Generales Escuchar artículo

El desafío de la IA no es tecnológico, es civilizatorio

El vertiginoso desarrollo de la IA en todos los niveles de nuestra sociedad ha despertado un fuerte debate sobre las consecuencias de su adopción. Mucho más que un cambio tecnológico, estamos vi...

El desafío de la IA no es tecnológico, es civilizatorio

El vertiginoso desarrollo de la IA en todos los niveles de nuestra sociedad ha despertado un fuerte debate sobre las consecuencias de su adopción. Mucho más que un cambio tecnológico, estamos vi...

El vertiginoso desarrollo de la IA en todos los niveles de nuestra sociedad ha despertado un fuerte debate sobre las consecuencias de su adopción. Mucho más que un cambio tecnológico, estamos viviendo un salto civilizatorio que impacta en todos los órdenes de nuestra vida, tanto en personas, organizaciones de cualquier tipo y tamaño como en las instituciones del Estado.

A lo largo de la historia, el desarrollo de tecnologías ha hecho que ciertas aptitudes físicas que eran necesarias para la supervivencia cotidiana hoy ya no lo sean. Así, el vestido, la calefacción y la vivienda redujeron la necesidad de tolerar frío extremo; el transporte y los vehículos minimizaron la necesidad de caminar grandes distancias o cargar peso, y las herramientas y máquinas nos hicieron menos dependientes de la fuerza física. Se puede decir que la tecnología ha “externalizado” capacidades físicas que antes debían sostenerse exclusivamente con el cuerpo humano, haciendo que el hombre deje de entrenar su organismo para ejercer esos trabajos.

Lo singular de la IA es que incide sobre una de las facultades más determinantes de la condición humana: la cognición, ese recurso esencial de nuestra identidad del cual brotan la capacidad analítica, la rebeldía para cuestionar lo dado y la originalidad creativa. Ahora, al compartir facultades intelectuales con las máquinas, hemos ingresado a una terra incognita en la cual no hay certezas ni rutas claras. Exploramos este espacio al mismo tiempo que lo creamos, atraídos por sus evidentes beneficios, pero, a la vez, conscientes de sus riesgos.

La IA nos deslumbra por las posibilidades que nos propone de desarrollar el conocimiento. Es una expansión de la frontera cognitiva que multiplica exponencialmente nuestra capacidad de investigar, explorar y crear, desafío que la humanidad nunca vivió con tal potencia. Ya no habrá una inteligencia humana aislada, sino integrada con la artificial, en una combinación que, con el avance de la práctica, iremos aprendiendo a optimizar.

Pero, a la par de sus enormes ventajas, la IA nos plantea nuevos problemas. La facilidad que nos provee tan abiertamente para acceder a la información que necesitamos puede adormecer la voluntad de ejercitar el esfuerzo intelectual, induciendo a las personas a una creciente pereza. Este riesgo se puede definir como “sedentarismo cognitivo”. Podríamos llegar a ser personas desinteresadas por la gimnasia intelectual, que deleguen en la IA facultades que conforman la esencia de lo que somos, ya que la identidad de nuestra “humanidad”, en gran parte, está determinada por nuestras aptitudes mentales.

Estamos montados sobre la ola de un tsunami tecnológico de tal magnitud que sus consecuencias sociales, culturales, económicas y políticas apenas están comenzando a manifestarse. La sociedad de inicios del siglo XXI mantiene como herencia la arquitectura diseñada por la Revolución Industrial, uno de cuyos pilares esenciales es la hegemonía de un tipo social específico: el Homo laborans, que es el obrero o empleado que trabaja en jornadas fijas y estandarizadas, recibe un salario, opera dentro de jerarquías burocráticas, desempeña tareas rutinarias, repetitivas y orientadas a la productividad y define buena parte de su identidad social en torno a su ocupación. La mejor expresión de este modelo la inmortalizó Charles Chaplin en su genial Tiempos modernos (1935).

Los sistemas jurídicos, políticos, sindicales y educativos de nuestro siglo están modelados en torno al sujeto de la sociedad industrial, sus hábitos, valores, derechos y aspiraciones. Es inevitable que la irrupción de una sociedad posindustrial en la que el Homo laborans está perdiendo centralidad colisione contra la inercia de las instituciones establecidas. Sufrimos los dolores de parto de un nuevo modelo social, donde la IA es un factor de aceleración exponencial.

El uso masivo de la IA también implicará la reconfiguración del tiempo laboral. El aumento de productividad reducirá la carga operativa de muchas tareas, generando tensiones con el modelo heredado de la sociedad industrial basado en jornadas fijas, horarios rígidos y salarios estandarizados. Millones de puestos de trabajo en todo el mundo serán afectados por estos cambios. Si bien otros trabajos se crearán, la migración de estos trabajadores a las nuevas posiciones no será lineal ni sencilla, y requerirá un significativo esfuerzo de reeducación. Un factor que agrava esta situación es la velocidad de los cambios: históricamente otras transiciones se dieron con mayor lentitud, lo que posibilitó cierta adaptación natural a las nuevas condiciones.

Debe considerarse también el efecto demográfico asociado a la prolongación de la expectativa de vida. El crecimiento poblacional, combinado con vidas más largas y con la posibilidad de jornadas laborales más breves –impulsadas por los aumentos de productividad tecnológica–, proyecta una enorme expansión del tiempo “desocupado”.

Está emergiendo un nuevo sujeto social, con demandas, ritmos de vida y aspiraciones distintas, que desafía la arquitectura institucional y cultural sobre la que se organizó la sociedad industrial. Esta transformación nos obliga a replantear las bases mismas sobre las que se organizaron el trabajo, la educación y la vida social durante los últimos dos siglos.

Es lógico preguntarnos quiénes diseñarán el nuevo contrato de la sociedad posindustrial, ya que gran parte de la dirigencia actual –funcionarios, legisladores, juristas, empresarios, sindicalistas, referentes religiosos, intelectuales y educadores– fue formada en los paradigmas del siglo XX. Ese marco conceptual, útil en su momento, hoy limita la lectura de un mundo en metamorfosis.

No vivimos sucesos de superficie: las placas tectónicas de nuestra civilización están en movimiento, y este desplazamiento tiene una rapidez que contrasta con la inercia de la arquitectura institucional que nos gobierna. El futuro que enfrentamos, que es a la vez incierto y fascinante, hace indispensable que elaboremos una nueva narrativa que movilice al conjunto de la sociedad a la adopción responsable de la IA, como elemento transformador de una nueva era.

Director ejecutivo de Argencon, entidad que nuclea a las empresas argentinas de la industria del conocimiento

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-desafio-de-la-ia-no-es-tecnologico-es-civilizatorio-nid10012026/

Volver arriba