El espectacular ascenso al refugio de montaña creado en homenaje a un empresario amante de la Patagonia
Sin luz, energía eléctrica, ni internet. La llegada al Refugio Agostino Rocca -conocido por ser premium entre los refugios de la Patagonia- no fue tan alucinante como imaginé. Fue aún mejor. ...
Sin luz, energía eléctrica, ni internet. La llegada al Refugio Agostino Rocca -conocido por ser premium entre los refugios de la Patagonia- no fue tan alucinante como imaginé. Fue aún mejor.
El ascenso comenzó en Pampa Linda, a 80 kilómetros de Bariloche, un día frío de verano. Estaba en mi agenda hace más de una década, desde 2012, cuando se inauguró el refugio en el Paso de las nubes, que se erigió para conmemorar a Agostino Rocca, amante de la Patagonia.
La muerte del directivo de Techint, en una mañana gélida de otoño cuando cayó el helicóptero donde viajaba, a la altura de Roque Pérez, en la provincia de Buenos Aires, había quedado grabada en mi memoria: el empresario murió cuando iba al Parque Nacional Los Glaciares.
Rocca iba en una avioneta hacia el Perito Moreno, junto con Germán Sopeña, entonces Secretario General de Redacción del diario La Nación. Nunca llegaron. Una aventura y varias vidas truncas unidas por el amor a la Patagonia precedieron a la construcción de este apeadero de montaña.
Una vez inaugurado el refugio que lleva el nombre de Agostino Rocca, soñé con conocerlo. Ya había ascendido a la Laguna de los Tres y cerro Torre, en el Parque Nacional Los Glaciares; al Refugio Frey y al Refugio López en el Parque Nacional Nahuel Huapi, y al Cajón del Azul en el Bolsón, cuando, finalmente, reservé una noche en el Refugio Rocca.
Aún así, al llegar a Pampa Linda, en la base del cerro Tronador, a 80 kilómetros de Bariloche, estaba inquieta por otras circunstancias ajenas al confort del refugio. Contaba con que el refugio tiene pared de vidrio doble, un detalle que asegura reparo del frío y vistas panorámicas, pisos de madera, un deck y otras comodidades como duchas de agua caliente y calefacción.
Estuve distraía en chequear el estado del sendero, dada la lluvia de la noche anterior, en realizar el registro del trekking en Parques Nacionales y en verificar que las señales y carteles estén en perfectas condiciones dado que el ascenso comenzaría a la tarde: al revés que la marea de montañistas que ascienden cada mañana.
Poco después de las tres, en pleno estupor de la siesta rionegrina, éramos dos personas en la senda que inicia detrás de un portón de madera, tras la casa de Parques Nacionales, en Pampa Linda.
El trekking tiene 14,3 kilómetros de extensión. Demanda, según los carteles, entre cuatro y seis horas de caminata de acuerdo al estado físico de cada persona. Y es de dificultad media. No es el más difícil del área del cerro Tronador. Pero tiene un caracol empinado, que requiere de buen aire y sobre todo, de no tener vértigo a las alturas.
El refugio está en el Paso de las Nubes, en las inmediaciones del cerro Tronador, a 1.400 metros sobre el nivel del mar. Se llama Paso de las Nubes dado que tradicionalmente era eso: un paso entre el refugio Otto Meiling, muy visitado por quienes buscan hacer cima en el Tronador, y el lago Frías, casi al límite con Chile.
Cuesta arriba, a puro vértigoEl ascenso comienza de manera suave, casi como un paseo, por una huella de cuatro kilómetros hasta el río castaño Overo. Tras cruzar el hilo de agua, el paseo suma sonidos de cascadas y vertientes al llegar a la vera del Río Alerce.
Hay varios puentes colgantes de troncos de madera, - al menos tres- y una pasarela colgante de metal, que advierte: “Uno por vez”.
Luego de caminar casi dos horas, la mayor parte a la vera del río, con el correr del agua como único sonido más allá de los pájaros que habitan en el parque nacional, el sendero deja de ser un paseo entre cañas de colihue, donde sólo hay que detenerse para cargar agua de vertiente.
A la altura del kilómetro diez comienza el caracol: primero es un desafío en ascenso en medio de un bosque espeso de coihues, pero luego es cada vez más empinado y el bosque queda atrás. La exigencia física aumenta.
Entonces es una escalada entre rocas, y a los alrededores sólo se ven los picos de montañas. Es aquí donde ya no es apto para personas con vértigo. Entre el kilómetro once y trece el ascenso es un desafío. Paso a paso, sobre seguro, tomada de piedras y de troncos de árboles, sin margen para regresar antes de que caiga la noche, avanzamos.
En el kilómetro 13 un cartel advierte que aún queda una hora de caminata para llegar al Paso de las Nubes. Entonces, lejos de sentir cansancio, el cuerpo toma adrenalina para el envión final.
A diferencia del caracol que ya queda en el recuerdo, el último tramo se abre entre las piedras a un mallín de terreno barroso; hay que pisar entre troncos porque tras la lluvia de la noche anterior son muchos los charcos.
Finalmente, a lo lejos, está el refugio colorado. Irrumpe en una planicie donde ya no hay vértigo, ni sensación de vacío. Sólo una vista espectacular, acaso inverosímil: el Paso de las Nubes invita a contemplar desde el límite del cielo.
