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El encanto de los jarrones lunares que renuevan su protagonismo en el arte coreano

Una luna llena, pero terrenal. De un blanco puro tan característico que parece resplandecer, el moon jar o dal hangari en coreano (jarrón lunar), no es solo un objeto decorativo: es un símbolo c...

El encanto de los jarrones lunares que renuevan su protagonismo en el arte coreano

Una luna llena, pero terrenal. De un blanco puro tan característico que parece resplandecer, el moon jar o dal hangari en coreano (jarrón lunar), no es solo un objeto decorativo: es un símbolo c...

Una luna llena, pero terrenal. De un blanco puro tan característico que parece resplandecer, el moon jar o dal hangari en coreano (jarrón lunar), no es solo un objeto decorativo: es un símbolo cultural e histórico coreano. Con una forma casi esférica y elaborada en porcelana, representa la belleza de la imperfección, la sencillez y la elegancia.

De diseño minimalista, su historia se remonta a la dinastía Joseon (1392-1910), cuando estas vasijas se usaban como objetos domésticos o ceremoniales y eran elaboradas por alfareros en los antiguos hornos estatales de Bunwon, cerca de Gwangju.

Con esmero, los artesanos lograban una interacción casi mágica entre la arcilla, el esmalte y el fuego para elaborar las esferas, en un proceso que consistía en dos etapas: se realizaban las mitades superior e inferior por separado y, al unirlas por el centro, surgía una irregularidad que, a la vez, resultaba perfecta.

Y aunque tuvieran las mismas proporciones, las variaciones del trabajo en el torno, la cocción y el esmaltado hacían que cada una fuera única. Un proceso que quedó registrado en 1709 en los versos del filósofo Yi Ha-gon: “Aunque los alfareros se esforzaron al máximo / Muchas piezas fueron descartadas Es imposible describir la belleza de sus formas, colores y calidades / Todas ellas poseen un valor incalculable”.

Aunque para los primeros recipientes utilizaron pigmentos azules, rojos y marrones, entre 1726 y 1800 comenzaron a ser codiciadas las vasijas blancas, que solían encargar los miembros de la corte y que eran especialmente valoradas por la armonía de sus formas: no eran vulgares ni ostentosas. Se calcula que de esa época se conservan aproximadamente 20 jarrones lunares originales en el mundo, y unos pocos se conservan en el Museo Nacional de Corea, catalogados como Tesoros del país.

Para obtener la denominación oficial de jarrones lunares, debían cumplir con ciertos requisitos: ser esféricos, sin ornamentación, de esmalte blanco, medir al menos 40 centímetros de altura y haber sido elaborados desde finales del siglo XVII hasta principios del siglo XIX, según el Servicio de Patrimonio Cultural de Corea.

A su valor histórico se le suma el económico: en marzo último, Christie’s subastó una pieza original de la dinastía Joseon, del siglo XVII, por 3.186.000 dólares, aunque la estimación inicial oscilaba entre uno y dos millones. Ya había antecedentes, en 2023 se había vendido un ejemplar de “forma redondeada y bien proporcionada, compuesta por dos partes unidas a la altura del cuerpo” por 4.560.000 dólares.

En ese entonces, la editora Isabella Smith, que fue parte del staff de Christie’s, escribió: “En el mundo de la cerámica, pocos tipos de objetos inspiran tanta reverencia —o invitan a una reflexión filosófica tan profunda— como la «vasija lunar» coreana. A primera vista, una vasija lunar parece sencilla: un cuerpo redondeado que se alza sobre una base baja, con una superficie cubierta por un esmalte de un blanco lechoso y suave. Sin embargo, esta aparente sencillez esconde una complejidad sutil. Su forma rara vez es perfectamente esférica; una unión central, ligeramente irregular, rompe su simetría. Es precisamente este juego entre la perfección y la irregularidad lo que confiere a la vasija lunar su magia singular. Asimismo, dota a la pieza de una resonancia más profunda: la aceptación de las limitaciones y la valoración del carácter por encima de la ausencia de defectos”.

El auge que el moon jar tuvo en el siglo XVII se convirtió con el tiempo en indiferencia y desvalorización. Hasta que, a mediados del siglo XX, recuperaron su lugar como símbolo coreano en 1950, en parte gracias a la artista Kim Whan-ki, que comenzó a incluirlas en sus pinturas. Desde ese entonces, su inclusión en el arte contemporáneo pasó a ser una constante.

Y quedó demostrado este año durante Frieze Seoul, una imponente feria que congrega a galerías coreanas e internacionales. Entre sus pabellones, el moon jar se transformó en un objeto de culto reinterpretado por varios artistas que le dieron distintos tamaños y unas cuantas intervenciones.

