Dejó su país en conflicto para ir tras un amor argentino que duró poco, se quedó y tiene un reto: “Aprender a vivir sin inflación”
Moisés Notarfrancesco Dagüi llegó a la Argentina el 3 de enero del 2011, aunque ya había dejado su tierra, Venezuela, mucho antes, allá por el 2001. La razón de su partida estuvo motivada por...
Moisés Notarfrancesco Dagüi llegó a la Argentina el 3 de enero del 2011, aunque ya había dejado su tierra, Venezuela, mucho antes, allá por el 2001. La razón de su partida estuvo motivada por asuntos profesionales, aunque en el fondo no le gustaba demasiado lo que había comenzado a respirar en la atmósfera bolivariana.
Como administrador hotelero, su carrera lo había llevado hacia Estados Unidos e Italia, lugares que marcaron su camino pero que carecían de ese sabor a hogar. Al finalizar cada experiencia sentía la necesidad de regresar a sus orígenes para ver si algo de aquello que lo incomodaba había cambiado, pero en cada reencuentro percibía que la nube sobre su suelo se había ennegrecido aún más: “Al final, me costaba volver a mi país”, confiesa.
Una mujer argentina fue la excusa perfecta para volver a emigrar. Moisés concluyó que lo mejor para él sería seguir camino, volver a atravesar las fronteras y apostar por un nuevo rincón de la Tierra. Primero fue por ella, pero cuando Buenos Aires ingresó en su vida dejó de ser un lugar como cualquier otro y se transformó en destino.
El enamoramiento y los primeros claroscuros: “Teniendo cosas espectaculares, los argentinos a veces se quejan mucho”Para Moisés, su llegada a la Argentina fue mágica. Casi con un dejo de nostalgia, recuerda aquel día de verano del 2011, cuando desembarcó en la gran ciudad de Buenos Aires y sintió que todos le sonreían. Por aquellos tiempos, suele decir, era distinto. Lejos estaba el país de recibir las grandes masas migratorias desde Venezuela y, a sus ojos, todos lo recibieron con los brazos abiertos.
El panorama, con los años, sufrió su metamorfosis, pero por aquellos días se sentía el único de su especie en un suelo abierto y amable: “Me maravilló que todos compartían”, rememora. “Y me sigue gustando que todo gira en torno a una mesa. Desde un mate, hasta un asado, pasando por los fideos del domingo”.
Con el paso de los meses y con la llegada de la cotidianeidad laboral el enamoramiento inicial fue hallando sus vetas. Como eterno optimista, al igual que sus compatriotas, Moisés quedó impactado ante el carácter un tanto quejoso, en especial del bonaerense citadino: “No son tan alegres como somos los venezolanos. Teniendo cosas espectaculares, los argentinos a veces se quejan mucho, y nosotros nos conformamos mucho: `te robaron, bueno, pero no te mataron´. Siempre vemos el lado positivo de las cosas, mientras que el argentino encuentra lo negativo en muchas cosas, que no es malo, porque así se resuelven temas importantes más rápido, es decir, expresan lo que en realidad molesta”.
Buenos Aires, acostumbrarse a la inflación y un reto inesperado: “Uno de mis mayores retos de los últimos dos años fue aprender a vivir sin inflación”En el exterior la carrera de Moisés había sido muy exitosa. Ejerció como jefe de cocina en un restaurante Michelin y trabajó en hoteles cinco estrellas en cargos jerárquicos. Con excelentes credenciales, a Buenos Aires llegó siguiendo a un amor y listo para entregar su expertise profesional.
El trabajo llegó pronto, pero el amor, sin embargo, no prosperó. Aun así, Moisés no tardó en comprender que allí, en el sur del mundo, podía explorar una nueva faceta de su vida y que deseaba quedarse: “Argentina me dio la oportunidad de hacer algo propio”, asegura Moisés, quien arriesgó por el país con un espacio llamado Vino Tino que vivió ocho años exitosos hasta la pandemia, cuando cerró sus puertas.
“Yo no estaba acostumbrado a trabajar con tanta inflación. Después se fue la inflación... en fin, fueron un conjunto de cosas que llevaron a que esa experiencia concluyera”.
“Pero, como dije antes, parte de ser venezolano es ser resiliente y positivo, decir: cerré, pero eso me dio la oportunidad de comenzar un nuevo proyecto que me tiene muy motivado (Lolito al Vacío), en el que aplico todo lo aprendido de mi experiencia anterior, en especial de mis fallas. Estos once años en Argentina me enseñaron a ver los negocios de otra manera”, dice Moisés para luego presentar un problema llamativo que le provocó vivir en la economía argentina: “Uno de mis mayores retos de los últimos dos años fue aprender a vivir sin inflación”.
“Antes, cuando tenías un error de costeo, por ejemplo, eso se lo aplicabas a la inflación y seguías ganando igual, y ahora que hay menos consumo, tienes que hacer los números muy finos y errores tan simples como un costeo hace que la rentabilidad baje mucho. En ese sentido queda mucho por aprender”, agrega Moisés, que se dedica actualmente a hacer gastronomía de calidad envasada al vacío: “De mi producto digo que es como la máquina del tiempo. El cliente tiene lista en unos minutos una bondiola que se estuvo cocinando por tres horas”.
Las `burbujas´ de Venezuela y una Buenos Aires con sabor a hogar: “En Argentina me siento en casa”Quince años pasaron desde que Moisés llegó a la Argentina y mucha agua ha corrido bajo el puente. Llegó para seguir una novia que duró poco, pero comprendió que Buenos Aires había llegado a su vida para darle coraje y emprender un camino propio.
Venezuela, mientras tanto, no ocupa su día a día, pero siempre forma parte de él. A su suelo natal regresa cada dos o tres años a ver a su madre, a su familia. En esos retornos hubo períodos donde encontró al país más deteriorado que en otros, pero siempre supo disfrutar de cada reencuentro: “En Venezuela hay burbujas”, dice.
Buenos Aires, sin embargo, es su presente y también es donde ha echado raíces con el nacimiento de su hijo de tres años. Aunque las quejas porteñas a veces pesen, para Moisés hay algo esencial de su enamoramiento con el país que nunca ha cambiado: los vínculos humanos y las ganas de compartir.
“Si bien se quejan de muchas cosas, si eres honesto y leal, te puedes hacer amigos de verdad que te dan una mano, te invitan, te hacen parte de su casa. Creo que el argentino, sobre todo en Buenos Aires, al tener tantos inmigrantes, tiene la capacidad de recibir bien al que viene, si llega para trabajar y a aportar, que es lo más importante: aportar y dar una mano”.
“No es fácil estar lejos, no tienes red de contención dada, como ser la familia, tu mamá para que cuide a tu hijo, pero al darte golpes fuertes aprendes a resolver. Me ha tocado atravesar momentos que no me dejaban dormir, como un juicio laboral (por suerte disuelto) que no comprendía cómo afrontar. Pero te haces más fuerte. Eso por un lado es bueno, pero por otro, te hace un poco más de piel gruesa, cuesta más sensibilizarte por algunas cosas. Y estando lejos desde hace tanto tiempo te sientes ciudadano `de la nada´, y aun así acá, en Argentina, me siento en casa”.
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