Una guirnalda con banderines anuncia que hay civilización lista para recibir al montañista, con calor de hogar.
A lo lejos, magnético, se descubre el lago Frías. Tan celeste, tan diáfano, tan distinto a los lagos Mascardi y Gutiérrez que dejamos atrás en el camino desde el centro de la ciudad hacia Pampa Linda.
Alrededor, el valle que lleva el mismo nombre, es verde. Es un imán para los montañistas, la vista hipnótica, por delante.
A la izquierda, las paredes del glaciar Alerce son tan enormes que parece posible tocarlo con sólo estirar la mano. Y debajo, varias cascadas. Están los cerros Parque y Constitución y el valle del Río Alerce. Hay un desnivel de 530 metros desde que salimos de Pampa Linda y sin embargo aquí, en el Paso de las nubes, uno se siente sentado en un trono situado en la cima de la civilización.
Claro que entonces, al llegar, no importa si se rompió la turbina hidroeléctrica situada a 500 metros sobre un curso de agua que permite calefaccionar a las diez habitaciones que tiene el refugio con capacidad para 80 personas.
“Solo pasa una vez cada tres años”, informa una de las diez personas del equipo que tiene la concesión: son todos hombre y mujeres jóvenes que entregan las bolsas de dormir, cocinan, sirven la cena y el desayuno entre otras tareas.
Dado el percance de la turbina hidroeléctrica, ya no tendremos agua caliente en las duchas. No funcionan los paneles de calefacción, no hay internet que contacte con el mundo exterior.
Dado que la cocina no funciona, no están disponibles los más de cinco platos optativos que se cocinan cada noche. Adiós a los sorrentinos, a la bondiola braseada. Sólo guiso de lentejas, una estufa a leña y velas al caer la noche.
En el cuarto, apenas iluminado hasta las nueve y cuarenta, cuando termina de caer la luz solar, hay ocho cuchetas. Cada una de los diez cuartos está unido al siguiente, en un esquema parecido a un batallón militar.
Cada una tiene su colchón y su almohada. Todas iguales, coloradas, como las paredes del refugio. Aquí, claro está, no se permiten las velas. Será una noche a oscuras.
Recuerdo al dejar mi bolsa de dormir que hay dos salidas de emergencia para caso de incendios. Las vi cuando fui a los baños comunitarios, que son como vestuarios de clubes, uno para hombres, otro para mujeres.
Antes de dormir en el salón se enciende la estufa a leña - con una enorme pava de hierro fundido encima-, se reparte el guiso de lentejas y el tiempo se detiene entre juegos de cartas, juegos de dados y un ping pong.
Hay starlink, provisto por seguridad por Parques Nacionales, pero está caído por el corte de energía, sostiene la misma refugiera que anuncia: “mañana vemos que podemos hacer para el desayuno”. “Olvídate del completo, sólo infusiones”, agrega.
Y aún así, cuando advierto en una mesa a Juan, un hombre joven que ascendió con su hijo Luca de seis años, me detengo a ver la caída del sol.
“Divertido”, opina Luca, el pequeño que mañana tomará por primer vez un barco para volver a Bariloche desde el límite con Chile desde Puerto Blest.
Padre e hijo tienen que madrugar. Escucho el itinerario y me vuelvo a sentir cansada: a la siete deben emprender el regreso, caminar doce kilómetros, bajar una picada, cruzar un bosque de lengas entre las montañas y llegar a las 14.30 a tomar el barco en Lago Frías.
“Veremos un glaciar y un río”, explica el padre al niño, para darle ánimo antes de ir a dormir en la bolsa que le queda grande dentro de la cucheta. Sin luz, sin televisor, sin celular. Sólo bajo la tenue luz de las velas.
Al lado, otra familia planifica la visita que hará al amanecer a las cascadas al filo del Tronador y del Glaciar Alerce, en una caminata que no demora más de quince minutos antes de descender a Pampa Linda. Más allá, un grupo de hombres planifica cómo partirá para el Otto Meiling, con crampones, piquetes y cascos. Y un grupo de mujeres seguirá en travesía hacia la Laguna Ilón al salir el sol.
Están los que sólo van a la Mirada del doctor, una parada previa a la laguna Illón que tiene una vista panorámica sobre las montañas y los lagos del parque nacional. Otro grupo de amigos irá a conocer una formación de piedra que se llama la ventanita y el glaciar Alerce, de cerca.
Entre todos estos planes que dan vida al atardecer escucho además hablar, en inglés, a Alma, que llegó desde Alemania con cuatro amigos y toma vino Cafayate y se ríen al contar que entre el guiso y el vino ya consumieron más calorías que las que gastaron durante el ascenso.
Y veo caer la noche lentamente sobre el glaciar, sin luces de neón, sin filtros y sin interrupciones; creo que es mejor a lo imaginado.
Aquí, en el Paso de las nubes, escucho “épico” antes de entregarme a descansar en la oscuridad de la noche cerrada. Sólo las estrellas alumbran la velada dentro del cuarto, para ocho, que comparten hombres, mujeres y niños por igual. Es una ventana pequeña, por donde se cuelan las estrellas, que dejará ver el primer rayo del sol en la madrugada.