentes, con una lista de mandatos y sueños volcados hacia los hijos. A la pareja de enamorados, el amor encendido los hacía perder la noción de la hora y, en vez de escribir sus tareas, cuando les tocaba estar lejos, cada día se escribían largas cartas de amor pasional. Ningún adulto veía semejante entrega con buenos ojos, aseguraban que era una faceta y boicoteaban su amor en pos de que se concentraran en sus futuros y respectivas carreras: “Se volvió muy complicado, pero jamás dejé de amarlo ni lo olvidé”.
El lobo disfrazado de cordero: “Mi risa se apagó”El lobo disfrazado de cordero conquistó a la familia. Silvia ya estaba recibida de abogada y su futuro marido, abogado también, trabajaba en un estudio exitoso. En su relación no existía esa pasión de la primera juventud, algo que todos veían con buenos ojos, y la corrección, las promesas de un futuro prometedor y las palabras siempre bonitas parecían ser la mejor muestra de amor. Silvia, por otro lado, estaba encandilada con ese trato de princesa. ¿No era acaso lo que siempre había querido?
La boda fue de ensueño, con torta de diez pisos y un vestido con mangas largas que marcaba su cintura de avispa y se abría en decenas de capas de tul vaporoso. No fueron a Grecia, el prefería el Caribe y ella, complaciente, estuvo de acuerdo. Fue la primera alarma que dejó pasar de tantas. Su marido le traía flores y la llenaba de halagos, pero jamás consideraba realmente lo que ella quería ni lo que le daba felicidad.
Los años pasaron, él le dijo que no quería que trabaje, que lo hacía ver poco hombre. Él debía ser el proveedor y alcanzaba con su ingreso para todos. Después llegó la violencia verbal, la distancia, y la sobreexigencia hacia sus hijos, tal como sus propios padres habían hecho con ella.
“Poco a poco me resigné a esa vida. Me perdí a mí misma y agaché la cabeza para no despertar enojos. Con mis sueños apagados, mi risa se apagó y, en consecuencia, no pude transmitirle alegría a mis hijos. Me quedaba creyendo que sería lo mejor para ellos, por culpa, sin darme cuenta de que al matar mis sueños, no luchar por ellos, les enseñaba que era eso lo que había que hacer en la vida”.
El renacer: “Nada jamás se comparó a nuestra historia de amor”Finalmente, los hijos crecieron y desplegaron sus alas. Silvia se halló cara a cara con su realidad: había dejado pasar la vida y no recordaba la última vez que había sido feliz. O sí: con Jorge.
Decidió separarse. A su entonces marido le impactó la decisión, a pesar de que no tenían ni intimidad ni conexión de pareja hacía años. Le preocupaba el qué dirán y lo incomodaba atravesar las conversaciones inevitables que les tocaba afrontar. Y un buen día, llegó el despertar: “La furia de él fue muy difícil de atravesar. Pero yo creo que hoy él está agradecido con mi decisión”.
Y otro buen día, Silvia se sumergió en internet y exploró su pasado, sus sueños perdidos, la posibilidad de aprender francés y guitarra, de hallar un trabajo al menos como secretaria en un estudio de abogacía y desempolvó la fantasía de Grecia, el libro para niños. También pensó en Jorge, ¿dónde estaría? ¿Pensaría en ella? Entonces lo buscó y lo encontró en las redes sociales.
“Ahí estaba”, se emociona Silvia. “Atravesado por una vida casi calcada a la mía. Matrimonio que no funcionó, hijos, nietos, y la misma certeza que la mía: nada jamás se comparó a nuestra historia de amor”.
“Las personas felices le hacen bien a todos”Hoy, Jorge y Silvia están casados y están planificando su viaje a Grecia. Después de tantos años y tantos sueños enterrados, Silvia se siente renacida y siente, a su vez, que a su gran amor lo esperó toda la vida.
“Y ahora brillo para mis hijos, sonrío a cada momento, todos los días”, agrega. “Creo que esa es mi gran enseñanza para ellos. Nunca rendirse, nunca abandonar los sueños. Por suerte fui capaz de ejercer al final del camino mi palabra, demostrarles que se puede, que nunca es tarde, y con mi ejemplo alentarlos a que no se dejen apagar, que el mejor regalo que uno le puede dar a los demás es ser feliz. Las personas felices le hacen bien a todos”, concluye.
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