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El plan de Ian Moche para vencer al “paradigma del odio”: “Queremos una revolución de la ternura”

“Estoy feliz. En parte porque estaba esperando esta entrevista. También porque mañana tengo las dos actividades que más me gustan: teatro y japonés. Y además porque es viernes: ¿quién no e...

El plan de Ian Moche para vencer al “paradigma del odio”: “Queremos una revolución de la ternura”

“Estoy feliz. En parte porque estaba esperando esta entrevista. También porque mañana tengo las dos actividades que más me gustan: teatro y japonés. Y además porque es viernes: ¿quién no e...

“Estoy feliz. En parte porque estaba esperando esta entrevista. También porque mañana tengo las dos actividades que más me gustan: teatro y japonés. Y además porque es viernes: ¿quién no es feliz un viernes?”.

Ian Lescano, conocido en redes sociales como Ian Moche, arranca la charla con LA NACION con una sonrisa. En la antesala del fin de semana, antes de sentarse a ver en su casa de La Plata el amistoso entre la selección Argentina y la de Mauritania, el influencer autista de 13 años que concientiza sobre inclusión (con más de 480 mil seguidores) repite varias veces esa idea: es un joven feliz.

“La gente cree que vivo aislado, que lo único que hago es activismo, pero hago un montón de cosas”, cuenta.

Ian va a segundo año del secundario en la Escuela N°42 de La Plata, que está a una cuadra de su casa. Lo define como un lugar inclusivo. “Es la mejor escuela a la que podría ir”, dice. Durante la semana combina las clases con su sesión de psicoanálisis y un taller de animación y dibujo. El sábado es su “día más movidito”, el más esperado: comedia musical (actuación, canto y baile) de 10 a 13 y japonés desde las 14.

El arte y la cultura asiática —primero fue la de Corea del Sur, luego su interés se focalizó en la de Japón— son sus grandes pasiones y ponen guía a sus sueños.

—Teatro e idioma son actividades que se suponen con bastante estímulo. ¿Cómo las vivís?

—A diferencia de la escuela, los que vamos lo hacemos porque nos gusta y tenemos intereses comunes. Eso hace que estemos todos atentos y sigamos las indicaciones de los profesores. Además, cuando sé que en un lugar va a haber estímulos me anticipo y ahí sí la puedo pasar bomba. Por ejemplo, en teatro, ya sé los estímulos que puede haber y en qué momentos, así que llevo las herramientas que me pueden ayudar, como por ejemplo mis auriculares —que lo ayudan filtrando el sonido y disminuyendo así el grado de estímulo—. Yo en las clases de teatro hago lo mismo que el resto. Además, siento que todo lo vinculado al arte, como cantar, bailar, actuar, dibujar o escribir, es parte de mi rama.

—¿Y en japonés?

—Justamente, las clases de japonés son rutinarias y siempre decimos que las personas autistas lo que más amamos es la rutina. Además, lo primero que hacemos siempre al entrar son ejercicios que consisten en mover el cuerpo para airearlo y refrescarlo, porque mejora la concentración.

—¿Por qué elegiste estudiar ese idioma?

—Cuando uno se pone a investigar, todo es muy interesante en Japón. Es un país con una historia y una cultura, sobre todo una cultura de narrar historias, que me encanta. A mí me maravilló tanto que siempre tuve el sueño de poder ir allá. Por eso, aprendo japonés, con el plan de ir a los 16 años a estudiar seis meses y conocer el país. Estoy en el nivel básico, cerca de rendir el examen para pasar al intermedio.

La inclusión y la exclusión

Como la mayoría de las personas con discapacidad, Ian no siempre tiene la oportunidad de desarrollar sus actividades en entornos inclusivos. “La primaria la pasé muy mal. Pero el bullying no vino por parte de mis compañeros, sino de mis profesores, que me maltrataron mucho y me hostigaban”, cuenta.

—¿De qué manera te hostigaban?

—Por ejemplo, en Educación Física no entendían que yo no podía jugar los mismos juegos de persecución, porque me ponían muy ansioso o que necesitaba apoyos visuales. Y cuando me veían jugando a la mancha con mis compañeros, me decían que al final era un caprichoso. No entendían que no es lo mismo jugar con tus compañeros que en una clase, con un profesor. Incluso, había una profesora que se tomó licencia de mi grado, pero daba clases al resto de los cursos…

—¿Qué te dijeron cuando pediste usar apoyos visuales?

—La profesora me dijo: “Yo no voy a usar dibujitos”.

Esos “dibujitos” a los que aludía la docente eran pictogramas, un modo de comunicación alternativa aumentativa muy habitual para personas con autismo.

—¿Es habitual que se ignore a quienes se comunican de otro modo?

—Las personas autistas no verbales están presentes aunque no hablen. Comprenden todo a su alrededor. Y muchas veces las minimizamos. Esto pasa en general con las personas con discapacidad.

