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El reflejo de la luna

Pocas postales porteñas pueden dar mayor sensación de melancolía o incluso de poética tristeza que la que exhibe, en un escenario nocturno, el reflejo de la luna sobre el empedrado mojado. Si a...

El reflejo de la luna

Pocas postales porteñas pueden dar mayor sensación de melancolía o incluso de poética tristeza que la que exhibe, en un escenario nocturno, el reflejo de la luna sobre el empedrado mojado. Si a...

Pocas postales porteñas pueden dar mayor sensación de melancolía o incluso de poética tristeza que la que exhibe, en un escenario nocturno, el reflejo de la luna sobre el empedrado mojado. Si además llueve y la cuadra está vacía y en silencio, la imagen tiene todavía más fuerza. Es como la portada de un disco de tango.

Me tocó una noche de este octubre lloviznoso caminar por un paisaje como ese. Pensé entonces, con algo de pena, que ya no quedan tantas calles adoquinadas. El asfalto fue ganando terreno. Es que habrá que reconocer que la poesía del adoquín no se lleva bien con la suspensión de los autos. Recordé entonces uno de los versos más lindos que nos dio la lírica tanguera. Está en “Melodía de arrabal”, cuando Carlitos Gardel le canta a su viejo barrio: “Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón que al rodar en tu empedrao es un beso prolongao que te da mi corazón”. Nadie diría algo tan bonito sobre una cinta asfáltica.

Hay que decir que el empedrado porteño tiene una historia muy rica, que comenzó allá lejos y hace tiempo, en el siglo XVIII, cuando la ciudad no tenía ni tantas manzanas ni tantas calles, y todas ellas eran de tierra. De fango, cuando llovía. Un verdadero engorro para peatones, caballos y carretas que debían cruzarlas o recorrerlas.

El primer registro de algo parecido al adoquinado tiene que ver con el gobernador Miguel de Salcedo, en 1734, que mandó hacer un camino de piedras para pasar de la puerta del Cabildo a la Catedral.

En 1780, el virrey Juan José de Vertiz fue el primero en realizar un adoquinado. Se hizo sobre Bolívar, entre Victoria (actual H. Yrigoyen) y Alsina. Las rocas para este empedrado eran el lastre que traían los barcos que venían de Europa. El método de pavimentado era bastante precario: simplemente se ponían los adoquines sobre una capa de arena extraída del río, lo que hacía el tránsito muy inestable.

Esta pavimentación llegó para fines del siglo XVIII a una de las calles más elegantes de aquel virreinato. Se trata de la actual Florida, que en aquel entonces pasó a ser conocida por los vecinos, precisamente, como “calle del empedrado”.

Los adoquines fueron extendiéndose por el centro de la aldea porteña, aunque su rusticidad seguía siendo manifiesta. Las piedras de tamaños irregulares, apoyadas sobre una fina capa de arena, hacían dificultoso el rodar de los vehículos. Y todo se complicaba con las lluvias, casi igual que en los tiempos de las calzadas de tierra.

Quizás el contratiempo más marcado en la evolución de estos pavimentos primigenios se haya dado en tiempos de un jefe de policía llamado Cayetano Cazón, nombrado en 1853, que se había dado a la tarea de las obras públicas de la ciudad y había ideado un método revolucionario para empedrar calles. Según cuenta el arqueólogo Federico I. Coloca en Buenos Aires Historia, este funcionario decidió emparejar el terreno callejero con residuos de la ciudad que luego cubría con las llamadas “piedras de bola” traídas de la Isla Martín García. El experimento, que podía parecer de índole ecologista, fue un rotundo fracaso. Los carros y carretas traqueteaban ferozmente y terminaban estropeados. Además, con el calor del sol, las rocas se calentaban y la basura que había debajo fermentaba y despedía un olor nauseabundo, capaz de descomponer a los vecinos. Más que nunca aquí podría aplicarse la frase aquella de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Para 1893 llegó un avance trascendental. El hormigón, con el cemento Portland o cal, reemplazó los cimientos de arena. Esto hizo que las calles fuesen más firmes y casi invulnerables frente a las lluvias.

Hoy, pese al gran dominio del asfalto, del total de 30.000 cuadras de la ciudad, 3.800 conservan adoquines. La mitad de ellas están protegidas por causas de patrimonio. Una buena noticia para los nostálgicos que seguimos buscando el reflejo de la luna sobre algún empedrado de los viejos barrios porteños.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/el-reflejo-de-la-luna-nid12102026/

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