“El agua todavía está con nosotros”: A un año de la inundación, Bahía Blanca se recupera de la furia de la naturaleza
BAHÍA BLANCA (Enviado especial).- Antonio cuenta que a cada mano de pintura con la que durante estos últimos meses intentó apagar y quitar de la vista el mal recuerdo le asoma desde paredes, en ...
BAHÍA BLANCA (Enviado especial).- Antonio cuenta que a cada mano de pintura con la que durante estos últimos meses intentó apagar y quitar de la vista el mal recuerdo le asoma desde paredes, en días o con suerte semanas, otro brote de humedad que vuelve presente y con traza perfecta ese nivel de metro y pico de agua que su casa tuvo hace un año, ahí nomás de un Canal Maldonado superado por el caudal, desaparecido durante horas bajo semejante torrente y, de nuevo a la vista, destrozado en su estructura y varios de sus puentes. “El agua todavía está con nosotros, el desastre que vivimos no se borra”, dice.
Huellas mucho más graves y todavía visibles en viviendas particulares, comercios y en infraestructura pública son nimias frente a las que en el corazón y la sensibilidad de la comunidad bahiense dejó la inundación que el pasado 7 de marzo sorprendió a sus vecinos de madrugada, arrasó la ciudad y localidades vecinas con una furia inédita y provocó 18 muertes, anegamientos en más de 90.000 hogares, afectación directa a 260.000 vecinos y daños o destrucción total de unos 20.000 automotores, entre tantas otras secuelas.
Despejadas las calles de toneladas de mobiliario y electrodomésticos que pronto derivaron del interior de casas a las veredas convertidas en basura, removido a pura pala el lodo que la correntada arrastró, repartió y acumuló a su paso y con mejoras por emprender que parecen infinitas, la vida por aquí buscar recuperar ritmo de mejores tiempos. Bajo el aura de duelo permanente por las bajas que dejó la catástrofe asoma lo que todavía tanto cuesta: recuperar un andar mucho más cercano a la normalidad perdida. Un camino que para los locales se siente como una eternidad.
“Para los bahienses fue un año que se hizo extenso y duro por lo que pasó la ciudad, las pérdidas y lo que significó emocionalmente”, dice el intendente de Bahía Blanca, Federico Susbielles, que afronta una segunda tragedia por fenómeno natural desde el inicio de su gestión. La primera fue a una semana de asumir el cargo, en diciembre de 2023, con un temporal de viento que provocó 13 muertes por derrumbe del Club Bahiense del Norte. “Para los que vivimos acá, cada tormenta que pasaba, cada lluvia que venía y cada alerta por atravesar fueron momentos de angustia”, reconoció a LA NACION sobre estos últimos meses y dijo que agradece ser quien debe administrar en este momento complejo. “Estoy orgulloso de la gente y el renacer de la ciudad está en marcha”, aseguró.
Una cruzada solidaria nacional y espontánea superó todas las expectativas y saturó, al punto de desbordar, los distintos centros de asistencia que se habilitaron por todo el distrito con ánimo de atender y asistir a los damnificados. Muchos de ellos que habían perdido todo. El eslabón siguiente fue asistencia económica oficial, primero a modo de subsidios individuales y luego con inversiones en obras que primero resolvieron lo crítico y ahora empiezan a poner el foco en soluciones de fondo.
“Estamos funcionando en emergencia”, asegura a LA NACION el rector de la Universidad del Sur (UNS), Daniel Vega, que si bien habla del intento de recomponer el ritmo de actividad de esa casa de estudios, casi que define la dinámica actual de una ciudad que a ojos de ajenos parece normalizada y a vivencia de residentes tiene todavía una problemática viva y sufrida a cada paso por las secuelas de aquella inundación. “Perdimos entre 50.000 y 70.000 libros y tesis de la biblioteca”, confirma Vega, entre tanto daño sufrido. El edificio educativo está operativo. Sus instalaciones y potencial original, limitados.
