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El sabor de la cereza

Hay pocas cosas en la vida que disfrute más que el helado. No pasa un día sin que desee reencontrarme con su dulzura, tan sedosa y glacial. No importa si estoy en el invierno más despiadado o en...

El sabor de la cereza

Hay pocas cosas en la vida que disfrute más que el helado. No pasa un día sin que desee reencontrarme con su dulzura, tan sedosa y glacial. No importa si estoy en el invierno más despiadado o en...

Hay pocas cosas en la vida que disfrute más que el helado. No pasa un día sin que desee reencontrarme con su dulzura, tan sedosa y glacial. No importa si estoy en el invierno más despiadado o en el verano más inclemente: lo quiero siempre.

En mi cabeza he armado no sé cuántos rankings, cada uno tan subjetivo como indiscutible: las tres mejores heladerías artesanales de Buenos Aires, las cadenas más dignas o las marcas industriales –esas que uno puede comprar en el súper– menos peores. En un país tan dividido como la Argentina, hay una sorprendente concordia a la hora de elegir gustos: según la cámara de helado artesanal, seis de cada diez argentinos prefieren dulce de leche, chocolate y frutilla, en sus distintas versiones.

Pero ¿qué pasa con los que no integramos ese grupo tan grande? ¿Los que nos inclinamos por opciones que, a menudo, nos avergüenza revelar en público? ¿Los que, en medio de una reunión con amigos o familiares que deciden pedir helado, sugerimos un sabor casi en un murmullo porque sabemos que, indefectiblemente, nos espera el escarnio público y una lluvia de insultos crueles disfrazados de bromas?

Es hora de sincerarse, de llamar a las cosas por su nombre. Soy Andrés, tengo 42 años y mi helado favorito es la cereza a la crema.

Como tantas obsesiones tempranas, ignoro el momento exacto en que este gusto se metió en mi vida. Solo sé que me acompañó en las distintas etapas de mi crecimiento: en el vasito de una bocha de mi primera infancia, el cucurucho de mi adolescencia y el vaso de cuarto de mi vida adulta. Reconozco las virtudes de otros sabores –el ocasional chocolate con almendras, el pistacho, el súper dulce de leche–, pero para mí solo sirven como acompañantes, meras guarniciones para este plato principal color rosa chicle, casi fluorescente.

Para el paladar con ínfulas de sofisticación, el helado de cereza puede resultar muy artificial. Abundan quienes lo definen como “gusto de vieja” o “gusto de nene” –que se pongan de acuerdo–, además de cuestionarlo por “empalagoso”. Es cierto: las cerezas en almíbar o estilo marrasquino que se usan para su elaboración nada tienen que ver con el sabor original de esa fruta. Poco importa, no conozco aún la burla o el argumento que puedan arrancarme de su hechizo. Muchas cosas que disfrutaba en la niñez –VideoMatch, los libros de Elige tu propia aventura, el algodón de azúcar– no sobrevivieron al paso del tiempo, pero mi favoritismo por este sabor sigue ahí, con una vigencia tan enigmática como inalterable.

Que nadie me venga a hablar de la menta granizada, un gusto infinitamente más popular, con partidarios y detractores tan numerosos como insufribles. Pongámoslo en términos futbolísticos: si la menta es un equipo grande, como River o Boca, la cereza es Alianza de Cutral-Có, una modesta escuadra patagónica desconocida para gran parte de la afición. Jamás escuché a otra persona pedir cereza en las decenas de heladerías que he visitado a lo largo de treinta y pico de años. Alguna vez pensé que quizá era el único que lo solicitaba, aunque es improbable.

¿Puede extinguirse un gusto de helado? Resulta que ese tipo de cosas suceden. Cincuenta años atrás, existían sabores como “tocino del cielo” –con vainilla, yemas de huevo y caramelo de azúcar- o “Málaga” -con pasas de uva y vino–, que por cuestiones de precio o cambios de tendencia en el consumo, dejaron de fabricarse.

¿Y si la cereza sigue el mismo camino? Pensé en eso la semana pasada, cuando visité una –otrora– famosa heladería de Palermo que solía frecuentar hace algunos años. Descubrí con pesar que la eliminaron de su menú y que ahora también venden pizza de pepperoni, tal vez para complementar la baja estacional de las ventas. Me conformé con pedir un cuarto de frutilla a la crema, banana split y pistacho de una calidad aceptable, y me despedí como quien abandona a un amigo con quien ya no comparte nada.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-sabor-de-la-cereza-nid19082026/

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