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El pueblo gaucho que le pide al visitante ir despacio y resguardar la mística de sus calles

Areco nació de una promesa. La parroquia San Antonio de Padua, fundada en 1730 y considerada el origen del pueblo, se levantó sobre un voto hecho al santo en tiempos de malones, cuando la fronter...

El pueblo gaucho que le pide al visitante ir despacio y resguardar la mística de sus calles

Areco nació de una promesa. La parroquia San Antonio de Padua, fundada en 1730 y considerada el origen del pueblo, se levantó sobre un voto hecho al santo en tiempos de malones, cuando la fronter...

Areco nació de una promesa. La parroquia San Antonio de Padua, fundada en 1730 y considerada el origen del pueblo, se levantó sobre un voto hecho al santo en tiempos de malones, cuando la frontera era una línea incierta en medio de la llanura. El templo que hoy domina la plaza principal, inaugurado en 1870, todavía guarda esa memoria en su nombre.

Casi tres siglos después, Areco volvió a prometer. Esta vez, el destinatario es el forastero.

El 30 de septiembre, en el histórico Salón Guerrico, vecinos, autoridades municipales y Maita Barrenechea firmaron la Promesa de San Antonio de Areco. Barrenechea impulsa La Promesa Argentina, una invitación a cambiar la forma en que se viaja por el país que, hasta ahora, firmaban personas. Con este acto, Areco se convirtió en el primer “Pueblo con Promesa” del país.

“Esta es una promesa que nace desde el pueblo”, dijo Barrenechea ante vecinos, artesanos y autoridades. “Areco es la primera comunidad del país en adoptarla. Y abre el camino para que otros pueblos se sumen”, agregó.

Un compromiso con el pago

El texto se llama “Un compromiso con nuestro pago” y arranca por lo que el pueblo considera suyo: una historia que sigue viva en las calles, en los oficios y en la gente. Nombra después los pilares de esa identidad, entre ellos el gaucho, la tierra, el trabajo y la palabra dada. Y le propone un trato a quien llega: que mientras esté en Areco, sea parte de aquello que la comunidad quiere preservar.

El decálogo tiene tres autoras. La artista Catalina Guerrico, Belén Güiraldes y Camila Álvarez Draghi salieron con la misma idea dando vueltas de la charla que Barrenechea había dado en mayo en el histórico Salón Guerrico, invitada por la Municipalidad. “A mí lo que más me quedó es que los lugares no se conviertan en escenografías”, recuerda Guerrico. “Cuidar la identidad, enseñarle al visitante a ser huésped”.

Cada una escribió por separado. Guerrico, cuya obra está poblada de flora y fauna nativa, se ocupó de los artistas y la naturaleza, con una idea que La Promesa también usa como lema: uno no cuida lo que no conoce. Güiraldes aportó lo gauchesco y la tradición, que le vienen de familia. Álvarez escribió sobre el pueblo en sí, su calma y sus artesanos. Después se juntaron en la Dirección de Turismo con Carola Vieytes, Nora Lema y Lucía del Campo, integrante del Consejo Federal de La Promesa, y armaron el texto final.

Ahí le dieron la vuelta que lo define. “Lo que hicimos fue un decálogo para el visitante”, explica Guerrico. No se trataba de fijar cómo debe comportarse el arequero, sino de ayudar al que llega a conectar con el lugar en vez de pasar, sacar la foto e irse. “Comprometerse y bajar unos cambios”, dice. Y añade: “Bajar al ritmo del pueblo, básicamente fue eso”.

Los diez puntos están escritos en primera persona. Algunos son previsibles en cualquier guía de turismo responsable: elegir lo local, conocer a los artesanos, cuidar la naturaleza sin modificarla. Otros tienen un tono más propio, casi de consejo de paisano. El segundo pide caminar con respeto e ir despacio. El séptimo, respetar los tiempos del lugar y “resguardar la mística de las calles”.

