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Desorientado, se subió al subte, viajó siete estaciones y en una plaza, un paseador cambió su destino: “Con su mirada me decía todo”

No hubo lógica que explicara lo que sucedió ese septiembre de 2018. Cruzaba apurado la plaza Del Ángel Gris (antes Plaza Aramburu), en el límite entre Caballito y Flores, para dejar al próximo...

Desorientado, se subió al subte, viajó siete estaciones y en una plaza, un paseador cambió su destino: “Con su mirada me decía todo”

No hubo lógica que explicara lo que sucedió ese septiembre de 2018. Cruzaba apurado la plaza Del Ángel Gris (antes Plaza Aramburu), en el límite entre Caballito y Flores, para dejar al próximo...

No hubo lógica que explicara lo que sucedió ese septiembre de 2018. Cruzaba apurado la plaza Del Ángel Gris (antes Plaza Aramburu), en el límite entre Caballito y Flores, para dejar al próximo perro del grupo que paseaba en ese horario cuando un guardaparque lo interrumpió con un aviso. Una mujer acababa de meter a un perrito negro en el canil para evitar que lo atropellara un auto sobre la ruidosa avenida Avellaneda.

“Le dije a la guardaparque si se podía quedar con él, que yo terminaba el paseo y lo venía a buscar”, recuerda Christian Brizi, un hombre con toda una vida de experiencia salvando animales. Al regresar, lo encontró acurrucado, escondido debajo de los bancos del canil. Estaba visiblemente deteriorado y casi sin pelo por el tiempo que llevaba sobreviviendo en la calle, aunque un detalle revelaba su pasado: ya estaba castrado.

Tenía familia, pero cuando dejó de ser cachorra su realidad cambió: “La descartaron como un sillón viejo”

Tenía, además, las marcas del abandono, pero también las de haber conocido el calor de un hogar. Con suavidad, Christian le puso una correa. El animal, contra todo pronóstico, se dejó llevar sin oponer resistencia.

Horas más tarde, cuando el perrito ya descansaba a salvo, ocurrió la primera gran revelación de su historia. La madre de Christian fue a conocer al animal rescatado y, al verlo, se quedó estupefacta. Unas horas antes, esa misma mañana, lo había visto subiendo a un vagón de subte en la estación Plaza de Mayo. Desorientado, se había tomado la Línea A y cruzado la ciudad bajo tierra, para bajarse en el barrio exacto donde su destino lo estaba esperando.

“Con su mirada me decía todo”

Bautizarlo fue una hermosa coincidencia. “Un tiempito antes de encontrarlo, vi un perro en la plaza, le miré la chapita y decía ‘Morcilla’. Amé ese nombre. Aparte, él era todo negrito”, relata su compañero humano. Así, “Morci” se integró a la manada familiar junto a Lobita, la otra perrita de la casa.

Los primeros días transcurrieron entre la timidez y la adaptación. Morci elegía como refugios el balcón o el baño, su lugar preferido para echarse a descansar. Si bien sus órganos vitales estaban sanos, la piel demandaba atención médica urgente. “Estuvo con medicación esos primeros días... pero la principal necesidad fue el amor, que todo lo cura”, recuerda Brizi, que es paseador de perros. Y no se equivocaba.

Pronto, el perro tímido dio paso a un compañero incondicional tanto de Christian como de Lobita. Los tres pasaron a ser un equipo inseparable. “Era mi hermanito. Hacíamos todo juntos los tres con Lobita. Paseábamos mucho, compartíamos todo y, obvio, dormíamos los tres juntitos en la cama”. ¿Qué tenía Morci de especial para alguien acostumbrado al trato y contacto con perros? “¡Todo! Con su mirada me decía todo, ¡yo sabía qué quería!”, detalla Christian.

La última batalla y el poder del amor

La felicidad de la rutina compartida se interrumpió de golpe cuando Morci empezó a manifestar dificultades para evacuar. Tras una colonoscopia y una serie de estudios complejos, el diagnóstico médico fue devastador: un tumor muy agresivo, inoperable, le auguraba apenas unos días de vida.

Sin embargo, los pronósticos veterinarios a veces no contemplan la resistencia del alma. Su familia se volcó por completo a los cuidados paliativos, decidida a ganarle tiempo al reloj. Esos “pocos días” de esperanza se transformaron, gracias a una dedicación conmovedora, en casi un año de sobrevida. Un año extra donde no faltaron los mimos, los paseos cuidados y la dignidad de sentirse profundamente amado hasta el último suspiro.

Hoy, Morci ya no está físicamente, pero su recuerdo permanece intacto, flotando en cada rincón de la casa y en los caminos de la plaza donde se encontraron. “Nunca pensé que iba a tener que despedirlo. Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida. No me resignaba, pensé que juntos podíamos ganarle la batalla a la enfermedad. Ese día de septiembre de 2018 cuando lo vi muerto en vida en carne viva en plena plaza, donde todos seguían de largo, cambió mi vida y la de Lobita. Morci nos hizo infinitamente felices“.

Entre lágrimas, Christian lo recuerda tal cual como era: compañero, expresivo, dulce. Único en todo sentido. Y concluye, con el corazón apretado por la ausencia: “Lo extraño y lo necesito demasiado”. Una declaración de amor eterna para el perro que cruzó la ciudad en subte para enseñarle que, cuando el vínculo es verdadero, el tiempo es solo una circunstancia.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/desorientado-se-subio-al-subte-viajo-siete-estaciones-y-en-una-plaza-un-paseador-cambio-su-destino-nid25062026/

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