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El cupcake ha muerto, ¡viva la cookie gigante!

NUEVA YORK.– A veces, para entender el estado emocional de una ciudad, sirve mirar sus postres. Y pocas cosas explican mejor el espíritu de los 2000 que esa escena ya mitológica de Sex and the ...

El cupcake ha muerto, ¡viva la cookie gigante!

NUEVA YORK.– A veces, para entender el estado emocional de una ciudad, sirve mirar sus postres. Y pocas cosas explican mejor el espíritu de los 2000 que esa escena ya mitológica de Sex and the ...

NUEVA YORK.– A veces, para entender el estado emocional de una ciudad, sirve mirar sus postres. Y pocas cosas explican mejor el espíritu de los 2000 que esa escena ya mitológica de Sex and the City: Carrie y Miranda sentadas frente a Magnolia Bakery, cada una con un cupcake rosa que parecía prometer que, por un minuto al menos, la vida podía ser simple. Era 2000, las torres gemelas seguían en pie y la idea de que un mini bizcochuelo bañado en una montaña de crema de manteca con azúcar impalpable podía volverse un símbolo cultural todavía parecía una extravagancia adorable.

Los cupcakes ofrecían la versión comestible del “affordable luxury”: un pequeño lujo accesible. No me puedo comprar la cartera de Chanel pero sí su perfume; no puedo tener una vida como la de Carrie y sus amigas, pero sí compartir su postre

Magnolia pasó de ser una panadería de barrio en el West Village a convertirse en un destino de peregrinación y colas eternas, pero el cambio fue mucho más profundo. El cupcake ya era el postre ideal en los cumpleaños de los chicos neoyorquinos, cuyos gustos o restricciones alimentarias había que tomar muy en serio y muchas veces todas a la vez. En vez de una torta grande para compartir, con los cupcakes se les podía individualizar no solo el sabor y el decorado, sino además asegurarse de que cada chico recibiese el postrecito nut-free, sin lactosa, sin azúcar y, eventualmente, sin gluten que le correspondía. A partir del episodio de Sex and the City, sin embargo, se convirtió además en un accesorio urbano imprescindible para las mujeres adultas. Los cupcakes ofrecían la versión comestible del affordable luxury: un pequeño lujo accesible. No me puedo comprar la cartera de Chanel pero sí su perfume; no puedo tener una vida como la de Carrie y sus amigas, pero sí compartir su postre. Instagram recién arrancaba, pero los blogs y las cámaras digitales ya sabían que ese remolino de frosting rosado rendía en pantalla.

Fue ahí cuando nació la “cupcake girl”, un arquetipo plenamente 2000: la joven profesional que combinaba feminidad y ambición, que vivía entre el trabajo, el romance y el consumo aspiracional, y que encontraba en el cupcake un gesto de autocuidado chic, dulce y fotogénico. Hasta el cine romántico de tono escapista —el universo Hallmark— tomó nota: las urbanitas ajetreadas ya no terminaban abriendo una librería independiente o haciéndose cargo de la granja familiar, sino poniendo una tiendita de cupcakes (y, de paso, encontrando el amor).

El paladar colectivo empezó a preferir menos azúcar, más textura, más capas de una complejidad que una montaña de manteca y azúcar de colores ya no podía ofrecer sin caer en la caricatura

Pero el exceso mata la seducción, y el mercado se llenó de cadenas. En 2011, el pico de la era cupcake, Crumbs Bakery llegó a cotizar en bolsa en una operación de 66 millones de dólares, pero así los cupcakes se volvieron ubicuos y perdieron aura. La estética pastel empezó a sentirse demasiado millennial, y lo millennial ya se había vuelto tan pasado de moda como los jeans chupines. Además, el gusto cambió. La ciudad se volvió más adulta, más amarga, más obsesionada con lo “auténtico”. Llegó el reinado de la masa madre, la pâtisserie seria, la ola del matcha, los croissants cubo. El paladar colectivo empezó a preferir menos azúcar, más textura, más capas de una complejidad que una montaña de manteca y azúcar de colores ya no podía ofrecer sin caer en la caricatura.

Quizá lo más simbólico ocurrió estos días: Meadow Lane Market —el supermercado que acaba de inaugurar y marca lo que está “in” en la gastronomía cotidiana— ya ni siquiera ofrece cupcakes. ¿Y qué tomó su lugar? El tabloide New York Post no duda que se trata de la cookie gigante. La contracara exacta del cupcake: menos adorable, más sustancioso; menos performativo, más “real”. Una galleta dulce con “cachotes” casi brutalistas de chocolate, nueces y demás que no pretende nada que no pueda cumplir.

Hoy Magnolia sigue ahí, por supuesto, pero sobre todo con turistas que buscan recrear una época que ya no existe. El cupcake puede verse como un sueño de ingenuidad, de dulzura portátil, de vidas que podían ordenarse en porciones individuales, prolijamente decoradas. Pero la ciudad hace tiempo que se mueve en otra frecuencia; esta temporada incluso la continuación de Sex and the City, And Just Like That, anunció su final.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-cupcake-ha-muerto-viva-la-cookie-gigante-nid30112025/

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