La Promesa Arequera

Yo me comprometo a:

Conocer su historia y las tradiciones.Caminar con respeto e ir despacio.Valorar lo hecho a mano, conocer artistas y artesanos.Elegir lo local. Descubrir sabores, productos y experiencias.Escuchar y aprender de quienes habitan el lugar.Cuidar la naturaleza. Contemplarla sin modificarla.Respetar sus tiempos. Resguardar la mística de las calles.Honrar las celebraciones y costumbres del lugar.Contagiarme de la hospitalidad local.Agradecer con acciones, siendo puente de mis vivencias en San Antonio de Areco.“Sé hospitalario”

En el evento que consagró la firma de La Promesa Arequera, el intendente Francisco Ratto eligió leer la primera parte de “Mi hospitalidad”, uno de los textos de El libro bravo, de Ricardo Güiraldes. Es una prosa breve que empieza con una orden: “Sé hospitalario”. Lo que sigue es casi un protocolo de campo. Cuando llegue el forastero cansado de camino, hay que salir a esperarlo más allá del umbral, tenderle la mano y no preguntarle quién es.

El poema avanza hacia el fuego. Pide sentar al visitante junto al fogón, arrimarle brasas a las botas embarradas y dejarlo hablar. La última línea es la que el pueblo eligió para cerrar su propia promesa: “Cuando se vaya llevará consigo el regalo de tu hermandad que mejora al hombre”.

Maita retomó esa imagen en su discurso. “En Areco la tradición es un culto y la hospitalidad se respira. Siempre hay un lugar más en el fogón”, dijo. Y dio vuelta la idea habitual del turismo responsable, que suele poner toda la carga en el que viaja: “Los buenos anfitriones forman buenos huéspedes”. En esa lógica, la responsabilidad es compartida: a la comunidad le toca recibir bien, y al visitante, sumarse al cuidado de aquello que el pueblo quiere preservar.

Un siglo de Don Segundo

Que el poema sea de Güiraldes no es un detalle. El escritor se crió entre las estancias familiares, entre ellas La Porteña, y en 1926 publicó Don Segundo Sombra, la novela que cumple 100 años y que convirtió a un paisano real de Areco, Segundo Ramírez, en el arquetipo del gaucho. Güiraldes murió en París en octubre de 1927, días después de recibir el Premio Nacional de Literatura. Cuando sus restos llegaron al pueblo, Ramírez estaba entre los paisanos a caballo que acompañaron el cortejo. En el cementerio, Leopoldo Lugones resumió la escena: era la primera vez que el personaje enterraba al autor.

A partir de ahí, la literatura se volvió política cultural. En 1938 se inauguró el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, impulsado por José Antonio Güiraldes, hermano del escritor e intendente. Un año después, una ley provincial instituyó el Día de la Tradición cada 10 de noviembre, con Areco como sede. Llegaron después las declaratorias: el casco histórico como Bien de Interés Histórico Nacional en 1999 y el título de Capital Nacional de la Tradición en 2015.

El turismo acompañó cada etapa. Primero las escapadas en auto desde Buenos Aires, después las estancias reconvertidas en hospedaje y días de campo, y más tarde una oferta gastronómica y hotelera que no paró de crecer. Hoy, en un pueblo de poco más de 26.000 habitantes según el censo de 2022, conviven el desfile tradicionalista y el paisano que madruga para arrear hacienda, los plateros de oficio heredado y los artistas que hibridan la tradición.

Esa convivencia tiene sus tensiones. En 2013, la antropóloga Cecilia Pérez Winter documentó el uso del término “Gaucholandia” para criticar la puesta en escena de la tradición para consumo turístico. El decálogo arequero puede leerse también como una respuesta a ese riesgo. Pedirle al visitante que vaya despacio, que escuche a quienes viven ahí y que respete los tiempos del lugar es otra manera de decirle que Areco no es un decorado.

