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Dualismo productivo y restricción financiera en la Argentina

La economía argentina atraviesa una nueva manifestación de un proceso de dualización productiva y social de larga data, que se profundiza y acelera con el paso del tiempo. Dos segmentos producti...

Dualismo productivo y restricción financiera en la Argentina

La economía argentina atraviesa una nueva manifestación de un proceso de dualización productiva y social de larga data, que se profundiza y acelera con el paso del tiempo. Dos segmentos producti...

La economía argentina atraviesa una nueva manifestación de un proceso de dualización productiva y social de larga data, que se profundiza y acelera con el paso del tiempo. Dos segmentos productivos y sociales avanzan a ritmos crecientemente divergentes, con escasa articulación entre sí. Este fenómeno no es exclusivo de la Argentina, pero en nuestro país adopta una forma particular y excepcional en la comparación internacional: se desarrolla en el marco de un capitalismo con un sistema financiero persistentemente pequeño, incapaz de proveer crédito al sector privado en una magnitud compatible con el nivel de ingresos, recursos y complejidad productiva de la economía.

Esta configuración estructural no se expresa únicamente en indicadores financieros o macroeconómicos, sino que se manifiesta de manera convergente en múltiples dimensiones de la vida económica y social.

En la práctica, este proceso adopta distintas denominaciones según el campo de análisis. Los macroeconomistas lo describen como un patrón de “crecimiento heterogéneo”, en el que sectores como la minería, el agro, la energía y la economía del conocimiento conviven con el estancamiento relativo de la industria, la construcción y el comercio. Desde la sociología, se lo identifica como un fenómeno de “consumo dual”, con caídas persistentes en los bienes básicos y una expansión de los bienes de mayor valor, asociados a los segmentos de mayores ingresos. A su vez, los especialistas en estructura productiva señalan que el diferencial de productividad entre las pymes y las grandes empresas se amplía de forma sostenida, y que esta brecha solo se mantiene mediante un crecimiento del empleo informal y un marcado dualismo retributivo, donde los ingresos de los trabajadores informales se ubican muy por debajo de los de los asalariados formales.

Frente a este diagnóstico, el argumento predominante en el debate público sostiene que el origen del creciente dualismo productivo argentino radica en la insuficiencia del crecimiento económico y que una fase de expansión vigorosa permitiría revertir automáticamente estas divergencias. Según esta visión, la convergencia productiva y social sería el resultado casi natural de una mayor flexibilidad laboral, una menor presión fiscal, un Estado más eficiente y una mayor apertura de la economía al comercio internacional. El crecimiento económico aparece así como una condición suficiente, capaz de ordenar por sí sola la estructura productiva y recomponer la cohesión social.

El problema de este razonamiento no reside en lo que afirma, sino en lo que omite. Al concentrarse exclusivamente en los incentivos microeconómicos y en las condiciones generales de funcionamiento de la economía, deja fuera de la discusión un rasgo estructural del capitalismo argentino que condiciona de manera decisiva cualquier proceso de crecimiento: la persistente debilidad de su sistema financiero.

La experiencia internacional muestra que el desarrollo del sistema financiero no es simplemente una consecuencia pasiva del crecimiento económico, sino una de sus condiciones necesarias. La evidencia empírica acumulada en las últimas décadas indica que, sin un sistema de intermediación financiera capaz de canalizar ahorro hacia inversión productiva de largo plazo, el crecimiento tiende a ser incompleto, sectorialmente sesgado y socialmente desequilibrado. En ese contexto, expansión económica y dualización productiva pueden avanzar simultáneamente, dando lugar a equilibrios de bajo desarrollo financiero que se reproducen en el tiempo.

No existe en la actualidad ningún país con un nivel de ingreso per cápita comparable al de la Argentina que exhiba un sistema de crédito al sector privado persistentemente tan reducido en relación con el tamaño de su economía (siempre menos del 25% del PBI en los últimos 50 años). En este sentido, la Argentina constituye un caso extremo en la comparación internacional, una verdadera “anomalía argentina”. Esta singularidad no es neutral desde el punto de vista del desarrollo productivo: condiciona la forma que adopta el crecimiento y contribuye a la persistencia del dualismo económico y social.

Desde esta perspectiva, el énfasis recurrente en la apertura externa como mecanismo de disciplinamiento de los empresarios locales merece una revisión más cuidadosa. El problema no es la integración internacional en sí misma, sino su timing y sus condiciones de implementación. En una economía con una profundidad financiera tan reducida, la apertura expone de manera asimétrica a los distintos sectores productivos: aquellos con acceso a financiamiento externo, economías de escala o rentas naturales pueden adaptarse y expandirse, mientras que los sectores intensivos en trabajo, dependientes del crédito bancario local, enfrentan serias restricciones para sostener procesos de inversión, modernización y competencia.

No resulta casual que los sucesivos intentos de apertura de la economía argentina hayan producido resultados limitados o inconsistentes. En todos los casos, la integración al mercado internacional se llevó adelante sin considerar adecuadamente el impacto de la restricción financiera estructural que caracteriza al capitalismo local. La ausencia de un sistema de crédito profundo y de largo plazo redujo las posibilidades de una adaptación productiva amplia y sostenida, reforzando la divergencia entre sectores en lugar de promover la convergencia.

La construcción de un sistema financiero local profundo y funcional no depende exclusivamente de la estabilidad macroeconómica, aunque esta sea una condición necesaria e irrenunciable. Requiere, además, una decisión política explícita y sostenida en el tiempo, compartida por oficialismo y oposición, que lo reconozca como un objetivo central de la estrategia de desarrollo. La experiencia internacional ofrece múltiples trayectorias exitosas: desde modelos apoyados en el ahorro previsional, como el chileno, hasta esquemas de crédito dirigido impulsados desde el Estado, como en Corea del Sur, o arreglos mixtos, como en los países nórdicos.

La persistente debilidad del sistema financiero, la “anomalía argentina”, constituye así uno de los principales obstáculos estructurales para el crecimiento sostenido de la economía argentina. No se trata de un problema técnico menor ni de una variable de ajuste más, sino de un rasgo excepcional en la comparación internacional que condiciona la dinámica productiva, la integración externa y la cohesión social. Cabe entonces preguntarse hasta qué punto la trayectoria histórica de la economía argentina habría sido distinta si esta anomalía no hubiera acompañado, de manera persistente, su proceso de desarrollo.

Ph.D en Economía (Università di Bologna); exdirector Fundación Observatorio Pyme (1996-2024)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/dualismo-productivo-y-restriccion-financiera-en-la-argentina-nid10022026/

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