El día en el que la NASA envió autos eléctricos a la Luna y tuvieron un inesperado final
Mucho antes de que Tesla popularizara los autos eléctricos o de que los SUV dominaran las calles, la industria automotriz ya había desarrollado un vehículo pensado para un escenario extremo como...
Mucho antes de que Tesla popularizara los autos eléctricos o de que los SUV dominaran las calles, la industria automotriz ya había desarrollado un vehículo pensado para un escenario extremo como la Luna.
Liviano, plegable, eléctrico y con tracción en las cuatro ruedas, el Lunar Roving Vehicle (LRV) fue uno de los proyectos más ambiciosos de la historia del automóvil, aunque jamás circuló por una ruta terrestre.
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Conocido popularmente como “moon buggy”, el vehículo fue utilizado por las misiones Apollo 15, 16 y 17 entre 1971 y 1972. Su aparición cambió por completo la lógica de exploración lunar de la NASA.
Hasta entonces, los astronautas dependían únicamente de caminatas limitadas por el cansancio físico, el consumo de oxígeno y las dificultades para moverse con los pesados trajes espaciales. El rover permitió ampliar considerablemente las distancias recorridas y transportar más herramientas y muestras de suelo lunar.
La NASA encargó el desarrollo del vehículo tras el éxito del Apollo 11, cuando entendió que las futuras misiones necesitarían mayor capacidad de exploración para justificar el enorme costo del programa espacial.
Según documentos históricos del proyecto, varias compañías presentaron propuestas, entre ellas Boeing, Chrysler, Bendix y Grumman. Finalmente, Boeing obtuvo el contrato principal, aunque el desarrollo técnico involucró a múltiples empresas.
Uno de los aportes más importantes llegó desde General Motors. A través de su división Delco Electronics, la automotriz estadounidense diseñó elementos fundamentales del rover, incluyendo los motores eléctricos, el sistema de suspensión y las ruedas de malla metálica. El resultado fue un vehículo extremadamente avanzado para su época.
El LRV tenía una configuración muy distinta a la de cualquier vehículo convencional. Cada rueda contaba con su propio motor eléctrico, lo que le otorgaba tracción integral permanente. Además, tenía dirección en ambos ejes para mejorar la maniobrabilidad sobre el terreno lunar, donde la adherencia era completamente distinta a la terrestre.
Pero el mayor desafío era el peso. La NASA necesitaba un vehículo capaz de plegarse dentro de un compartimento del módulo lunar, soportar temperaturas extremas, operar en vacío casi total y funcionar en una gravedad equivalente a apenas un sexto de la terrestre.
Por eso, el rover pesaba solo 210 kilos en la Tierra, menos que muchos autos urbanos actuales y apenas por encima de algunas motos de gran cilindrada. En la Luna, ese peso equivalía a aproximadamente 35 kilos debido a la menor gravedad.
Su diseño también era extremadamente funcional. No tenía puertas, techo ni cabina cerrada. Los astronautas viajaban sentados en una estructura tubular muy liviana, con asientos similares a sillas plegables de jardín y controles simplificados para poder operarlos con guantes espaciales.
A pesar de haber sido creado hace más de medio siglo, varias de sus características hoy resultarían modernas incluso en un vehículo actual. Era completamente eléctrico y utilizaba dos baterías de plata-zinc de 36 voltios no recargables. Según datos oficiales de la NASA y General Motors, su autonomía teórica alcanzaba las 57 millas, unos 92 kilómetros.
Sin embargo, los astronautas nunca podían alejarse demasiado del módulo lunar. Existía una regla estricta, donde debían mantenerse dentro de una distancia que pudieran recorrer caminando en caso de que el vehículo fallara. La seguridad seguía siendo prioritaria incluso con el nuevo rover.
Las velocidades tampoco eran particularmente elevadas, aunque suficientes para el terreno lunar. Durante las misiones Apollo, el LRV alcanzó registros cercanos a los 13 y 17 km/h.
Hoy, los tres Lunar Roving Vehicle utilizados permanecen abandonados en la Luna. Sus baterías quedaron agotadas hace décadas y jamás pudieron recargarse. Aun así, su legado continúa vigente como uno de los desarrollos más innovadores en la historia conjunta entre la exploración espacial y la industria automotriz.