Así anda todo Bahía Blanca: de aquellas primeras semanas entre aires dolientes con obras para devolver mínimo tránsito seguro y servicios a estas de calles en reparación, prestaciones esenciales recuperadas en casi todo el distrito y la esperada reconstrucción del Canal Maldonado, que se inició esta semana con la demolición del puente Pampa Central, parte de un plan de obras que se reparte en dos etapas con una inversión total del gobierno bonaerense estimada en $110 mil millones a través del Ministerio de Infraestructura y Servicios bonaerense. “Hay acompañamiento de la Provincia en muchas obras y esperamos que el gobierno nacional se pueda sumar”, acota Susbielles.
Volver a empezar fue, para todos, algo más que un slogan. Por ejemplo para el Hospital José Penna, de nuevo en funcionamiento casi pleno desde agosto pasado a partir de una inversión de casi $35.000 millones en obras y equipos, según informó el Ministerio de Salud. Hace un año quedó con su planta de subsuelo bajo agua, justo allí donde funcionaba Neonatología. Las primeras y más impactantes imágenes que circularon de esta catástrofe mostraban al personal del servicio casi a oscuras, con el agua hasta las rodillas e incubadoras y bebés a cuestas para ponerlos a resguardo. Entre ellos Amely, que había nacido tres semanas antes con 940 gramos de peso en un parto de emergencia y con apenas seis meses de gestación. Luciana Marrero, enfermera, la colocó bajo su ambo para asegurarle calor.
“Acaba de cumplir un año y la beba está hermosa”, cuenta Marrero a LA NACION acompañada de Sonia Scardapane, la neonatóloga que estaba de guardia esa madrugada. “Por suerte nos encontró en el cambio de turno, que es a las 6, y éramos más”, explica la profesional sobre aquel operativo inédito para llevar a todos los internados, con el equipamiento, hasta el primer piso. “Ahí recién sentimos que estaban a salvo”, coincidieron.
Sin energía eléctrica, con equipo generador que también quedó bajo el agua, la preocupación era Amely porque requería equipo electrónico de ventilación de sus vías respiratorias (CPAP). “Poner a los bebés a salvo requirió pasar de ventana a ventana, caminando por los techos”, recuerdan. Saira, la mamá de la más pequeña del grupo de pacientes, hoy tiene 17 años: “Recién pude volver a ver mi hija la noche de ese viernes, en una clínica”, relata a LA NACION; hoy disfruta su pequeña muy saludable. “Pesa 7.130 kilos”, dice sonriente, agradecida al personal del hospital por el esfuerzo realizado.
La inundación no distinguió edificaciones, pero golpeó muy duro y en particular sobre el sector comercial, con enormes pérdidas de mercaderías e instalaciones que obligaron a tirar lo que ya no servía, recuperar lo que se podía y reponer local y productos para volver a enfrentar a los clientes y reencontrarse con dinero en caja.
“Salimos adelante por los proveedores, con la ayuda de la gente”, confirma Rolando Arancibia, al frente de una distribuidora que tiene a los juguetes como principal rubro y aquel 7 de marzo vio cómo desaparecía bajo agua toda la mercadería del sótano y hasta mitad de estantería la que estaba en el local de atención al público, a nivel de calle. Lavaron, seleccionaron, recuperaron, embolsaron pero nada de todo eso tuvo mayor utilidad comercial.
Tres semanas después se encontró sobre la vereda de su local con ocho pallets cargados con productos por valor millonario, enviados desde la distribuidora Jade de Mar del Plata y sin pedirle nada a cambio. “Así nos recuperamos, agradecidos también con gente que nos proveyó y nos dio plazo para pagar”, dijo a LA NACION.
En pleno centro, al frente de uno de tantos locales de ropa que por aquellos días convirtieron las veredas en una mega feria americana a cielo abierto, un poco para secar prendas, otro poco para vender a valor de baratija lo que corría riesgo de disposición final, Guillermo Herlein sentencia un año después que el privado “salió adelante como pudo”.
Fue de los que en aquel primer momento exigió y fuerte que las autoridades estén a la altura y se generaran mecanismos de asistencia al comercio y la industria afectada por esta inundación. Luego llegarían algunas exenciones municipales y subsidios nacionales y provinciales, en muchos casos cuestionados: los beneficiarios por sabor a poco, los que no llegaron a calificar por las manos vacías. Lo mismo los préstamos. “El Banco Nación fue el más rápido y efectivo”, asegura quien es titular del local Código Store.
