El fútbol y la crisis de Ceuta: Mbappé no quiere ser “canalla”
Francés de origen maliense, musulmán, Frédéric Kanouté le comunicó en 2006 a Sevilla que no podía mostrar en el pecho de su camiseta a una casa de apuestas. Era el goleador y la figura del e...
Francés de origen maliense, musulmán, Frédéric Kanouté le comunicó en 2006 a Sevilla que no podía mostrar en el pecho de su camiseta a una casa de apuestas. Era el goleador y la figura del equipo, pero su religión, le explicó al club, prohíbe los juegos de azar y su promoción. Los primeros partidos tapó la publicidad con una cinta adhesiva negra. La sacó luego, pero con su camiseta “limpia”. En 2004, decidió jugar para la selección de su padre. “No sé dónde está Mali, nosotros fichamos a un internacional francés”, se enojó David Pleat, DT de Tottenham. “Nací en Lyon”, dijo Kanouté, “y llevo a Africa en mi corazón”. Su primera gran obra benéfica fue un pueblo para niños huérfanos en las afueras de Bamako (Mali). Escuela, deportes, agricultura y ganadería. En Sevilla, anotó más de cien goles. Ganó títulos europeos y españoles. Y donó 700.000 dólares para que los musulmanes recuperaran su mezquita. “No me considero un héroe”, respondió una vez. “Solo tengo memoria”.
Mauro Amato, de Atlético Tucumán, festeja con una remera de las Madres, su gol frente a Godoy Cruz de Mendoza. pic.twitter.com/B3pWV4nVuE
— diego araoz (@diegoaraoz2) November 18, 2020Una tarde, tras un gol, él decidió qué camiseta mostrar. Se levantó la de Sevilla y mostró otra que decía Palestina. Como Mauro Amato en el Tucumán de 1999 que gobernaba el represor Antonio Bussi. Marcó su gol para San Martín y su camiseta decía “Aguanten las madres”. O Robbie Fowler con Liverpool en 1997. Su camiseta decía “500 dockers”, por los estibadores del puerto que llevaban un año en huelga y sufrían despidos.
La camiseta, el manto sagrado, hoy es un casino online. Inglaterra prohibió este año que las apuestas siguieran inscriptas en el pecho. La publicidad se mudó al pecho de las camisetas de entrenamiento previos a cada partido y de los buzos para salir a la cancha. Y sigue en los carteles de los estadios, en la tele y en todos lados. Hace falta carácter para decirles no.
Kylian Mbappé, de él hablamos hoy, lo hizo en 2022, cuando le comunicó a la Federación Francesa que no participaría de promociones de apuestas en línea (y tampoco de casas de comidas rápidas), ambas patrocinadoras de la selección. No fue un capricho de divo, sino una postura ética ante el juego y la alimentación sana. Es el mismo carácter que tuvo ocho días atrás, cuando rechazó una camiseta que ordenó Real Madrid, su club, y que buscó ser solidaria con Ceuta, la ciudad desbordada por el ingreso ilegal de unos 80.000 marroquíes. Lo lapidaron en las redes. “Apoyo cien por ciento a Ceuta”, aclaró Mbappé, “pero también pienso en los otros que sufren”. Se refirió a los migrantes marroquíes, como lo fue su propio padre. A los cientos de niños que están durmiendo en calles y playas. Como pudo haber sido él. Niños, no monstruos, a los que un Estado no puede abandonar.
El drama de Ceuta, ciudad autónoma que pertenece a España, orilla africana del Estrecho de Gibraltar, “anacronismo colonial”, afirman activistas marroquíes, recibió solidaridad plena del fútbol español. “Ceuta no se vende/ Ceuta se defiende”, cantaron el domingo pasado los hinchas de Atlético de Madrid en el clásico ante Real Madrid. El coro sonó también en el Bernabéu y otros estadios.
La Federación (coorganizadora del Mundial 2030 con Marruecos, y también con Bélgica) viajó a Ceuta con su presidente Rafael Louzan, el DT Luis De la Fuente y la Copa Mundial. Viajó también el todopoderoso presidente de Real Madrid, Florentino Pérez, junto con el presidente de honor del club, Pirri, ex ídolo, nacido en Hadu, barrio populoso y de convivencia multicultural de Ceuta, donde comparten cristianos y musulmanes, como en cientos de equipos europeos.
Patronal, Real Madrid dio por sentado que sus jugadores acatarían sin más la camiseta sobre Ceuta. El rechazo de Mbappé, acompañado de su compatriota Ibrahima Konaté (de origen mali) y del brasileño Vinicius (centro habitual de insultos racistas en estadios españoles) dejó expuesto al club. Mbappé mostró solo a medias la camiseta con la inscripción “Todos somos caballas” (por el pez caballa, de las costas ceutíes, orgulloso gentilicio de sus habitantes). En su defensa a Mbappé, el periodista Rafa Cabeleira ironizó en el diario El País que le pareció leer otra cosa: “Todos somos canallas”.
Barcelona, el otro grande de España, fue mucho más discreto. No se sumó a la causa, a un drama real, pero usado por la derecha dura que busca derrumbar al gobierno en crisis de Pedro Sánchez. La misma derecha dura, incómoda, porque Lamine Yamal, crack de Barcelona, musulmán, también él hijo de un marroquí, es la nueva gran figura de La Roja. “¿Pero qué selección española es esta? Parece una broma de mal gusto”, publicó en 2023, y luego borró, el agitador Vito Quiles (el posteo incluyó a Lamine celebrando un gol abrazado con Nico Wlliams, de padres ghaneses que en 1994, ella embarazada, cruzaron el Sahara a pie, a ratos descalzos, con temperaturas de hasta cuarenta grados).
“Musulmán el que no bote (salte)”, cantaron este año ultras españoles en un amistoso previo al Mundial ante Egipto. Lamine ya habló del racismo en España. Mbappé pidió en Francia votar contra la ultraderecha porque quiere “un país con diversidad, tolerancia y respeto”. “No quiero priorizar sufrimientos”, dijo Kylian ahora. Y la prensa, como en los tiempos más viejos de Leo Messi y Cristiano Ronaldo, Barcelona vs Real Madrid, insiste preguntándole a él y a Yamal por el Balón de Oro. Parece que Mbappé, como Lamine (y como Kanouté veinte años atrás) tiene algo más para decirnos.
“MUSULMÁN EL QUE NO BOTE”.
El canto de los españoles en Cornellà. ⚠️🇪🇸pic.twitter.com/SHhFOB5U7s https://t.co/JfBLc13QIW