—¿Por qué?

—Se las pone en un escalón menor simplemente por su condición. Pero eso es no entender que en realidad lo que limita a la otra persona no es su condición, sino que la causa por la cual existe la discapacidad es la sociedad, que pone barreras. Con apoyos, podemos hacer muchas cosas.

La escuela a la que va Ian hoy entiende bien este paradigma de que la discapacidad es una construcción social y, desde el año pasado, trabaja para brindarle un entorno amigable. “A Marcela, la directora, siempre le voy a tener guardado un lugar en mi corazón. Desde que me anoté, buscaron hacer que me sienta bien”, dice Ian.

Aun con esa buena disposición, Ian muchas veces volvía a casa desregulado y rompía en llanto.

Ian y su familia tardaron varios días en comprender el motivo de esa emoción: a la hora de salir del colegio, sentía que los demás iban más rápido y lo pisaban. “Eso me desregulaba un montón”. Su mamá pensó en sacarlo más temprano, pero a la vicedirectora se le ocurrió una mejor idea. Le dijo: “Marlene, si lo sacás antes, va a parecer un disidente. Por qué mejor no arma la mochila un poquito antes, sale y toca él mismo la campana”.

“Me integraron, me hicieron ser parte. Me hice tan popular que me conocían en el colegio como ‘El pibe de la campana’. Una vez que falté todos estaban preocupados, se preguntaban qué pasó que no sonaba la campana”, narra.

—Te dieron un lugar donde estuvieras cómodo…

—Es que, como siempre decimos, una cosa es que te inviten al baile y otra cosa es que te saquen realmente a bailar.

El lugar por el que empieza la inclusión

Ian habla siempre en plural para referirse a su tarea de activismo. Marlene Spesso, su mamá, al igual que sus cuatro hermanos mayores y Rodrigo Llanos, su papá del corazón (“una familia numerosa y feliz”, la define), recorrieron un largo camino desde el diagnóstico, hace una década.

“Mi mamá llegaba a casa llorando de la escuela. Pensaba que yo no iba a poder hacer muchas actividades. Y dejaron de hacer un montón de cosas, como ir al cine o al parque, porque yo no podía estar un segundo quieto”, recuerda.

—¿Cómo fue pasar de eso a creer que la inclusión era posible?

—Logramos salir gracias al amor. Mi mamá fue alguien muy fuerte. Es la persona por la que hoy puedo estar acá. Siempre me acompaña, me dio apoyos, se dio cuenta de todo lo que podía hacer.

—¿Qué tan importante es la familia para una persona con discapacidad?

—Es fundamental porque ahí empieza la inclusión. Decimos que la vida de un niño es como una calesita: se van subiendo muchas personas: amiguitos, terapeutas, maestros. Pero la familia está siempre. Es la principal fuente de acompañamiento.

En el caso de Ian, son sus familiares quienes no solo buscan espacios para que el chico desarrolle sus pasiones, mueven agendas, consultan especialistas o lo acompañan a dar charlas. También son quienes pueden indagar en las profundidades de lo que Ian siente y piensa. Sobre todo, cuando Ian toca la “campanita de la tristeza”.

—¿Qué es la “campanita de la tristeza”?

—A veces, cuando no puedo expresar mis emociones de forma verbal, toco una campanita. Así digo que estoy triste. Y mi familia se reúne a hablar para poder empezar a desatar los hilos y ver cuál es la causa de esa emoción. Así, por ejemplo, entendimos por qué me desregulaba en el colegio, que sentía que mis compañeros me pisaban al salir.

—¿Tu familia también te acompaña y sostiene como activista?

—La decisión de ser activistas no fue solo mía, sino de la familia. A esto no lo hago solo: no viajo solo, no agarro mi valija, doy la charla y me voy. Tengo detrás una familia que me contiene. Y que también ve los límites, porque también a veces hay que poner límites.

“Estamos quebrados como sociedad”

Parte del activismo de Ian lo llevó a verse con figuras de todo el arco político en los últimos cinco años. Por lo general, en encuentros cordiales, en donde él, junto a su familia, pudieron expresar su mirada de la inclusión.

Pero el año pasado, tras verse con el entonces director de la ex Agencia Nacional de Discapacidad (ANDis), Diego Spagnuolo, sufrió mucho hostigamiento, incluido del propio funcionario del área y del presidente Javier Milei. También fue víctima de numerosas críticas en redes sociales de parte de militantes libertarios.

—¿Cómo vivieron eso como familia?

—Lo tomamos natural, como una parte más de nuestra vida. En situaciones feas como esas, mi familia me ayuda. Pero sin quedarnos callados, sino diciendo lo que pensamos que está mal, solo que haciéndolo desde el amor. Creo que mucha gente dice las cosas de forma violenta, hay un odio generalizado y no queremos responder del mismo modo. Porque creemos que como sociedad necesitamos una revolución de la ternura, que se inculquen valores vinculados al amor.

