Generales Escuchar artículo

“En 1983, la gente casi da vuelta y quema un Falcon verde sin saber que allí viajaba el flamante presidente, Raúl Alfonsín”

“Parezco Zelig: estoy al lado de Alfonsín cuando lo eligen presidente; al lado de militares cuando los condenan; le hago las últimas fotos a Cortázar en Buenos Aires, antes de que muera; y de ...

“En 1983, la gente casi da vuelta y quema un Falcon verde sin saber que allí viajaba el flamante presidente, Raúl Alfonsín”

“Parezco Zelig: estoy al lado de Alfonsín cuando lo eligen presidente; al lado de militares cuando los condenan; le hago las últimas fotos a Cortázar en Buenos Aires, antes de que muera; y de ...

“Parezco Zelig: estoy al lado de Alfonsín cuando lo eligen presidente; al lado de militares cuando los condenan; le hago las últimas fotos a Cortázar en Buenos Aires, antes de que muera; y de repente estoy al lado de Maradona cuando hace el gol más importante en el Mundial de 1986”, dice Dani Yako (1955), uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina. Incontables imágenes que, desde siempre, son parte del paisaje familiar y cotidiano de la Argentina, fueron tomadas por Yako.

Ahora, sentado en su estudio, un ambiente ascético –paredes blancas, fotografías en blanco y negro, estantes con libros y un pequeño laboratorio donde procesa sus materiales– Yako recorre su vida y su trabajo, y en ese gesto captura algunos momentos de la Argentina de las últimas cinco décadas.

De sus años en el Colegio Nacional de Buenos Aires quedaron algunos amigos incondicionales, una hermandad que en los años de la dictadura y el exilio tomó forma de tribu familiar en España: Martín Caparrós, Graciela Fainstein, Silvia Labayru –su historia fue narrada en el libro La llamada, de Leila Guerriero– Silvia Luz y Alba Corral, entre otros. Todos ellos son parte del libro exilio 1976-1983, editado por Yako. Durante los seis años que duró el destierro, Yako trabajó para Associated Press, The New York Times, Interviú, El Periódico de Cataluña, Siete Días, La Semana y El Gráfico.

Su primer trabajo profesional, marca, fue en el diario La Calle, dirigido por Martha Mercader. Admiraba al gran fotógrafo argentino Jorge Aguirre y sus registros de la ciudad, pero también a Antonio Legarreta y Ricardo Alfieri, gigantes de la fotografía deportiva y reporteros estelares de la revista El Gráfico.

El llamado del periodista y editor Horacio Tato, en 1982, invitándolo a incorporarse a la flamante agencia de noticias DyN (Diarios y Noticias) lo llevó a hacer las valijas, dejar España y regresar a una Argentina en plena transición democrática. Ya había trabajado con Tato en la legendaria NA (Noticias Argentinas), en 1973. Con la transición democrática en marcha, Yako cubrió la campaña presidencial de Raúl Alfonsín: cada acto, cada recorrida en el interior, y finalmente, la espera ansiosa por el resultado electoral en la intimidad de una quinta en Don Torcuato y la caravana en los Falcon verdes ya como presidente de la Argentina. Las imágenes de ese momento, que considera “uno de los más felices” de su vida, fueron reunidas en el libro 1983, con prólogo del mismo Alfonsín, 25 años después.

El 3 de diciembre de 1983, la lente de Yako registró también las últimas imágenes de Julio Cortázar en Buenos Aires. El escritor había llegado a la Argentina para despedirse de su madre. Ella estaba enferma, pero él también: moriría dos meses después en París. Cortázar quería que ese reencuentro con la Argentina fuera lo más privado posible y había decidido dar una sola entrevista a algún periodista “de confianza”. El escritor y librero Héctor Yánover le recomendó a un jovencísimo Martín Caparrós. Yako y Caparrós fueron al apart hotel donde se alojaba el escritor, en San Martín y Córdoba, en el centro porteño. “Me acuerdo que hacía muchísimo calor. Le insistí mucho para que saliera a la calle a hacer las fotos. No quería. Cuando salimos, la gente lo paraba, lo saludaba muy afectuosamente. Cuando volvimos al apart estaba conmovido, muy emocionado por las muestras de cariño”, recuerda Yako, que durante años fue editor fotográfico del diario Clarín.

