El impacto de las emociones en las decisiones de inversión
Warren Buffett, nacido en 1930, multimillonario fundador de la empresa Berkshire Hathaway y uno de los inversores más poderosos del mundo, sentenció: “La cualidad más importante de un inversor...
Warren Buffett, nacido en 1930, multimillonario fundador de la empresa Berkshire Hathaway y uno de los inversores más poderosos del mundo, sentenció: “La cualidad más importante de un inversor es el temperamento, no el intelecto”. Dicho de otra manera, el éxito en la actividad inversora no depende tanto de la inteligencia y la fría razón, como de la capacidad de no sucumbir al miedo, la euforia, la angustia, la soberbia y otras tantas emociones propias de la especie humana.
La cartera “óptima” de inversión no depende solo de variables objetivas, como la edad del propietario (a mayor edad, menor participación de inversiones riesgosas), sino también de su propensión o aversión al riesgo. Hay gente que no tolera ver caer el valor de sus activos, aunque no realice la pérdida hasta que los venda y, probablemente, de sostenerlos, obtenga excelentes ganancias. Pero la sola idea de ver que los 100 pasaron a ser 80 (en los resúmenes de cuenta) lo desquicia.
La figura del homo economicus, racional y maximizador a ultranza, es cuestionada entre otros por psicólogos como Daniel Kahneman (ganador en 2002 del Premio Nobel de Economía), Ray Dalio (historiador económico y exitoso inversor) y el mismo Warren Buffett, quien es reconocido mundialmente por su arrolladora capacidad para generar riquezas y por su enorme humildad.
Es muy útil entender que la emocionalidad y los sesgos cognitivos, tan presentes en las decisiones de consumo y ahorro, afectan mucho nuestras decisiones de inversión. A su vez, los ciclos macroeconómicos impactan en nuestra psiquis. Durante las expansiones predomina la confianza excesiva; durante las crisis, el miedo extremo.
Estos patrones emocionales recurrentes explican las burbujas de activos, los cambios abruptos en los precios y las crisis de liquidez.
Para Dalio, el problema central es que los individuos creen estar siendo racionales cuando en realidad están respondiendo a impulsos emocionales. No es tanto la falta de información lo que nos lleva a malas decisiones financieras, sino las reacciones emocionales no reconocidas. En general, creemos ser mucho más racionales de lo que en verdad somos.
Las pérdidas financieras generan una reacción emocional intensa que, como cualquier trauma, en la medida en que no se procesa correctamente, conduce a adoptar permanentemente estrategias inversoras defensivas. Solo la reflexión consciente y el aprendizaje posterior pueden revertir un círculo vicioso.
Kahneman sostiene en su libro Pensar Rápido, pensar despacio que la mente funciona a partir de dos sistemas, el 1 y el 2, que explican cómo pensamos, decidimos y cometemos errores. El Sistema 1, que corresponde al pensamiento rápido, es automático, intuitivo y emocional. Opera de forma inconsciente y es eficiente, pero es propenso a sesgos cognitivos. El Sistema 2 es el de pensamiento lento. Es analítico, racional y para nada espontáneo. Tiende a controlar al Sistema 1, pero no siempre lo logra.
Los errores más comunes generados por un Sistema 1 sin contrapeso son la compra de activos por el miedo a “quedarse afuera”, la venta masiva en momentos de crisis, las compras siguiendo euforias colectivas y las decisiones basadas en aquello de lo que todo el mundo habla, sin analizar los fundamentos.
A fines del siglo XX, durante el auge de las empresas tecnológicas (las puntocom), los inversores mostraron un comportamiento fuertemente dominado por el Sistema 1. La euforia colectiva, reforzada por relatos de “nueva economía”, llevó a valoraciones desconectadas de los fundamentos. Las historias de ganancias extraordinarias se difundían más que los fracasos y, por supuesto, todo el mundo pensaba que, si eso era una burbuja, lograría salir a tiempo. Así, las emociones amplificaron el impacto financiero.
En la crisis de 2008, numerosos estudios mostraron que inversores vendieron activos en mínimos históricos, asumiendo pérdidas significativas. El excesivo miedo llevó a sobreestimar la probabilidad de escenarios catastróficos. La aversión a la pérdida se combinó paradójicamente con conductas de pánico, donde el objetivo pasó a ser “dejar de perder”, aun a costa de pérdidas mayores.
Buffett también desafía el entendimiento general de que la volatilidad es sinónimo de riesgo. Su postura es que la volatilidad activa emociones como la ansiedad o el miedo, y el inversor poco templado se ve urgido a alguna acción poco oportuna. El verdadero riesgo es la pérdida permanente del capital, no que el precio de un activo fluctúe temporalmente. Así, una reacción emocional puede llevar a decisiones destructivas de valor.
Ahora bien, dado que somos seres humanos, ¿existe alguna fórmula para mitigar el impacto de las emociones en nuestras decisiones de inversión? La respuesta es afirmativa. Aquí detallamos algunas recomendaciones que sintetizan los consejos de los que más saben.
Sistematizar las decisiones para reducir la influencia emocional. Esto implica establecer criterios claros de asignación de activos, esquemas definidos para entrar y salir de posiciones, y mucha disciplina para seguir el sistema incluso bajo estrés o circunstancias externas adversas. Diversificar, no sólo como estrategia financiera, sino como una herramienta psicológica. Al tener distinto tipo de activos la probabilidad de pánico se reduce y es más fácil transitar contextos adversos, viendo que algún activo del portfolio no fue afectado por la crisis. Tomar en cuenta que, a mayor rentabilidad, mayor riesgo. Cuando una inversión ofrece un rendimiento muy elevado, sepamos que estamos incursionando en un riesgo alto. Tratemos de averiguar qué lo causa, antes de entrar.Tomar decisiones en estado de calma, dado que la ira, la ansiedad, el miedo o la euforia reducen la capacidad de análisis. Es aconsejable no perder de vista qué fundamentos tiene la empresa, el país o el activo en el que estoy invirtiendo. Los cantos de sirena a veces nos inducen a confundir vidrios verdes con esmeraldas.No perder la humildad intelectual como defensa frente a las emociones. Es importante reconocer que uno puede estar equivocado, dado que esto reduce la confianza, la testarudez y los impulsos inversores basados en convicciones personales.Ser paciente, dado que el valor económico se materializa en el largo plazo. Buffett sostiene que “la Bolsa es un mecanismo para transferir dinero de los impacientes a los pacientes”. La impaciencia lleva al trading excesivo (que puede mejorar la rentabilidad del broker, pero no necesariamente la del inversor) con el consecuente abandono prematuro de potenciales buenas inversiones.Conocer nuestros límites emocionales, dado que no todos manejamos de la misma manera la ansiedad, las pérdidas o la zozobra. Si somos muy ansiosos, no armemos nuestra cartera con activos que tienen grandes oscilaciones de precio. Las cripto son un ejemplo de inversión no apta para cardíacos.En síntesis, como sucede con muchas cosas en la vida, es cuestión de no perder la calma.