El altar que se convirtió en bazar
Los historiadores del futuro cercano deberán contar cómo eran en su origen esos puestos callejeros pintados de verde o naranja en los que cientos de coloridas publicaciones semanales, quincenales...
Los historiadores del futuro cercano deberán contar cómo eran en su origen esos puestos callejeros pintados de verde o naranja en los que cientos de coloridas publicaciones semanales, quincenales y mensuales compartían espacio con una docena de periódicos impresos.
Los llamaron quioscos de diarios y revistas y en su buena época eran tan importantes en el paisaje urbano y cultural que inspiraron personajes de ficción famosos. El más célebre, claro, fue “Canillita”, del sainete homónimo estrenado en 1902 por el periodista y dramaturgo Florencio Sánchez. Era un chico que vendía diarios en la calle, responsable de que en la Argentina y otros países de la región se llamen así, hasta el día de hoy, a los vendedores de periódicos, tanto a los que los reparten como a los dueños de los quioscos.
El nombre se hizo genérico y creció tanto que en los años 30 llegó al cine con las comedias “Canillita”, de 1936, y “El canillita y la dama”, de 1938, protagonizada por Luis Sandrini.
Con la irrupción de la radio y la televisión, las noticias dejaron de vocearse en las esquinas, pero el canillita siguió siendo socialmente relevante. Lo prueba la telenovela El Rafa, que entre 1980 y 1982 alcanzaba ratings de 30 puntos y cuyo personaje principal, machista y resistente a los cambios de valores y costumbres, fue interpretado por Alberto de Mendoza. Hubo incluso una remake en 1997 con Arturo Puig en el rol central y dirección de Alejandro Doria, pero no pudo repetir el éxito.
Ese protagonismo en la cultura popular tenía su correlato en el ámbito comercial: una licencia para operar un puesto de diarios y revistas en la ciudad de Buenos Aires fue durante muchos años extremadamente cara y codiciada, y a menudo el negocio se transmitía de padres a hijos y era difícil encontrar una parada en venta.
Ajeno a estos pormenores, en mi niñez y adolescencia, cada 7 o 15 días para mí era obligatoria la visita a los puestos de diarios que estaban sobre la avenida del barrio a ver qué nuevos números llegaban de esas revistas que me gustaban y terminaron influyendo en mi vocación, esa que finalmente se convirtió en oficio. Pocas veces las podía comprar. La economía familiar era demasiado ajustada como para abarcar el universo tan vasto de mis intereses y con frecuencia había que conformarse con quedarse parado un buen rato mirando las tapas e imaginar el contenido.
Tal era mi fanatismo por las revistas que para poder comprarlas una vez llegué a hurtar envases vacíos de gaseosas en el club para, secretamente, convertirlos en billetes en el supermercado. La ocurrencia había sido de Mauro, un amigo del barrio y compañero de la primaria. Pero el audaz emprendimiento duró poco; pronto nos descubrieron y un día nos estaban esperando para pescarnos con las manos en la masa. El intento de fuga por los techos resultó infructuoso con el resultado de la retención del carnet por varias semanas y la reprimenda de nuestros padres. Y sí, todo por una Patoruzú o quizás por un ejemplar de Las aventuras de Fitito.
Un sacrificio extra exigían las publicaciones importadas, que eran mucho más caras y a las que había que ir a buscar a los quioscos “del centro” para enterarnos de las últimas novedades tecnológicas o musicales del mundo.
Varias décadas y reconversiones después, aquel altar en el que se veneraban los ejemplares de Humor Registrado, El Péndulo, El Gráfico, Satiricón, El Tony, D’artagnan, Hurra, Pelo, Expreso Imaginario, Goles, Fierro, Cerdos & Peces o Mad ha devenido en un bazar al aire libre en el que cuchillos, ollas, sartenes, tazas y autitos de colección conviven con stickers, libros, discos, camisetas de fútbol y servicios de café y paquetería. También hay diarios y revistas, lo que explica que a esos puestos se los siga llamando así. Pese a todos los cambios, el mundo de El Rafa todavía resiste.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-altar-que-se-convirtio-en-bazar-nid25022026/