Las historias y las evocaciones se multiplican. Yako y el fotógrafo enviado por La Nación para hacerle retratos, Hernán Zenteno, disfrutan hablando de lentes, modelos de cámara y tecnicismos de la profesión. Intercambian ideas, opiniones, ¿secretos?, del oficio que comparten y aman.

Una de las fotos de Yako en el Juicio a las Juntas cobró notoriedad hace poco a instancias de la película 1985, dirigida por Santiago Mitre y protagonizada por Ricardo Darín, en la piel del fiscal Julio César Strassera. El fiscal de pie, acompañado por el fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo, discuten con Hebe de Bonafini, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. El uso de insignias políticas impide que comience la audiencia, por eso buscan persuadirla: necesitan que se saque el pañuelo blanco de su cabeza. Esa imagen, como tantas otras, fue tomada por Yako.

Lo mismo sucede con la fotografía que está en la portada del libro La Llamada, de Guerriero: el retrato de Silvia Labayru que ilustra la tapa de las ediciones argentina y española se replicó en las distintas traducciones del libro que fue un éxito de ventas y de crítica. O la foto de Diego Maradona celebrando el segundo gol en el partido con Inglaterra, en el Mundial de 1986. Por el uso sin su autorización, ni pago ni crédito de esa imagen por parte de La Asociación de Fútbol Argentino (AFA), Yako entabló una demanda por derechos de autor a la AFA que todavía está sin resolución.

Durante los años noventa, Yako desarrolló un proyecto sobre la crisis laboral que luego volcó en su libro Extinción. Luego siguió El Silencio, que aborda la desocupación a través de la vida de un barrio entre 2005 y 2015. Ahora, acaba de publicar el libro Exclusión (Rizoma), donde reúne imágenes en blanco y negro de personas durmiendo en la calle –un registro crudo, conmovedor, de esas personas invisibilizadas que habitan la ciudad de Buenos Aires– y textos de Caparrós. Hace diez años que Yako hace estos registros que, dice, forman parte de la “Trilogía de la Argentina desolada”.

–¿Cuándo descubriste que querías dedicarte a la fotografía?

–Estuve mirando las fotos más antiguas y hay unas que hice del último campamento en el Nacional de Buenos Aires, en enero de 1974, que realmente me gustan mucho. Son cuatro rollos donde hay decenas de situaciones. Pero todavía yo no era fotógrafo. Yo era militante de la Fede (Federación Juvenil Comunista) y era muy mal militante. Me afilié cuando tenía 12 años por mandato familiar: era hijo de comunistas, hermano de comunistas. En algún momento dije que no iba a militar más, que “la lucha” no era lo mío. Mi caída en la estructura partidaria era constante cada año. Pedí la baja. Entrar era fácil, pero irse no tanto. Y cuando se hizo este campamento me dijeron: “¿No te gustaría hacer fotos para la revista de la Fede? Es una forma de militar, pero no es militar”. Entonces empecé a hacer fotos para la revista. Creo que la primera foto que considero periodística es la que hice del entierro del primer asesinado del Nacional de Buenos Aires, “Roña” Bekerman. Lo mató la Triple A en Quilmes, el 22 de agosto de 1974, mientras preparaba un acto para conmemorar la masacre de Trelew. Tenía 18 años.

–¿Qué fotografiaste?

–El entierro en el cementerio de La Tablada, con los estudiantes. Eso es lo primero que rescato como periodístico. Pero descubrí que la fotografía era lo que me gustaba hacer en el segundo año de la carrera de arquitectura. Seguía estudiando y en un momento tuve que optar entre la profesión y la arquitectura. Y mi primer trabajo profesional fue en el diario La Calle, año 75. La directora, que era Martha Mercader, era la madre de uno de mis mejores amigos, Claudio Sánchez Albornoz. Descubrí que era mi vocación porque conocí al jefe de fotografía, Jorge Aguirre, que es un maestro para mí. Empezamos a salir, él con su Leica y yo, que no tenía plata para Leica, salía con una Pentax que después me robaron. En ese momento conocía vagamente el trabajo de Cartier-Bresson, de Doisneau, pero cuando vi la primera gran muestra de fotografía que se hizo en la Argentina, que fue la de André Kertész en el Museo de Bellas Artes, dije: “esto está bueno”. Y en ese momento pasó una cosa que creo que también me marcó un poquito.

