El fiscal del juicio por el asesinato a Federico Martín Aramburú: “Le Priol disparó contra un hombre que ya estaba herido”
PARÍS – “Tal vez, desde donde esté, los ojos de Federico sigan viendo y pidiendo justicia. Se lo deben, se lo deben a su familia...”. Así concluyó este miércoles el alegato del fiscal Ph...
PARÍS – “Tal vez, desde donde esté, los ojos de Federico sigan viendo y pidiendo justicia. Se lo deben, se lo deben a su familia...”. Así concluyó este miércoles el alegato del fiscal Philippe Courroye, tras solicitar al jurado 27 años de prisión para Loïk Le Priol, 20 años para Romain Bouvier —ambas penas acompañadas de la obligación de recibir tratamiento psicológico—, 3 años para Lyson R. y 3 años para Antony S, por el asesinato del exrugbier argentino Federico Martín Aramburú, el 19 de marzo de 2022 en en esta ciudad.
Le tomó casi tres horas para llegar a ese punto. Tres horas de una exposición densa, grave y, por momentos, ingeniosa, salpicada de referencias literarias que iban desde Sully Prudhomme hasta Victor Hugo.
Courroye comenzó su alegato destrozando la pieza clave de la defensa de Le Priol: aquel vídeo en 3D de la escena, proyectado desde la primera semana del juicio. “Un dibujo animado”, lo bautizó con el desdén de quien no soporta que le cuenten cuentos.
“Una modelización es interesante cuando se dispone de todos los elementos. Pero lo que hemos visto aquí es un dibujo animado. Aramburú aparece en rojo mientras que Le Priol está en verde... La secuencia es perfecta: se lo ve corriendo, luego es agredido y dispara”, ironizó al afirmar que la defensa pretendía embarcar al tribunal “en el metaverso de Le Priol para un agradable viaje por la imaginación”.
Después vino la balística, cruda y sin adornos. Cuatro balas impactaron en Federico Aramburú. Tres en la espalda.
“Le Priol disparó contra un hombre que ya estaba herido”, insistió Courroye, citando a los policías que comparecieron en el estrado y que están habituados a este tipo de escenas de crimen: cuando se vacía el cargador, es porque hay intención de matar, dijo en esencia. Remató con el testimonio de un guardia de la prisión de La Santé, quien escuchó a Le Priol jactarse en su celda de que conocía los planos del establecimiento, pronunciando esa frase que Courroye dejó resonar un instante en el silencio de la sala: “Lo que más me gustó fueron los últimos cuatro plomos que le metí en las tripas”.
“Eso encaja con la personalidad de Le Priol”, señaló el magistrado, “difícilmente podríamos imaginarlo lamentando haber disparado esas últimas cuatro balas”.
Courroye no abandonó la sala durante la suspensión de la audiencia. Permaneció sentado en su asiento, intercambiando unas palabras con los pasantes. Entre el público, estaba presente al abogado Thierry Herzog, antiguo representante del ex presidente conservador Nicolas Sarkozy.
Al retomar la sesión, Courroye confesó cierta sorpresa: tras el testimonio de María Aramburú el pasado viernes, pensaba que la defensa abandonaría la tesis de la legítima defensa. Pero no fue así.
“Si mantienen esa tesis —advirtió al jurado—, tendrán que absolver al señor Le Priol”, advirtió y recordó que esa estrategia permite al acusado presentarse como víctima ante los suyos: su hermana o su padre, quien compareció para declarar que los rugbiers eran unos “matones” y que el arma había “salvado” a su hijo.
Acto seguido, el fiscal arremetió contra los peritos convocados por la defensa, a quienes apodó, con un toque que arrancó sonrisas entre los presentes, los “bomberos”: el bombero jurídico, una jurista que enseña en Sciences Po y en la Escuela Nacional de la Magistratura, según la cual Le Priol disparó en legítima defensa. El bombero médico y el bombero de la limpieza.
“¿Pero de qué tuvo miedo Le Priol? ¿Del trapo con hielos que sostenía Hegarty? Un antiguo comando de marina que le tiene miedo a tres cubitos de hielo... Eso parecería más bien una sesión de hidroterapia”, ironizó.
El tono se endureció más cuando Courroye abordó la huida de los dos hombres. Hombres que, recordó, no socorrieron a una víctima que se desangraba en la acera. Bouvier se subió a un taxi, volvió a casa de su madre y organizó su partida hacia la Sarthe (en el centro de Francia). También habría pensado en confesarse en la abadía de Solesmes, la misma donde se ocultó, tras la segunda guerra mundial, el miliciano nazi de Lyon Paul Touvier. Courroye no se lo cree ni un segundo: “¿Queriais refugiaros tras los muros religiosos, vos, el caballeroso, el húsar, el valiente?”, dijo, llevando la metáfora hasta Victor Hugo, comparando la búsqueda de asilo de Bouvier con la de Quasimodo gritando «¡Asilo, asilo!» en las torres de Notre Dame tras haber raptado a Esmeralda.
