Generales Escuchar artículo

Edith Miroznik, de la orfebrería tradicional al arte contemporáneo

Hacia el final del Neolítico y el inicio de la Edad del Cobre, alrededor de los 5000 AC, el hombre aprendió a fundir metales. Este paso significó pasar del trabajo con piedra al dominio de la tr...

Edith Miroznik, de la orfebrería tradicional al arte contemporáneo

Hacia el final del Neolítico y el inicio de la Edad del Cobre, alrededor de los 5000 AC, el hombre aprendió a fundir metales. Este paso significó pasar del trabajo con piedra al dominio de la tr...

Hacia el final del Neolítico y el inicio de la Edad del Cobre, alrededor de los 5000 AC, el hombre aprendió a fundir metales. Este paso significó pasar del trabajo con piedra al dominio de la transformación: fue el momento en que dejamos de tallar lo que encontrábamos y empezamos a crear lo que imaginábamos. Descubrimos que el fuego funde el metal. Lo vuelve dócil, luminoso, capaz de transformarse en símbolo. Edith Miroznik conoce ese momento con la familiaridad de quien lo ha visto repetirse toda la vida: el instante en que la materia se rinde ante la precisión del oficio. En su taller de Santa Fe, entre bocetos y piedras preciosas, el brillo es un lenguaje.

Su historia comenzó mucho antes de que naciera, en un pequeño pueblo de Polonia, donde su bisabuelo, orfebre minucioso, engarzó un rubí para la hija de un ministro. Desde entonces, cada generación continuó el legado con una mezcla de rigor técnico y pasión estética. “Crecí rodeada de esa magia -dice-, nutriéndome del color, de los viajes con mi padre, de la música de los metales y el olor a fuego. No empecé a usar joyas, nací entre ellas”.

Su historia comenzó mucho antes de que naciera, en un pequeño pueblo de Polonia, donde su bisabuelo, orfebre minucioso, engarzó un rubí para la hija de un ministro

Formada en Bellas Artes y políglota por curiosidad y herencia viajera, Miroznik transformó la tradición familiar en una expresión contemporánea. Entre la precisión del taller y la sensibilidad del arte, convierte cada gema en una forma de relato.

-¿Qué materiales te resultan más desafiantes de trabajar y por qué?

-Los metales y las piedras preciosas tienen su carácter propio. La pureza, la densidad, el origen natural marcan la dificultad. En la alta joyería los estándares son muy altos, y eso me exige ir siempre más allá. Pero lo que realmente me desafía no es el material, sino la creatividad: encontrar una idea nueva que emocione y transforme.

-¿Cómo decidís si la gema será la protagonista o si la creatividad la transformará?

-El diseño y yo somos inseparables. No hay una Edith diseñadora y otra persona fuera del taller. La inspiración llega de muchas formas, sobre todo desde la naturaleza. El diseño debe acompañar a la piedra, realzarla, volverla única. La gema tiene su voz y el diseño le da tono.

-¿Cómo influye el pulso manual en un oficio que hoy convive con la tecnología digital?

-La orfebrería sigue siendo un trabajo profundamente artesanal. El ojo del maestro es insustituible para elegir una gema o interpretar una textura. La tecnología ayuda: mejora procesos, da precisión. Pero la esencia está en la mano y en la mirada. El equilibrio entre ambos mundos es lo que hoy define nuestro oficio.

-¿Qué importancia tiene el dibujo inicial en relación con el resultado final?

-Es exploración pura. Es el momento en que la idea encuentra forma. Esa conexión entre la mente, la mano y el papel sigue siendo mágica. Cuando termino una pieza, casi siempre reconozco el trazo original: lo que imaginé se materializa tal como lo soñé.

-¿Cuánto hay de control y cuánto de azar en el proceso creativo?

-Más que control y azar, prefiero hablar de inspiración y posibilidad. La imaginación abre caminos, pero el material impone límites. La joya nace en ese punto de encuentro: cuando lo posible alcanza lo que soñamos.

-Pensando en la teoría japonesa del Kintsugi, ¿qué te enseñan los errores de taller?

-Las imperfecciones son parte del aprendizaje. A veces una pieza no cumple con lo que esperaba y vuelve a fundirse. Pero no lo vivo como error, sino como una oportunidad de repensar y mejorar. Cada intento deja una enseñanza distinta, y a veces también un hallazgo.

-¿Cómo trabajás la tensión entre lo clásico y lo contemporáneo?

-La alta joyería tiene algo de eterno. Cada pieza está pensada para trascender el tiempo y pasar de una generación a otra. Pero también lleva las marcas de su época: formas, influencias del arte, la arquitectura, la moda. Me interesa esa mezcla entre lo que permanece y lo que evoluciona.

-¿Qué tendencias te resultan inspiradoras y cuáles pasajeras?

-Me sirven como punto de partida, pero no como límite. Incorporo los colores del momento y dialogo con lo que propone la moda, sin que eso defina mi obra. Me inspiran las esmeraldas por su energía vital, las formas orgánicas que recuerdan a la naturaleza, las combinaciones de metales. En cambio, los excesos, las piezas gigantes o de impacto inmediato, me resultan más efímeros.

-¿Cómo influye el gusto de las nuevas generaciones en tu forma de diseñar?

-Creo que buscan sentido. No quieren sólo belleza, sino autenticidad. La tecnología y la impresión 3D ofrecen nuevas posibilidades, pero lo que sigue importando es la emoción que transmite la pieza. Las redes sociales cambiaron la manera de comunicar y también de escuchar: hoy el público dialoga con el creador.

-¿Qué diferencia hay entre diseñar para el uso diario y para una ocasión especial?

-Las piezas cotidianas piden sobriedad, equilibrio, comodidad. Las de ocasión exigen presencia: más luz, más peso, más historia. Pero al final depende de la personalidad de quien la usa. Hay mujeres que convierten una joya de gala en parte de su día a día, y eso me encanta.

-¿Cómo influye tu formación en bellas artes en tu mirada de diseñadora?

-Fue fundamental. Me dio estructura, proporción, sentido del espacio. El arte enseña a mirar con profundidad, a pensar en símbolos, a trabajar la forma y el equilibrio. Esa base me permite diseñar joyas que no sólo adornan, sino que, además, expresan una emoción.

-¿Qué te atrae más: el detalle minucioso o la armonía total?

-El detalle es lo que distingue, la armonía es lo que emociona. En alta joyería, ambos deben convivir. Cuando la proporción, el color y la textura se equilibran, la pieza cobra sentido.

-¿Qué preguntas te hacés antes de dar por terminado un diseño?

-Si la pieza dice lo que quise decir. Si la proporción está lograda, si los materiales dialogan entre sí. Si transmite la idea original o si todavía tiene algo que contar.

-¿Qué puede aprender un diseñador de otra disciplina del oficio joyero?

-La importancia de la precisión. En joyería, cada gesto cuenta. La exactitud no es solo técnica, también es una forma de respeto por la materia y por quien la va a llevar.

-Si te digo “inteligencia artificial”, ¿qué te resuena?

-Una herramienta, nunca un reemplazo. Puede ayudar a optimizar procesos, digitalizar bocetos o prever estructuras. Pero la sensibilidad, la emoción y la intuición siguen siendo humanas. La joya necesita alma, y eso no se programa.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/edith-miroznik-de-la-orfebreria-tradicional-al-arte-contemporaneo-nid30112025/

Volver arriba