–¿Qué fue?

–Mi primer viaje como fotoperiodista fue para La Calle, que era filocomunista. En el 75, en Concordia, la Triple A estaba amenazando a militantes comunistas. Había que viajar y con el tema de las amenazas los fotógrafos decían que no podían ir. Yo era el último, no tenía experiencia. Fui a hacer una nota sobre eso. Fue mi primer viaje periodístico y esa noche me secuestra la Triple A. Me pasean por la ciudad, me hacen un simulacro de fusilamiento y dicen: “si esta nota sale, la bala va a salir de verdad”. Isabel primero cierra Noticias y, después, clausura también La Calle. Ahí nos quedamos sin trabajo Jorge y yo. Y empecé a colaborar con Noticias Argentinas (NA) en el 75. Disfrutaba mucho de estar en la calle y también disfrutaba mucho del fútbol: yo soy un fanático del fútbol y los primeros fotógrafos que admiré eran los de El Gráfico. Para mí Legarreta y Alfieri viajando por el mundo, haciendo fotos de fútbol, era: “¡Qué laburo del carajo!”.

–En ese momento tenés 19 años y estás en pareja. Una noche, mientras duermen en la casa de los padres de ella –en la que también dormía otra amiga–, suenan todos los timbres en simultáneo, sube una patota, los secuestra y los llevan al centro clandestino de Garage Azopardo. ¿Podés reconstruir ese momento?

–Pese a estar trabajando en un medio periodístico, realmente no teníamos idea de lo que estaba pasando en su real dimensión: la cosa sistemática de secuestros, la tortura. No estaba esperando que me pasara, así que fue un shock. A Graciela la suben en el Falcon y a mí me tiran en el baúl. Nos llevan hasta Garage Azopardo. A ella la torturan, la picanean, la violan. A mí me torturan, me aplican un poco de picana y me pegan mucho: me pegan doblemente por judío. Después me enteré por el juez Daniel Rafecas que había banderas nazis colgadas en Garage Azopardo. En 2010 hice una recorrida de ese lugar con Rafecas, como parte de las causas de lesa humanidad. Cuando la torturaban a Graciela, me ponían al lado a mí para escuchar. Ella tenía 19. En el segundo o tercer día seguían pegando: estábamos con grilletes contra la pared y a cada hora venían y me ajustaban para que, simplemente, duela. Al tercer día cambió el trato, nos dejaron ir al baño, nos dieron agua, nos dieron de comer. Uno de los tipos me dice: “¿Quién sos pibe? Llamó Harguindeguy preguntando por vos, quería saber si estabas acá”. Y dos días después nos liberan.

–Los dejan en La Boca, de madrugada, y te las arreglás para conseguir un taxi. Primero dejan a Pupi en su casa y después ustedes van a lo de tus padres.

–Sí, y el chofer no pregunta, no dice nada y no nos cobra. Graciela estaba en estado de shock total. Yo estaba un poco más entero. Al otro día, vuelvo con el hermano de Graciela al departamento donde nos habían secuestrado. Habían saqueado; se habían robado todo. Habían dejado los muebles y mi equipo fotográfico estaba ahí intacto, en el medio del living, como si lo hubieran puesto después. Yo creo que se lo llevaron y cuando vieron que era periodista de NA, les dijeron: “devuélvanlo”. El equipo fotográfico estaba en el medio del living, solo. Sacamos los pasaportes. Y ahí decidimos: nos vamos. Los padres de Graciela estaban en Europa.

–¿Cuánto sabés del proceso ligado a tu liberación?

