Encuentro cercano con el “Juicio Final”, que atraviesa una limpieza extraordinaria en la Capilla Sixtina
ROMA.- La expresión “quitar el aliento” a veces se usa en forma excesiva. Pero es perfecta y la única que da la idea de lo que uno siente al encontrarse cara a cara, a tal sólo centímetros,...
ROMA.- La expresión “quitar el aliento” a veces se usa en forma excesiva. Pero es perfecta y la única que da la idea de lo que uno siente al encontrarse cara a cara, a tal sólo centímetros, del Juicio Final de Miguel Ángel. Los ojos saltones de las almas ascendiendo para enfrentarse a la ira de Dios, las figuras desnudas, pero luego tapadas para no escandalizar, atrapadas en un verdadero torbellino de confusión, los muertos que son sacados de sus tumbas y llevados frente a Cristo, el juez, cuya figura atlética y musculosa es el centro del impresionante mural.
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“No foto, no video”, piden los ujieres del Vaticano, mientras entregan cascos blancos a un grupo de periodistas, entre los que se encuentra LA NACION, que excepcionalmente pudo esta mañana subir al enorme andamio de siete pisos montado ante la obra maestra del genio del Renacimiento, para realizar una limpieza extraordinaria que concluirá antes de la próxima Pascua y que no implicó ningún cierre al público de la Capilla Sixtina.
A las ocho de la mañana, los Museos Vaticanos ya han abiertos sus puertas, pero en la Capilla Sixtina -que suele recibir entre 17.000 y 30.000 personas todos los días-, aún no han llegado los visitantes. Y es único estar sin esa habitual marea de gente en la capilla principal del Vaticano, llamada así por su fundador, el papa Sixto IV, un lugar sobrecogedor, siempre impactante. En el silencio, sus enormes paredes decoradas por algunos de los mejores artistas de los siglos XV y XVI -sin contar el ya mencionado Miguel Ángel-, el Perugino, maestro de Rafael, Sandro Botticelli, Cosimo Roselli y Luca Signorelli, transmiten toda su majestuosidad.
El Juicio Final está oculto detrás de un andamio instalado durante las últimas cinco semanas, que se encuentra cubierto por una gran tela que reproduce su maravilloso diseño. Es lo único que podrán ver los turistas que lleguen en este momento la Capilla Sixtina.
A los pies del andamio, Barbara Jatta, la directora de los Museos Vaticanos, explica que dos equipos de veinte especialistas ya han comenzado su misión. “No es una restauración”, sino una limpieza “extraordinaria”. En los últimos años, en efecto, se depositó sobre el mural una pátina, un velo o una capa casi invisible a los ojos desde lejos, que ha comenzado a ser removida para volver a hacer resplandecer los colores “michelangioleschi”, tal como ocurrió después de la última gran restauración de 1994, hace ya más de 30 años.
Fabio Morresi, responsable del Laboratorio Científico de los Museos Vaticanos, precisa a LA NACION que el material que se ha depositado sobre el fresco es lactato de calcio, es decir, ácido láctico o una sal blanca, fruto de la respiración y transpiración de los cientos de miles de personas que visitan la Capilla Sixtina todos los años y, además, del aumento de las temperaturas globales debida al cambio climático.
Dejan subir al andamio de a quince periodistas. Hay que ponerse el casco, guardar los celulares y ascender directamente al último piso, el séptimo. En el trayecto, que quita el aliento, salta a la vista en la parte inferior la figura de Caronte, el barquero encargado de transportar las almas de los muertos del otro lado del río Aqueronte; un poco más arriba, puede verse de cerca, como nunca, ese autorretrato de Miguel Ángel en la piel que sostiene el mártir San Bartolomé, que ostenta una actitud atormentada. Su obra maestra, de hecho, ilustra la idea de que el sufrimiento es vital para hallar la fe.
En el séptimo piso, Fabrizio Biferali, curador de la sección de Arte de los Museos, muestra la diferencia que hay entre las zonas que ya han sido limpiadas de la capa de suciedad, resplandecientes, y las que no, opacas. Además, señala ese cuadradito oscuro dejado a un costado en la parte superior izquierda cuando se hizo la gran restauración de 1994: demuestra que, más allá de las polémicas que hubo en ese momento, fue más que necesaria la gran intervención conservativa. Experto en historia renacentista, Biferali recuerda que el Juicio Universal, comisionado en 1533 por el papa Clemente VII, comenzó a ser realizado por Miguel Ángel en 1536, bajo el papa Pablo III y completado en 1541. “Cuando el fresco fue finalmente mostrado, dicen que Pablo III quedó tan impresionado que cayó de rodillas e imploró el perdón divino en el último día”, evoca.
En el piso de abajo, el sexto, Paolo Violini, jefe de los Restauradores, explica cómo es el proceso de limpieza: recubren las zonas de la pared con una doble capa de papel japonés -que tiene en sus manos para que veamos-, que impregnan antes con agua ionizada. “El papel se adhiere sin necesidad de pegamento a la pared y cuando se retira, después de un minuto y medio, logra quitar esa capa, esa pátina de suciedad, que se fue depositando. El agua saca la sal haciendo volver a la luz la película pictórica original”, subraya. Durante la gran restauración de 1994 también se usó este método del papel japonés, cuenta.
Cuando alguien pregunta si el humo de la chimenea que suele usarse durante los cónclaves para informar si fue electo un papa (fumata blanca) o no (fumata negra) ha sido cómplice de la suciedad del Juicio Final, Violini contesta que “por supuesto que no”, porque la estufa (que suele colocarse sólo cuando hay cónclave) está cerrada y el humo sale afuera de la Capilla Sixtina a través del famoso “comignolo” (chimenea). Veteranos vaticanistas, no obstante, recuerdan que durante el cónclave de 2013 -cuando fue electo Francisco-, hubo un desperfecto y algo de humo salió.
Durante esta increíble visita, los restauradores destacaron que, si bien se trata de una limpieza extraordinaria, los Museos Vaticanos llevan a cabo y rigurosamente, siempre, un mantenimiento “ordinario” de la Capilla Sixtina. “Desde 2010 todas las noches de los meses de enero y febrero, después del cierre al público de los Museos Vaticanos, restauradores de pinturas y mármoles, expertos en diagnósticos y conservación, operadores de logística y técnicos se alternan para garantizar la conservación de los frescos y demás decoraciones del lugar, a través de un capilar limpieza de polvo y rigurosos controles de los sistemas de acondicionamiento del aire y de la luz, fundamentales para las condiciones del ambiente sixtino”, revela Marco Maggi, titular de la Oficina de Conservación.
Todo esto se remonta a una tradición vaticana de limpieza que surgió justamente con el papa Pablo III, el pontífice que se postró ante la belleza sublime de la obra máxima de Miguel Ángel, que en 1543 creó el rol del “mundator”. Así se llamaba la figura encargada de desempolvar periódicamente la Capilla Sixtina, uno de los máximos tesoros del Vaticano, que pronto volverá a brillar en todo su esplendor.