El sector fue de los más castigados por semejante siniestro. Algunos venían con primeros golpes de aquel temporal de viento de fines de 2023, que se llevó varias marquesinas y vidrieras. Lo mismo una posterior granizada, en febrero de 2025 y muy dañina. Y un mes después tanta agua que dejó a varios al borde del nocaut.
Hoy, al menos en microcentro, el comercio luce prolijo. Los carteles de liquidación por cambio de estación que se ven estos días maquillan el panorama y dejan atrás aquellos de “remate por inundación” de hace un año. Disimulan los moretones que dejó la naturaleza en su versión más violenta y todavía duelen.
“Casi la mitad de los comerciantes cambió, pero hoy igual está casi todo ocupado”, cuenta Alberto Minich, que transita día a día en el cuidado de la Galería Visión 2.000, que con 131 locales terminó con su planta baja convertida en una pecera. Literal, por sus espacios centrales por debajo de la línea de calle y cerrados íntegramente con cristales. “La fuerza del agua reventó las vidrieras y desconocidos se llevaban mercadería”, recordó de aquella madrugada de dolor para tantos, de oportunismo para otros. “Entraban con celulares, agarraban lo que veían y se iban”, dijo a LA NACION sobre las miserias que también llegaron con el desastre.
A algunos carteles de venta de fondos de comercios los compensa el coraje de los que no se amilanaron ni siquiera con esta cruda tragedia. A 72 horas del primer aniversario del temporal, Gabriela Saravia pasó de clienta frecuente a dueña de “Octavia de Mí”, un comercio de indumentaria femenina. “Tengo una fiambrería en otro barrio pero conozco el local y sentí que es momento de animarse”, explica a LA NACION mientras en este día de apertura, con la ayuda de Fiamma Pagella, acomoda ofertas y ve ingresar a primeras interesadas que husmean entre percheros. Cuenta que todavía no termina de recuperarse del daño que la inundación dejó en su casa: “sacamos el parquet y del piso todavía sigue brotando agua”, aseguró.
De eso saben y bien en la sede histórica de la UNS, donde se aprontan obras en subsuelo, allí donde se perdió incalculable cantidad de material y equipamiento tecnológico, en particular destinado a Física. Unos 10.000 m² quedaron bajo el agua. Los arreglos se emprenden con fondos donados por otras universidades y partidas especiales que llegaron del gobierno nacional. Primero fueron $500 millones y luego otros $1.100 millones. Esperan por otra partida para este 2026. “En plantas superiores se cursará reasignando espacios y volveremos a recurrir a aulas que nos presta la Universidad Tecnológica Nacional”, explicó el rector a LA NACION.
Recuperar infraestructuraAmbas casas de estudios figuran entre las convocadas a la mesa de coordinación desde la que se gestó el plan de obras de recuperación de infraestructura de Bahía Blanca que empieza a ver la luz, en los hechos, por estos días. Es un consejo asesor integrado por profesionales, expertos en recursos hídricos, representantes de colegios profesionales y funcionarios de organismos y entes públicos vinculados con la materia.
Gustavo Trankel, secretario de Obras y Servicios Públicos del municipio, aseguró que los tiempos en que se ha logrado la licitación y adjudicación del plan para el Canal Maldonado “es récord para la administración pública”. “En dos meses se diseñó con los principales especialistas y se tomó la decisión”, explicó a LA NACION. Anticipó que la obra proyectada triplicará la capacidad de transporte de agua –pasará de 300 a 900 m³ por segundo- que tenía en sus 6,5 kilómetros de extensión, con deriva a las rías.
Consolidado ese como principal objetivo, antes hubo mucho que hacer en la emergencia. Trankels rescata la reconexión de servicios y la atención de zonas donde hubo socavamientos que pusieron en riesgo casas e incluso establecimientos industriales, como el caso de Fadea, fábrica de embutidos que así pudo volver a funcionar. Algo similar se hizo en calles Paroissien y en Los Nogales. En este último caso se volcaron hasta 30.000 m³ de tierra para relleno, equivalente a 3.800 viajes de camión.