–Hace unos meses hubo una reunión de los que habían trabajado en NA y DyN. Y estaba Raúl García, que era el jefe de redacción de NA en ese momento. Todos recordamos a Tato. Además de gran periodista, yo le debo la vida. Y Raúl García dice: “Bueno, yo también querría recordar cuando fuimos con Tato a ver a Harguindeguy”. Yo creía que había sido una conversación telefónica, pero no. Tato lo llamó a Harguindeguy, que era el ministro del Interior, gestionó una reunión en Casa Rosada y pidió por mí. El directorio de NA le pide que Tato no fuera solo a la cita y Raúl García fue con él. De eso me enteré hace poco. Los militares básicamente decían “están en la joda, están en la guerrilla, están en los grupos armados”. Tato y el resto ponían las manos en el fuego de que yo no estaba en el PRT ni en Montoneros ni nada. Y a los dos días lo llamó a Tato de nuevo para que vaya. Fue solo y Harguindeguy le dijo: “lo de tu pibe está resuelto”.

–Tato parece ser un personaje injustamente ignorado por el gran público. Creó dos agencias de noticias que fueron modelo y José Ignacio López siempre recuerda que pudo hacerle la pregunta a Videla por los desaparecidos porque tenía el respaldo de Tato, el director del medio en donde trabajaba.

–Sí, quizás no se valora porque, creo, Tato carga con el apellido injustamente: era hijo del censor de la dictadura , y eso lo ponía en un lugar raro. NA tuvo un papel muy importante. Muchas de las cosas que el Buenos Aires Herald publicaba sobre desaparecidos eran cables de NA. Se cubrían las marchas en Plaza de Mayo. Y Tato, a través de Miguel Ángel Cuarterolo, es quien me hace volver de España. Me ofrece un puesto fijo en la nueva agencia, DyN, que nace en 1982, un par de meses antes de la invasión a Malvinas. Y en diciembre del 82 me volví, después de seis años. Nunca tuve miedo. Nunca tuve pesadillas. El fin de año del 82 lo pasé acá.

–Cuando empieza la campaña electoral de la transición democrática, la agencia los convoca a vos y a otro fotógrafo, Omar Torres, para cubrir a los principales candidatos: Ítalo Luder y Raúl Alfonsín. Entonces, Torres dice: “Yo voy con el ganador. Yo lo sigo a Luder” y vos te quedaste, por descarte, con Alfonsín. Nadie preveía que podía ganar Alfonsín.

– Sí, fue la primera vez que hubo esa experiencia de cobertura en elecciones argentinas. Empezamos con algunos actos acá, después en la provincia de Buenos Aires, hasta que logré un poco de confianza de Alfonsín y su grupo. Hubo un momento que fue un quiebre, en el mejor sentido. Fue en la foto que hice de un acto en Oberá, Misiones. Había miles de personas en una cancha de fútbol, estaba Alfonsín hablando, muy enérgico, y las tribunas repletas. Creo que fue el primer lugar donde recitó el Preámbulo de la Constitución. Mando la imagen a la agencia, se publica mucho y los radicales me la piden. Cuando vuelvo, todo Buenos Aires está empapelado con mi foto. Ahí ellos dijeron: “este tipo nos sirve”. Después se produce otra foto, que también marcó un cambio en la relación con Alfonsín. Se había promulgado la Ley de Autoamnistía y justo ese día de casualidad me toca viajar con él en el avión. El avión era muy chiquito, tenía seis plazas, así que era todo muy íntimo.

–¿Él sabía algo sobre tu historia personal?

