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El verano del Hombre Gato

No salgo del asombro, y eso que ya pasaron varios días… Querido lector, permítame recapitular: el fin de semana asistí a una función de ...

El verano del Hombre Gato

No salgo del asombro, y eso que ya pasaron varios días… Querido lector, permítame recapitular: el fin de semana asistí a una función de ...

No salgo del asombro, y eso que ya pasaron varios días… Querido lector, permítame recapitular: el fin de semana asistí a una función de Stekelman en tres tiempos, una retrospectiva sobre la obra de la coreógrafa argentina Ana María Stekelman con la que el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín eligió inaugurar la temporada 2026.

La primera maravilla de la noche -más allá del prodigio de los bailarines en escena, claro- fue que no se escuchara un solo celular durante el programa. Si frecuenta los teatros, coincidirá conmigo en que se trató de una rareza. Pero eso es material para otra oportunidad.

Vuelvo al tema que nos convoca (si se quiere, la segunda originalidad de la velada): al cierre del espectáculo, entre la ovación del público que colmaba la Martín Coronado comenzó a distinguirse un sonido particular, ajeno al metálico clap-clap de los aplausos, que se repetía cada pocos segundos en series de tres. Y aquí no queda más remedio que echar luz apelando a la onomatopeya. El eco en cuestión hacía guau-guau-guau.

Desde mi ubicación resultaba imposible detectar al emisor de los ladridos, que se replicaban al fondo de la sala mientras los rostros de mis camaradas espectadores pasaban del éxtasis a la desencajada perplejidad. Hasta que un grupo de chicas sentadas varias filas detrás zanjaron la cuestión: “Ay”, se sorprendió una de ellas. “¡Es un therian!”.

Ya habrá escuchado usted -y leído, en estas páginas- del nuevo fenómeno que sumamos este mes al listado de tribus urbanas (aunque data de los años 90): el de los seres humanos que se perciben de forma parcial como animales, y que van por la vida haciendo gala de ello: ladran, maúllan, saltan o reptan, según el caso. Pues bien, el domingo tuve mi primer encuentro con un therian porteño, uno lo suficientemente mundano como para disfrutar de la danza.

Mientras los humanos que nos seguimos percibiendo como tales intentamos que psicólogos y otros especialistas esclarezcan esta tendencia digna del realismo mágico, regresé a casa tras la función riendo sola mientras recordaba a un personaje de mi infancia que ahora podría considerar como la génesis del fenómeno: el Hombre Gato.

En un tenebroso verano a mediados de los 80, “existió” -al menos en el sur del conurbano bonaerense, donde crecí- un engendro salvaje, mitad humano, mitad felino, que según se decía atacaba por las noches a transeúntes desprevenidos. Conforme las descripciones de quienes juraban haberla visto, la criatura vestía de negro, tenía rostro gatuno, lanzaba maullidos espeluznantes y era capaz de escalar muros y arañar ventanas para embestir a sus víctimas.

“Dicen que atacó a la esposa de Chiqui”, escuché una mañana relatar a una vecina . “¡Y anoche anduvo por la avenida!”, le replicó otra.

La paranoia tomó las calles. Todos -hombres, mujeres y niños- salíamos corriendo a refugiarnos donde y como podíamos cada vez que se oía un maullido. Todos, claro, menos los graciosos de turno, que aprovechaban la psicosis colectiva para divertirse y volvían de sus noches de juerga gimiendo en la oscuridad, para el horror de los infantes que, muy alejados del mundo de los dulces sueños, temblábamos bajo las sábanas.

Como la policía nunca lograba dar con el infernal engendro y se multiplicaban los “reportes” de ataques gravísimos, en los barrios los hombres con espíritu heroico se agrupaban en patrullas vecinales. Todo con tal de cazar al esperpento, aquel prototherian criollo que nos confinó en ese demencial verano y nos obligó a los juegos de mesa, las siestas forzosas con el ventilador al máximo y las ventanas bien trabadas.

Tiempo después, el Hombre Gato desapareció. Se fue como había llegado, en silencio, fiel a su destino de leyenda urbana.

Habrá que ver si los therian modelo 2026 resisten hasta el otoño, en cuyo caso, a juzgar por los hechos, ya los imagino felices, a puro ladrido y maullido, vibrando con Marianela Núñez en el Colón.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-verano-del-hombre-gato-nid19022026/

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