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El curioso amorío que alteró la calma de una de las estancias de Juan Manuel de Rosas

El recordado Abel Ivroud recitaba “El último pial” de Carlos Loray, sobre un afamado pialador que: “Tenía un lacito cortón / entrador y silencioso, / que era pa’ mi de goloso / como el q...

El curioso amorío que alteró la calma de una de las estancias de Juan Manuel de Rosas

El recordado Abel Ivroud recitaba “El último pial” de Carlos Loray, sobre un afamado pialador que: “Tenía un lacito cortón / entrador y silencioso, / que era pa’ mi de goloso / como el q...

El recordado Abel Ivroud recitaba “El último pial” de Carlos Loray, sobre un afamado pialador que: “Tenía un lacito cortón / entrador y silencioso, / que era pa’ mi de goloso / como el queso pa’l ratón / “.

Pialador que no perdía oportunidad de anotarse en cuanta yerra o fiesta se presentaba en el pago. Pero…

“sin darme cuenta, encelau, / que descuidaba mi hacienda, / la cosa fue que mi prienda / por ligerona y despierta / al ver la tranquera abierta / buscó el campo a media rienda. / ¿Ande te irás orejana? / le grité y armé con torta, / que si el tiento no se corta / aquí te espero mañana. / Le tiré con tantas ganas / que de angurriento la paso, / y pa’ aumentar mi fracaso. / en mi tiro más maleta / le agarré media paleta / y se me fue con el lazo”.

Este recitado me recordó un amorío ocurrido en la Estancia San Martín de don Juan Manuel de Rosas, hacia 1839, Allí se desempeñaba como mayordomo Juan José “Becar (grafía original)” y como capataz Dionisio Schoo.

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En el Archivo General de la Nación, dentro de la Secretaría de Rosas, se conserva la carta que el 7 de marzo de 1839 el mayordomo Becar le envía a Rosas con los informes del establecimiento. Entre ellos le confiesa: “los disgustos que ha habido con mi mujer respecto al capataz, y le confieso, Señor a Ud. la pura verdad”.

Relata que luego de una partida de billar, el capataz se retiró a dormir. Al rato, el mayordomo fue a buscar agua y al pasar junto a su habitación, sospechó algo extraño…”me paré despacio en la puerta y la otra puerta estaba cerrada y estaba allí Don Dionisio solo con ella”...”Yo Señor no quise oír más por no encolerizarme y entré; el capataz no hizo más que salirse…”.

Continúa diciendo que interrogó a su mujer, pidiéndole explicaciones sobre la confianza que le dispensaba al capataz, pero ella negó toda mala acción “de pie junto”.

Al día siguiente, mientras trabajaba en la majada grande, llegó la hora de comer. Todos se retiraron, y él quedó solo en el corral. Entonces apareció ella con pan y asado. Él se negó a recibirlos, y la mujer, de rodillas, le pidió perdón “si en algo lo había ofendido”. Él la perdonó y le aconsejó comportarse “como mujer de bien”. Durante un tiempo todo pareció encauzarse.

Pero la situación no terminó ahí. La mujer se fue al pueblo, y, estando ella allá, el capataz solicitó permiso para ir a Buenos Aires. Cuatro días antes de su partida, Becar le escribió a su esposa advirtiéndole que no debía recibirlo en su casa. Sin embargo, “no hizo lo que debía: lo hizo pasar, sabiendo yo que allí paraba Don Dionisio”.

Desesperado, el mayordomo dejó encargadas sus tareas al puestero Vitorino Calderón y partió al galope hacia el pueblo:

“Allí lo hallé en casa, al capataz, que en el momento lo despedí, y se fue callado… Y a ella la tomé y le di unos buenos golpes por no hacer lo que le había mandado”.

Esa misma noche escribió a Rosas comunicándole que no quería seguir viviendo con su mujer y exponiéndole sus sospechas le confió la misiva al muchacho de D. Pedro Calderón, a fin de que, como chasque la llevase. Pero la carta nunca llegó: “Ella fue y le jonjabeó la carta al muchacho, se la quitó, y mandó llamar a Don Antonino Reyes para que nos viniera a componer”.

Reyes –secretario de Rosas - intervino y, “como un anciano”, aconsejó que se informara al patrón para que el capataz fuera removido. Becar se negó: “los hombres no teníamos la culpa”. Sin embargo, la situación se volvió insostenible: “ya entramos en tres meses que estamos como en divorcio, porque me ha hecho otras”.

A pesar de todo, el mayordomo afirma no guardar rencor hacia el capataz, con quien —dice— no ha tenido enfrentamiento alguno.

El desenlace llegaría tiempo después. El 23 de julio de 1842, Pedro Rodríguez, desde Palermo de San Benito, le escribe a Becar señalando el grave deterioro de la estancia — tras echar la hacienda en la quinta, y el deplorable estado en que se encuentra después de tanto sacrificio y dinero que le ha costado a Don Juan Manuel, errores en la conducción y del abandono de las haciendas— y le ordena que, “sin más demora ni consulta”, entregue el mando al capataz.

Juan José Becar responde el 25 de julio, desde la Estancia San Martín, indicando que, cuando Dionisio Schoo regrese de Buenos Aires, procederá a hacerle entrega del establecimiento.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/campo/el-curioso-amorio-que-altero-la-calma-de-una-de-las-estancias-de-juan-manuel-de-rosas-nid16052026/

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