—¿Por qué creés que falta eso en la sociedad?

—Porque nos olvidamos un poco de nuestras raíces. La sociedad se formó mediante la empatía.

—¿Creés que la crisis mayor que tiene la sociedad en cuanto a la inclusión de personas con discapacidad va por el lado de lo cultural e ideológico, o en este contexto concreto lo más urgente es el cumplimiento de la ley de emergencia en discapacidad y la falta de políticas públicas específicas?

—Creo que es un poco de ambos. Es urgente evitar que perdamos los derechos por los que venimos luchando. Por eso vamos a seguir pidiendo que se cumpla la ley de emergencia en discapacidad, porque podría ayudar a un montón de personas. Pero cuando hablamos de todo lo que tiene que ver con lo ideológico, no solamente estamos hablando de discapacidad. Hay una crisis en general, estamos quebrados como sociedad. Hay muchísimo odio hacia el otro.

Los sueños de Ian

Además de que la sociedad está fragmentada y que entiende poco de lo que significa realmente la discapacidad, hay aspectos sobre la inclusión de personas autistas que preocupan especialmente a Ian.

En el marco de este 2 de abril, día para concientizar sobre la temática, el joven destaca que “hasta hace no mucho, las mujeres autistas fueron invisibilizadas”. Y hace foco en otra faceta de la vida de quien tiene autismo de la que también se habla poco: la adultez.

“El autismo es una condición para toda la vida. Por eso hay que darles más visibilidad a los adultos con autismo, compartir sus testimonios. Porque a veces creemos que las personas con discapacidad no tienen aspiraciones, no pueden vivir solas. Pero nosotros podemos hacer exactamente lo mismo que cualquier otra persona, pero con apoyos y empezando a organizarnos desde antes”.

—¿Vos qué aspiraciones tenés?

—Este año voy a tener un acompañante que me va a acompañar fuera de casa. Voy a poder ir a más lugares. Y luego a empezar a ir solo, aprender a tomarme un colectivo, a manejarme. Mi objetivo para fin de año es poder ir solo a Palermo, a la casa de un amigo muy querido.

Más allá del 2026, Ian también tiene delineados sus sueños. Y en ese horizonte confluyen su pasión por el arte y su activismo.

—¿Qué te gustaría hacer luego de estudiar?

—Yo me veo principalmente como periodista, escritor y artista. Son las tres cosas que tengo en mente.

—Están relacionadas, pero, ¿por qué cada una?

—Periodista, porque realmente a mí me gusta mucho la idea de informar. Me gusta mucho todo lo que tiene que ver con las entrevistas. Me han hecho tantas entrevistas hermosas que me contagiaron ese arte por comunicar, por contar la verdad.

—¿La escritura y el dibujo también son formas de expandir el activismo?

—El dibujo y la escritura son las mejores formas que tengo de comunicarme. Yo quiero ser ilustrador, un mangaka (que es el escritor de un manga, el término japonés para historietas). Yo quiero empezar a escribir mis propias historias y también inclusive hacer mis propios mangas y crear mi propio universo de historias. Bueno, eso en realidad ya lo estoy creando…

—¿Cómo es eso?

—Lo tengo creado en mi mente. Solo falta que me ponga a escribir. Pienso escribir una colección de novelas muy largas. Se va a llamar Free Soul, que va a tener que ver con lo que hablo en mis charlas. No solo sobre autismo, sino sobre valores; sobre Ubuntu (un término que significa que ‘yo soy porque somos’, que existo dentro de lo plural, que no puedo estar bien si a mi lado alguien sufre); sobre la revolución de la ternura.

Ian vuelve a explayarse en ese concepto que considera tan vital para la sociedad. “Con la ternura, tenemos que dar vuelta nuestra sociedad, pasar de un paradigma del odio a un paradigma del amor”. Una idea potente a la que le dio forma en una charla TED en Maipú, Mendoza, hace un año. “Se trata de volver a la edad en la que cuidarnos era lo más común del mundo”, dijo entonces y repite ahora.

—¿Y qué soñás lograr cuando empieces a escribir y a ilustrar tus historias?

—Me gusta destacar siempre el poder de las palabras. Una vez leí en un libro que una de las cosas que hizo que las sociedades pudieran llegar a lo que hoy son, fueron las historias. Porque las historias generaron que las personas se unieran. Entonces yo quiero empezar a hacer que a través de mis historias las personas se puedan empezar a unir.

Más informaciónSi querés conocer cuáles son las prestaciones, servicios y derechos que tienen las personas con discapacidad, podés navegar por la guía que armó el equipo de Fundación LA NACION.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/comunidad/el-plan-de-ian-moche-para-vencer-al-paradigma-del-odio-queremos-una-revolucion-de-la-ternura-nid01042026/

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