Le Priol, por su parte, ocultó el arma, tomó un taxi y se reunió con su hermana en Draguignan, en el sur de Francia, recordó. “¡Pero no en el Périgord!”, se burló —parafraseando las compañías de teatro itinerantes que, erróneamente, utilizaban la expresión “Le Bossu du Périgord” (El jorobado del Périgord) para referirse al Quasimodo—, para después anunciar su intención de ir a Ucrania a combatir.
“Aunque no dijo con qué bando”, añadió Courroye con sorna.
El fiscal dedicó después un capítulo entero a Antony S., el amigo de Bouvier juzgado por ocultación y destrucción de pruebas. El retrato fue mordaz: “Antony el piadoso, Antony el padre de familia, el fiel de la iglesia Saint-Nicolas-du-Chardonnet, el buen samaritano sin tachas, el hombre de las falsedades irrespetuosas, aquel que no respeta el séptimo mandamiento...”. Recordó que Antony S. mintió ante el tribunal “durante dos horas, de manera patética”, antes de cambiar su versión tras una suspensión de la audiencia.
“Es realmente difícil seguir la coherencia de su personalidad”, concluyó Courroye, sin más comentarios. En cuanto a Lyson R., en cambio, fue breve —apenas tres minutos— y renunció a solicitar su complicidad en el intento de asesinato.
Llegó entonces el pilar central de la defensa de Le Priol: el estrés postraumático diagnosticado en 2015 en Yibutí, durante su paso por los comandos de marina. Courroye se lo tomó en serio, pero le restó todo su valor exculpatorio. Recordó una hospitalización de 24 horas, un tratamiento que nunca siguió, y citó a los expertos que no hallaron “ningún elemento capaz de ofrecer una conclusión definitiva” sobre la influencia de dicho estrés en la comisión del delito.
“No hay ningún aislamiento social. Se siente realizado. Es feliz en su entorno familiar”, insistió, antes de dar el golpe de gracia… Este síndrome suele ir acompañado de la evitación de todo lo que recuerde el trauma, “y este no es el caso en esta historia”, aseguró.
Fue quizá la frase más impactante del alegato, la que, según se dijo en la sala, más caló en los presentes. Courroye repasó los antecedentes penales de ambos hombres, ya de por sí cargados. Algunos con matices racistas, las prohibiciones de relacionarse entre sí y la medida cautelar que prohibía a Le Priol acercarse a París. Ambos violaron esas restricciones.
Describió a Le Priol como “el rey de la excusa: nunca es culpa suya”, para luego resumirlo con una frase contundente:
“Lo ocurrido el 19 de marzo era una crónica anunciada”.
Acto seguido, retrató la relación entre los dos acusados: “El héroe de guerra que Bouvier idealiza. Le Priol, por su parte, fascinado por el pseudointelectual. Es un tándem maléfico. El perito describió a este dúo como inseparable, ¡y el día 19, estos dos hombres ejecutaron en un arpegio criminal su fuga a dos voces!”. Sobre su peligrosidad, fue más allá: “Me habría preocupado menos si Bouvier hubiera sido miembro de la asistencia católica o de la asociación de amigos de Marcel Proust”, ironizó. Pero, en su casa, en lugar de una edición original de El Principito, la policía incautó un ejemplar de Mein Kampf.
Antes de concluir, Courroye recordó la responsabilidad de cada uno de los cuatro acusados, quienes, según afirmó, siempre tuvieron la posibilidad de elegir otra cosa: “¡Todo fue una elección! Eligieron mal”. Cuestionó la gravedad de los hechos con una pregunta retórica. “¿Qué hay más grave que la muerte?”, lanzó, antes de invocar la reflexión de André Malraux sobre una vida que “no vale nada” aunque “nada vale una vida”.
Luego aludió, por última vez, a la víctima dirigiéndose al jurado: “En su deliberación, quisiera que pensaran en esta devastación. Un hombre bueno, un tipo radiante, un hijo, un marido, un amigo que Bouvier y Le Priol le arrebataron a quienes lo amaban…”.
Por fin, como un adiós, recitó unos versos de Les Yeux (Los ojos) de un poeta del siglo XIX, Sully Prudhomme, que lamentó haya sido olvidado. Para pronunciar, acto seguido, la frase que cerró su alegato: “Los ojos de Federico, que tal vez vean aún y que exigen justicia…”.
Los debates se reanudarán este jueves con los alegatos de la defensa.