Arte contemporáneo

Desde la música y el cine hasta las artes plásticas, Corea del Sur lleva años proyectando su creatividad hacia el mundo. Una efervescencia que también se siente en las calles de Seúl, donde el diseño, las esculturas coloridas y los rascacielos sorprenden y conviven con templos, palacios y tradiciones que conservan siglos de historia. Una fusión perfecta entre el pasado y el presente, y un anticipo de un futuro aún más tecnológico.

En ese contexto, Seúl fue una fiesta el mes pasado. Por un lado, con Kiaf Seoul, la Feria Internacional de Arte de Corea del Sur, una de las principales plataformas de exhibición y comercialización de arte moderno y contemporáneo de ese país. Por otro, con la quinta edición de Frieze Seoul, que reunió a galerías, artistas y coleccionistas de distintas partes del mundo. Las dos se concentraron en el gigantesco centro de convenciones COEX, que se conecta con un shopping subterráneo y la biblioteca Starfield, de magnífica arquitectura y con estanterías de 13 metros de altura.

Pero la actividad no se limitó a los pabellones del complejo: Frieze Week desplegó una amplia programación de exposiciones, inauguraciones y encuentros en museos, galerías y espacios culturales de distintos barrios de la capital surcoreana.

La efervescencia artística tuvo también otro punto de interés, a unos 270 kilómetros al sudoeste de Seúl. Allí, Gwangju inauguró la 16ª edición de su bienal, uno de los encuentros más convocantes del circuito contemporáneo asiático. Con el lema You Must Change Your Life (Debes cambiar tu vida), permanecerá abierta hasta el 15 de noviembre.

En medio de ese despliegue de propuestas contemporáneas, Frieze Week también volvió la mirada hacia una tradición de siglos, nacida en los hornos de cerámica de la dinastía Joseon. Ahora, son los ceramistas contemporáneos quienes siguen explorndo sus formas.

Fue el caso de The Moon Jar Constellation, un proyecto de colaboración entre Frieze Seoul y PBG (Print Bakery) que convocó a 15 artistas coreanos. A través de pinturas, esculturas y hasta experimentos físicos, cada uno aportó su sello personal y una interpretación diferente, aunque todos partieron de una misma forma y sin perder su identidad artística.

“El jarrón lunar, que durante mucho tiempo ha sido un motivo fundamental en el arte coreano, funciona en esta exposición no como una forma tradicional única y completa, sino como un medio que los artistas contemporáneos pueden interpretar y expandir libremente. Partiendo del mismo motivo del jarrón lunar, los artistas despliegan sus propios lenguajes y perspectivas escultóricas, demostrando cómo una sola forma se expande de nuevo dentro de sus universos artísticos individuales”, presentó Print Bakery el proyecto.

En esa constelación, el moon jar adoptó la forma de bustos, se tiñó de azul cobalto y se cubrió de imágenes de dodos, paisajes naturales, escenas marinas, casas y jardines. Las intervenciones exploraron las distintas posibilidades de un jarrón que, a partir de una misma forma, se potenció con diferentes lenguajes artísticos.

Más allá de su belleza artística, cada una de las interpretaciones contenían un significado particular, como el tiempo, el karma, el coraje, el deseo, y los mensajes: “Lo roto no es destrucción, sino alegría”.

En esta constelación, la obra de Gwon Osang tomó forma humana con un busto que sostiene una tinaja sobre la cabeza, mientras que, en La luna llena, de Moon Hyeongtae, las figuras de autos, perros y personas se entrelazan y potencian con el contraste colorido del celeste y del rojo.

Choi Hyeji conectó el pasado con el presente al fusionar los pigmentos azules característicos de la dinastía Joseon para representar escenas de la vida contemporánea, como gente esperando un autobús, andando en bicicleta y parejas paseando tomadas de la mano.

La aparente perfección de la esfera blanca parece romperse en la pieza de Shim Moon-Seup: su superficie es irregular, con recortes y agujeros, mientras que el exterior oscuro contrasta con el interior blanco.

El negro también es protagonista en la obra de la artista plástica Inae, conocida en el circuito por sus composiciones realizadas con puntillismo y por el uso del oro como símbolo de la riqueza material y del deseo humano. Ambas particularidades pueden verse en Adoración-Con la plenitud de la luz, donde los puntos dorados se iluminan sobre el Vantablack, un revestimiento artificial que absorbe el 99% de la luz y es considerado uno de los materiales más oscuros que existen.

No solo en la instalación de PBG estuvo presente el jarrón. Se lo vio en pinturas y esculturas en distintos pabellones de las ferias.

Tan importante es como referencia cultural, que fue la inspiración del artista Young-se Kim para diseñar la antorcha de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 en Pyeongchang. Allí se la vio en la alto y sostenida por cinco pilares entrelazados que representaban los cinco continentes. Un símbolo de todos los tiempos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-encanto-de-los-jarrones-lunares-que-renuevan-su-protagonismo-en-el-arte-coreano-nid30102026/

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