El cruce de la ruta 3 sigue asegurado con uno de los puentes militares, dispuestos para la emergencia. La celebración de estos avances que exultan desde oficinas provinciales y el municipio se choca con algunos cuestionamientos de vecinos. Lo que para la burocracia suena a velocidad de Fórmula 1, en los barrios con mayores urgencias se siente a ritmo de carreta. El Canal Maldonado y sus puentes son vitales para la conexión entre barrios. La desaparición de algunos puentes, la limitación de otros solo a tránsito peatonal o con suerte a motos significó pérdida de clientes y un sendero de ocaso de comercios pequeños. “Acá dejaron de pasar autos y colectivos, los bolicheros se están fundiendo”, confió a LA NACION la empleada de un comercio sobre calle Don Bosco.
“Siento que me corresponde todo, vivo acá y me angustio como ellos”, dice Susbielles a LA NACION y se hace cargo del desafío global que generó esta catástrofe. Recuerda que la última gran inundación de Bahía Blanca fue el 8 de abril de 1944. “Las obras empezaron después de cinco años”, explica de aquel momento y cita el compromiso que aquí se asumió pronto para tener hoy a los operarios en acción sobre el Canal Maldonado para emprender su refuncionalización.
Otra queja de estos días es que no se terminó de limpiar bien el fondo de ese canal, del que se deprendieron placas laterales y se convirtieron en enorme escombro que dificulta el movimiento de drenaje, en especial en el extremo más próximo al cruce con la ruta 3, en cercanía del mar. La crítica apunta a que con poca lluvia hay calles con anegadas. El intendente asegura que con lo ya hecho se recuperó la portabilidad que tenía ese curso antes de la inundación. “El que viene de afuera no puede creer que la ciudad esté en funcionamiento y los de acá queremos ver las obras y que todo funcione”, aclaró al entender al vecino que reclama. “Hoy estamos en un momento de esperanza y siento que hay que darlo todo porque el bahiense lo dio todo y para cada uno tengo palabras de agradecimiento”, destacó.
Aun con obras en marcha, esa sensación de temor a que lo vivido tenga un capítulo más sigue encendida. No es solo la tormenta o un chaparrón. Aquí, y sobre todo en el extremo sur y sobre la costa, desde Ingeniero White hasta General Cerri, la otra amenaza es cuando avanza el mar. Hace dos semanas, con una creciente excepcional, se dio un fenómeno que por allí conocen bien como “doble marea”: volvieron a ver como el agua avanzaba por las calles, en algunos casos incluso dentro de viviendas. Aquel 7 de marzo y días posteriores fueron estas comunides de las que peor la pasaron por lo que demoró la evacuación de líquido hacia las rías.
La monumental inundación es recuerdo a cada paso, incluso con formas que exceden la humedad que los vecinos todavía ven brotar de paredes y pisos. Incluso en estos días de relativa sequía, cuando el polvillo de las calles vuelve a sentirse abundante y es sedimento suelto, al ritmo del viento. No es otra cosa que lo que quedó de aquel barro acumulado hasta más de medio metro sobre el piso, a la vista dentro de las casas recién cuando el agua inició su retirada.
“Lo sentís acá, en la nariz, se te seca la respiración”, cuenta el empleado que es parte de la cuadrilla municipal que cumple con mantenimiento del parque y rotonda de acceso a General Cerri donde este sábado, a un año de la tragedia, se rendirá homenaje e impondrá a ese espacio público el nombre de Rubén Zalazar, una de las víctimas fatales. Murió arrastrado por la correntada, en la ruta 3, cuando intentó y no pudo poner a resguardo a las niñas Pilar y Delfina Hecker, que viajaban con sus padres en otro vehículo. Los cadáveres de las pequeñas los hallaron entre comienzos y fines de abril.
En ese acto estarán Marina Haag, mamá de las pequeñas fallecidas, y Valeria, viuda de Zalazar. Se cruzaron por primera vez en Viedma, la ciudad natal de quien era chofer de un correo privado, cuando lo declararon personalidad destacada. Y volvieron a verse este viernes/(HOY/AYER) en el Concejo Deliberante de Bahía Blanca, donde se hizo una excepción y aun sin ser local se lo declaró “Ciudadano Ilustre”. Ambas se fundieron en abrazo a puro llanto. El acto de heroísmo fue norme. El dolor será infinito.