–Sabía que me había ido del país y había vuelto, pero sin detalles. Me dice: “Dani, lo primero que hago si llego a ser presidente es derogar esta ley”. Fue como si me estuviera dando una exclusiva. Y fue también un momento de mucha intimidad. Yo era un fotógrafo más en ese momento, no era conocido. Y fue lo que hizo: el Congreso derogó la ley y después vino el Juicio a las Juntas. Y hay otro momento. Estábamos en Formosa, había llovido mucho y habíamos recorrido una villa. A Alfonsín se le habían embarrado los zapatos. Volvimos a almorzar y se le acerca un chico lustrabotas que le dijo: “Maestro, ¿le lustro los zapatos que los tiene embarrados?”. Alfonsín acepta. El pibe se pone a lustrar, yo levanto la cámara y me dice: “Dani, esta foto no. Se puede malinterpretar”. Y yo dije: “No hay problema”. No hice la foto. Fue al acto, después vamos a cenar y en el postre me dicen que Alfonsín quería hablar conmigo. Me dice: “Perdoname por lo de hoy, no es mi idea censurar tu trabajo, no soy así. No quería que se malinterprete y la verdad es que me quedé mal por haberte censurado. Pedime una foto. ¿Qué foto querés?”. Le pedí una foto de intimidad, armando la valija, en el cuarto del hotel. Y la hicimos.

–Finalmente, llega el día de las elecciones y vos estuviste con él y su equipo esperando los resultados.

–Ese día vamos a Chascomús y volvemos temprano. A mí me dicen que tengo que estar a las 4 de la tarde en la YPF de Don Torcuato. Él va a esperar los resultados en un lugar secreto y tranquilo. “Pero no queremos que se sepa, así que no te lo vamos a decir. Te vamos a buscar y después arreglá para que venga un motociclista y se lleve la película”. Entonces a las 4 de la tarde nos llevan a una quinta, que después me enteré que era de Alfredo Odorisio y ahí esperamos los resultados. Tengo varias imágenes. La más linda es cuando le dicen que ganó y él sale con su hija Marcela a pasear por el parque abrazados. Ahí a las 9 y pico dicen dónde está Alfonsín y llegan todos los periodistas a Don Torcuato. Él no quería ir al comité radical hasta que Luder no reconociera la derrota. Se demoró mucho. Él iba a ir con campera, como estaba. Lorenza, su mujer, le dice que vaya así como está. Y él responde: “No, yo voy de traje. ¡Soy el presidente y voy de traje!”. Hubo un momento muy impresionante: estaba el pibe que era el policía que tenía asignado a la custodia y, de repente, cambió todo. Aparecieron decenas de Falcon y sus choferes dijeron: “ahora cuidamos al presidente”. Cuando vamos para el centro, agarramos Cabildo y, a la altura de Juramento, la gente que estaba festejando eufórica ve todos esos autos Falcon, los rodean y empiezan a gritar: “¡hijos de puta!”. No sabía que quien iba en uno de esos autos era Alfonsín. Fue una situación rarísima: estaban a punto de darnos vuelta el auto y quemarlo. Y Alfonsín adentro. Hasta que él baja la ventanilla, saluda y la gente lo ve. Y todo cambia en un instante.

–¿Cómo fue cubrir el Juicio a las Juntas?

–La cobertura del juicio fue un pool: entraba un fotógrafo por día. Uno de DyN, uno de Télam y uno de NA. Y la misma foto la distribuíamos todos a los medios. Al día siguiente había que mandar los negativos a la Cámara Federal, no se los quedaba nadie. La Cámara los archivaba. Hacíamos fotos, las fotos eran todas parecidas. Fotográficamente, la luz era difícil y era un poco monótono. Al principio iba mucha gente y al final no había ni gente ni periodistas. O sea que 1985 está un poco. Quizás, en su momento, no valoré lo suficiente lo que estaba pasando, no sé por qué. No estaba especialmente emocionado ni motivado. De hecho, tampoco guardé muchas fotos de esas. Guardé dos fotos. Creo que estoy enojado porque se perdieron todos los negativos.

–¿Esos negativos fueron robados, destruidos? ¿Qué pasó?

–El día que fuimos a pedir los negativos habían desaparecido. O sea, no hay ningún negativo. Para mí, alguien se los robó. Alguien los tiene. Yo no creo que los hayan destruido. Es un misterio. Lo que circula son las copias que se hicieron ese día. Después no hubo forma de hacer nuevas copias porque desaparecieron. En todos los temas de derechos humanos iba una copia para Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Una vez por semana pasaba el motociclista y retiraban las copias. Ellas guardaron todo, lo guardaron bien y tienen el mejor archivo del juicio y de otros temas. Eran muy ordenadas.