De la firma personal al pueblo

La Promesa Argentina nació como una invitación individual. Quien la firma se compromete a viajar por el país de otra manera: conocer los territorios y sus historias, acercarse a la gente que los habita y dejar lo que el movimiento llama una “huella buena”. Dos de sus lemas lo resumen: “Viajar es honrar” y “Viajar es sembrar vínculos”.

Detrás está Maita Barrenechea, fundadora de La Promesa Argentina, con más de cuatro décadas como referente internacional del turismo argentino. La idea nació de una pregunta que empezó a hacerse después de tantos años de oficio: qué huella deja un viaje. Su convicción es que, bien entendido, viajar puede ser una fuerza para el bien. Hoy la iniciativa funciona con un equipo de embajadores y un Consejo Federal.

La frase que guía al movimiento pone el afecto en el centro: “Uno solo cuida lo que ama, y solo ama lo que conoce”. Para Maita, la secuencia completa tiene cuatro verbos: conocer, querer, cuidar y legar. Lo heredado se cuida para entregarlo a quienes vendrán. Por eso vuelve siempre a la misma pregunta: “¿Qué queremos prometerles a quienes todavía no han nacido?”.

Lo que cambia con Areco es la escala. Una promesa firmada por un pueblo funciona como una carta de presentación: le dice al que llega qué se espera de él antes de que baje del auto. Y al mismo tiempo compromete a quienes reciben. El objetivo, según Barrenechea, es “crear una comunidad sana, con futuro” y con oportunidades para quienes viven ahí.

Con la firma de Areco nació también Pueblos con Promesa, la iniciativa con la que La Promesa Argentina quiere sumar a otras comunidades. Sus impulsores aclaran que no es un sello ni una certificación: no se compra ni se otorga y, como expresa el acta, trasciende cualquier gestión. Cada pueblo escribe su propia promesa, la sella en un acto público y se compromete a renovarla con los años.

El camino combina las tres líneas de trabajo del movimiento: viajes territoriales, diálogos con la comunidad y acciones con propósito. Primero, el equipo visita el pueblo para conocerlo de cerca. En Areco, ese viaje incluyó talleres de plateros y sogueros, artistas y proyectos sociales y educativos. Durante la visita, un diálogo abierto invita a los vecinos a imaginar su propia promesa: qué aman, qué quieren cuidar y legar, y cómo desean compartirlo con quienes llegan. En paralelo, el equipo se reúne con cooperativas y ONG locales para definir una acción concreta. Cuando la promesa está escrita, vuelven para sellarla y llevar adelante esa acción. Para Maita, es la manera de cumplir con su propio papel de huéspedes.

En Areco, después de la firma, la acción tuvo como protagonistas a las familias de CONIN, la organización que trabaja en la prevención de la desnutrición infantil y acompaña a las familias, y que en el pueblo lidera Wini Maino. Cincuenta personas, entre madres e hijos, recorrieron el Laberinto Pampa. Escucharon la Promesa Arequera, aprendieron sobre la tradición y la hospitalidad, y compartieron un té con alfajores donados por La Olla de Cobre. “Queremos sembrar desde la infancia el amor y el orgullo por el propio pago, cultivando el arraigo”, dice Maita. La idea es que los chicos conozcan su lugar, descubran su valor y se sientan parte de una historia que también les pertenece.

Maita también vuelve sobre las líneas de Güiraldes buscando inspiración para enarbolar un pedido: “Ojalá puedan seguir regalando esa hermandad que mejora al hombre”, dijo al cierre de la presentación de La Promesa Arequera.

En 1730, los pobladores de la frontera le hicieron un voto a un santo para que los protegiera. Ahora es el pueblo el que ofrece algo: un lugar más en el fogón para el que llega, a cambio de que camine despacio.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/el-pueblo-gaucho-que-le-pide-al-visitante-ir-despacio-y-resguardar-la-mistica-de-sus-calles-nid13102026/

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