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El jarrón cosmopolita

Fue un flamante descubrimiento, a pesar de que lo vi literalmente toda la vida. Desde la infancia en las sucesivas casas en que viví y en la actual, un jarrón de bronce me acompaño en todas las ...

El jarrón cosmopolita

Fue un flamante descubrimiento, a pesar de que lo vi literalmente toda la vida. Desde la infancia en las sucesivas casas en que viví y en la actual, un jarrón de bronce me acompaño en todas las ...

Fue un flamante descubrimiento, a pesar de que lo vi literalmente toda la vida. Desde la infancia en las sucesivas casas en que viví y en la actual, un jarrón de bronce me acompaño en todas las mudanzas. Mi madre lo usaba como florero y, después de su muerte, le asigné durante mucho tiempo la misma función hasta que lo puse encima de la mesa del escritorio, cerca del teclado de la computadora. Por rachas, coloco en él un ramo de bolígrafos y lápices. Aún hoy, cuando alguien me trae flores, lo vacío de aquellos útiles y los reemplazo por girasoles, rosas o claveles. No es el único florero de mi departamento, aclaro.

A pesar de tantos años de convivencia, no le había prestado demasiada atención o más bien me había conformado con fragmentos de relatos o conversaciones familiares. Sabía que no lo había comprado mi madre. Mi padre lo había traído de Italia cuando emigró a los 24 años, en 1928, todavía soltero. Sabía también que el jarrón había sido hecho a partir de un “mortero de cañón”. Supuse que mi padre lo había traído como recuerdo del período de servicio militar que hizo en África en zona de guerra. Esa hipótesis la fui armando a partir de datos sueltos. Él no hablaba mucho de ese período africano en que lo destinaron a trabajos técnicos de su especialidad, la electricidad, por lo cual no fue al frente, al combate cuerpo a cuerpo. Una vez me habló de una novia africana, una novia de conscripto con la que, a veces, paseaba por la costa y por el puerto de Bengasi. Más que de esa novia efímera me habló de la calidad de los dátiles, del tamaño y del sabor de esa fruta de la que podían comer kilos por monedas,

En estos días de verano porteño, reparé con una curiosidad nueva en el jarrón al que le había asignado un origen africano en la niñez y la adolescencia. Lo di vuelta para ver si había alguna aclaración en su base. Encontré algunos datos sobre el calibre de ese proyectil y lo más importante su origen: Berndorf, una pequeña ciudad del estado federado de Baja Austria, famosa por su fábrica de metales vinculada con la familia Krupp, más precisamente con Arthur Krupp. Hay también una fecha: 1918, Primera Guerra Mundial.

Cuando indagué en Google, me encontré con numerosos floreros muy parecidos al de mi padre. Están descritos como piezas decorativas de estilo art nouveau. Y aparecen agrupados bajo la denominación Trench Art (Arte de trinchera). La parte exterior del cilindro destinado a contener el agua y los tallos de las flores en casi todos los casos ha sido trabajada con un elemento punzante para dar a toda la superficie una textura punteada sobre la cual se han esculpido en relieve una pera y las hojas de un peral lisas y relucientes como si fueran de seda y oro. En la parte opuesta a la pera, hay una mariposa también en relieve igualmente dorada, lisa y lustrosa. Debajo de ella, entre cuatro hojas, hay un círculo sin puntear en el que se han grabado las iniciales de mi padre la “G” de “Giacinto” (Jacinto en italiano) y la B de nuestro apellido. Esa bala fue fabricada en Europa, no en África, pero ¿dónde fue disparada o vendida? Mi padre debió de haber hecho la conscripción cuando tenía 20 años, es decir, en 1924. Emigró a la Argentina en 1928 desde Italia. Allí no conseguía trabajo porque no quería afiliarse al Partido Fascista y sin ese carnet, la tessera, nadie podía emplearlo. Quince años después de su llegada a la Argentina, en 1943, ya integrado en el país, empezaría a oír el nombre de Juan Domingo Perón. El florero lo había acompañado en África, Italia, el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Desembarcó con él en el puerto de Buenos Aires. Cuando murió en 1988. el jarrón pasó a mis manos y me siguió en todas mis mudanzas. Es casi seguro que también asistirá a mi desaparición. ¿Qué será de él? Los objetos son llamados del pasado. No siempre son oídos, ya no digamos escuchados. Pero también hay antenas no sólo finas, sino afines.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-jarron-cosmopolita-nid20022026/

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