–Uno de tus fotos registra al fiscal Strassera –y al lado Moreno Ocampo– tratando de convencer o persuadir a Hebe de Bonafini de que se saque el pañuelo blanco para empezar la audiencia. ¿Cómo es la historia de esa foto?

–Yo no tengo esa foto. Los chicos que estaban investigando para la película 1985 descubren esa foto que saqué yo. Los abogados de los militares decían que había una consigna: nadie podía tener ningún distintivo de ningún tipo dentro del juicio, nada que indique algo político de parcialidad. Y ellos decían que el pañuelo era una insignia. Entonces ahí hay una discusión. Hebe estaba sentada ahí y no quería sacarse el pañuelo. Ese día me tocaba cubrir a mí. Vi que estaba esa situación, fui y la fotografié. Están Strassera, Moreno Ocampo y Hebe discutiendo. Bueno, finalmente Hebe se saca el pañuelo y empieza. Lo que pasó es que utilizan esa foto en la película. Pero en 1985 se toman algunas licencias, aparece como que ese es el momento donde el juicio empieza: Hebe se saca el pañuelo y puede empezar. Fue uno de los primeros días, pero no estoy seguro de que haya sido el primer día del juicio. La recuperaron los chicos de la película 1985 del archivo de las Madres, me dieron un escaneo bueno y yo la tengo. La única foto que guardé es una que pude hacer desde arriba a Videla, Massera... vertical, en donde están todos. Esa sí me pareció una foto fuerte, importante y guardé una copia.

–Con tus distintos libros exilio, Exclusión y Extinción, tengo la sensación de que has hecho un registro histórico de los últimos 50 años de la Argentina. ¿Coincidís?

–Cuando era más joven, mi idea, mi sueño, era entrar en la agencia Magnum y contar el mundo. Y luego cuando volví a la Argentina, cambié de perspectiva y sentí que quería hablar de mi país. En algún momento pensé que todo empezaba con el libro sobre 1983 y en realidad empezó con el libro exilio. Luego, me alejo de la actualidad, quiero contar la Argentina de otra forma: hice los libros El Silencio y La Desocupación, y cierro la trilogía con Extinción, el libro de los que quedaron afuera del sistema. Por un lado, siento que por unos años parezco Zelig: estoy al lado de Alfonsín cuando lo eligen presidente, al lado de militares cuando los condenan, le hago las últimas fotos a Cortázar en Buenos Aires, antes de que muera; y de repente estoy al lado de Maradona cuando hace el gol más importante en 1986. No sé si llamarlo casualidad. Estoy ahí porque era un buen reportero, quizás. Pero también era solo trabajo. Estaba trabajando. Cuando empiezo con mis proyectos personales, como Extinción, ya deja de ser trabajo. Quizás tienen que ver con mi alejamiento del fotoperiodismo clásico.

–¿Cómo definirías el tipo de trabajo que hacés?

–Cuando me preguntan qué hago, si hago fotoperiodismo o fotografía documental, digo que hago no ficción. Soy yo y lo que me rodea. Y trato de mostrarlo. Estuve ahí. Es una de las grandes cosas que tiene la fotografía: hay que estar. Antes los medios gráficos facilitaban gran parte del trabajo de estar, tener una semana para hacer un viaje a un pueblito o contar la historia de alguien. Eso está desapareciendo. Es un momento un poco dramático de nuestra profesión. Al mismo tiempo creo que hay más fotografías de todo que nunca.

–¿Y cuál es la diferencia entre tener una cámara, hacer una foto y ser fotógrafo? ¿Qué es lo que hace que una fotografía tenga valor documental o artístico?

–No sé, no creo que tenga el mismo significado para todo el mundo. También habrá que pensar qué imágenes van a perdurar, qué es lo efímero y qué es lo que tiene algo de sustancia. Quizás en cien años esté la respuesta a eso.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/en-1983-la-gente-casi-da-vuelta-y-quema-un-falcon-verde-sin-saber-que-alli-viajaba-el-flamante-nid29112025/

Volver arriba