Entre charlas y caminatas: Alberto Giacometti y otro día perdido
Después de trabajar por horas en el minúsculo estudio que compartía con su hermano Diego, en medio de un caos de piernas destartaladas y torsos desnudos, ...
Después de trabajar por horas en el minúsculo estudio que compartía con su hermano Diego, en medio de un caos de piernas destartaladas y torsos desnudos, Alberto Giacometti (Suiza 1901-1966) se sacudía el polvo de su traje, se perfumaba, se ajustaba la corbata y, a eso de la medianoche, caminaba hacia Montparnasse.
Solía frecuentar La Coupole o The Select donde, después de hojear los periódicos, encendía un cigarrillo y buscaba a alguien con quien hablar. Conversar era importante para Giacometti. El arte de llevar adelante una buena charla era parte esencial de su carisma. Lo suyo no era un soliloquio: escuchaba al interlocutor con atención para rebatirlo con vehemencia si discrepaban o sonreír complacido en caso de coincidir. Pero el silencio apenas duraba el tiempo suficiente para exponer otro tema de debate y así pasar más tiempo en compañía.
En el torrente de palabras que salía de su boca, indefectiblemente, en algún momento, mencionaba la frustración del día perdido, cuando poco o nada avanzaba en su trabajo, cuando le era imposible reproducir esos ojos o narices que deseaba plasmar en su escultura, cuando la inspiración le era esquiva.
De allí que en ese taller se acumularan obras arrinconadas por años, hasta que un día les daba esos toques finales y disponía que la escultura estaba terminada, aunque íntimamente no estuviera convencido del resultado.
Suizo, oriundo del Ticino, Alberto había nacido en el seno de una familia de artistas (su padre era un pintor postimpresionista). De muy joven se había trasladado a Alemania primero, y después a París y Roma, para volver a la Ciudad Luz, donde permaneció hasta la Segunda Guerra Mundial.
En pleno conflicto volvió a su país de origen, se casó con Annette Arm, quien, a pesar de los frecuentes desencuentros maritales, fue quien preservó para la posteridad la obra de Giacometti.
En esos años parisinos le fue casi imposible abstraerse del surrealismo bajo la tutela de André Breton, el conductor casi tiránico del movimiento. Una vez más, esa búsqueda de un interlocutor lo llevó a relacionarse con escritores y poetas que adherían al surrealismo, como Paul Éluard o René Crevel.
Curiosamente, mantuvo amistades duraderas con personajes tan notables como disímiles que incluían escritores como Michel Leiris, Tristan Tzara y Georges Bataille, amistades que conservó aun después de su expulsión del surrealismo por su voluntario retorno al arte figurativo, especialmente en sus dibujos monocromáticos. En realidad, no llegó a ser expulsado; un día le dijo a André Breton: “Yo me voy”. Y se fue del movimiento porque bien sabía que su destino estaba sellado.
En consonancia con esa renuncia, sus esculturas volvieron a inspirarse en la figura humana, pero se hicieron más largas y estiradas; figuras casi esqueléticas se pusieron en marcha, a caminar, a buscar nuevos senderos como una metáfora de la búsqueda del artista.
Y esa búsqueda, muchas veces frustrada por días perdidos, se plasmaba en el arte de la conversación, que incluía cualquier tópico y convocaba a las mentes más brillantes de una generación, desde el descarriado Jean Genet, un marginal (que se preciaba de su “profunda asociabilidad”), y que escribió algunas de sus obras más notables en prisión, pasando por Simone de Beauvoir, que lo admiraba como escultor, pero detestaba el permanente desorden en que Alberto vivía.
Otro de sus grandes amigos fue Jean-Paul Sartre, quien definió a Giacometti como “el existencialista perfecto, a medio camino entre el ser y la nada”.
Con quien mantuvo una estrecha y larga relación fue con el escritor irlandés Samuel Beckett, compañero de esas eternas caminatas nocturnas por París, frecuentando sus cafés y prostíbulos, especialmente el célebre Sphinx.
Durante esos días de charlas y caminatas, Giacometti y Beckett vivieron extrañas experiencias, como la noche en que presenciaron un tiroteo entre pandillas, escondidos bajo la mesa de un bar en compañía de Caroline, la eterna amante de Alberto. Finalizados los disparos, compartieron una copa con los pandilleros.
Deteriorada su salud por una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), volvió a Suiza. Tenía 65 años y los pulmones destruidos. Para entonces era un escultor de fama mundial cuyas obras alcanzaron precios siderales que quizás el mismo Giacometti hubiese considerado desproporcionados.
Además de esculturas y dibujos, también dejó más de seiscientas hojas de escritos, críticas y poemas. Quizás esos días perdidos eran el espacio necesario para ocupar su lugar… y nada más.