Esteban Pérez: la paternidad, el paso del tiempo y el complejo desafío que lo tendrá como protagonista
Llegó hace más de 30 años de su Pehuajó natal para estudiar administración agraria pero, en el medio, se enamoró de la actuación mientras hacía un taller de teatro en la escuela de Lorenzo ...
Llegó hace más de 30 años de su Pehuajó natal para estudiar administración agraria pero, en el medio, se enamoró de la actuación mientras hacía un taller de teatro en la escuela de Lorenzo Quinteros. Esteban Pérez fue parte de muchas ficciones icónicas de nuestra televisión, entre ellas Rebelde Way, Floricienta, Montecristo, Se dice amor, ATAV, tierra de amor y venganza y también hizo algo de cine y mucho teatro. El 7 de agosto estrena Lucio y yo, en el Centro Cultural de la Cooperación, donde se presentará los viernes y sábados a las 21.30 para contar la historia de José María Muscari, director de la obra, y su hijo adoptivo Lucio.
Luego de uno de los ensayos, LA NACION conversó con Pérez sobre el desafío de representar parte de la vida de Muscari con su hijo y también habló de su vínculo con su hija Simona, de 12 años. Además, recordó sus inicios y cómo fue adaptarse a la gran ciudad, además de reflexionar sobre los 50 años que acaba de cumplir.
-La obra cuenta cómo fue el proceso de adopción de Lucio y la construcción del vínculo. ¿Sabías algo de la historia?
-Sabía, como todos, que José estaba paternando y que había adoptado a un adolescente, pero no tenía muy en claro la dinámica de su historia. Así que no conocía los detalles y, a través del texto, me enteré de los pormenores de ese vínculo, de esa construcción. Es una historia de mucha valentía que habla sobre ciertos prejuicios en la adopción de un adolescente. Me parece que lo potente de la obra es que hace hincapié en esta construcción de un vínculo que, más allá de la edad de Lucio, requiere una escucha de ambas partes.
-¿Cómo es interpretar parte de las vivencias personales de una persona que, además, es el director de la obra? ¿Hubo conversaciones previas?
-Por lo que contó José, el texto tiene la aprobación de Lucio; es una versión de ambos. Conocí a Lucio en las primeras lecturas que hicimos con el actor que lo interpreta, Máximo Meyer. La idea no es imitar, sino ponerle el cuerpo y el corazón a esa obra. Es difícil porque el director es el dueño de esa historia. Tiene un grado de dificultad importante, pero por otro lado también alivia mucho saber que la mirada de José es la mirada más genuina porque está hablando de él. La idea siempre fue esa, construir el vínculo, tratar de encontrar lo esencial, que es esta decisión de ir a buscar a un niño de 15 años y comenzar una nueva vida para ambos. No hubo una pauta muy directa sobre cómo encararlo, porque la obra te introduce directamente en ese universo, y no hay que buscarle tantas vueltas. Está narrada casi cronológicamente, y es fácil trabajar con José, con quien ya había hecho Madre Coraje, en 2018.
-Entonces, no es una presión extra interpretar al director...
-No. Trabajar con José es muy fácil… Es muy sensible y no lo digo solamente por la manera de contar las historias sino porque tiene una gran percepción a la hora de armar grupos de trabajo. Y eso también es fundamental. En el escenario estamos solamente Máximo y yo y además está José, un asistente, y la productora, Paola Luttini. El equipo es fundamental a la hora de ponerse a trabajar. Ya con 50 años priorizo mucho eso. Es una historia súper honesta que es muy necesaria en este momento.
-¿Por qué?
-Creo que transitarla en el teatro contagia porque entendemos que podemos hacer un montón de cosas más por mejorar este mundo… Tanto mejorar a un otro como también mejorarse uno mismo, porque la paternidad a José le sienta muy bien. Creo que él mismo debe saber, estas son palabras mías, que es mucho más linda persona desde que está paternando y tratando de ser todos los días un mejor padre, construyendo y equivocándose. Es una historia recontra necesaria en este momento, donde los vínculos están muy vapuleados. Todos sentimos que no estamos pudiendo elegir lo que realmente queremos. En medio de tanta soledad, Lucio y yo habla de la construcción.
-Sos un actor de perfil muy bajo, ¿tenés hijos?
-Sí, tengo una hija de 12 años que se llama Simona. Por supuesto que paternar es algo que nos une a todos los que lo hacemos. Con José hablamos de algunas situaciones y, aunque mi hija todavía no es adolescente, me parece que puedo entender qué propone. Un padre sabe que por su hijo haría cualquier cosa. Por el bienestar, por ayudarlo en todo, por acompañar el crecimiento, que es también poner límites y es ceder, por momentos. En ese sentido sí encuentro un parentesco en lo que sucede en la obra, que es estar 24/7 conectado con el otro para lo que necesite, para charlar. Me es muy grato paternar, la verdad. Nunca pensé que me iba a pegar así. De hecho, cuando la mamá de Simona quedó embarazada, empecé a hacerme un montón de preguntas sobre cómo iba a ser el tema. Y no sé si eso sucedió mágicamente o si hubo un elemento de construcción también, pero no me quiero perder nada de mi hija. Nunca me quise perder nada. Yo no vivo con la madre de Simona, o sea que ella pasa mitad de semana conmigo y mitad con su mamá. Así que la paternidad siempre fue un tema que me atrapó. Entonces, hubo una conexión con José en esto de paternar.
-¿Estás en pareja?
-No estoy en pareja ahora. Y no tengo una vida muy interesante, a lo mejor. Tengo una vida muy común. Me conecto mucho con la lectura. Me gusta compartir tiempo con amigos. Me di cuenta que soy bastante familiero, aunque pensaba que no. Y soy un apasionado del oficio, y todo el tiempo estoy pensando historias o buscando qué contar.
-Decías que tenés 50 años, ¿cómo te pegó el número?
-Nunca había pensado en mi edad hasta que cumplí 50 años, en febrero pasado. Antes no registraba la edad y, tal vez, tenía que pensarla. Pero cumplí 50 y aparecieron dolores en las rodillas (risas). El otro día escuchaba una entrevista a Pacho O’ Donnell que sacó un libro sobre la vejez y decía que uno tiene que aceptar y entender que en algún momento va a ser viejo. Porque sino es ir en contra de algo biológico. El mundo en el que vivimos todo el tiempo está tratando de frenar el avance del tiempo, con cirugías, con tratamientos, con lo que sea. Cuando me dicen que parezco más joven, respondo que tengo 50 años. No quiero ni parecer más joven ni más grande, quiero tratar de estar a la altura del paso del tiempo, de tener salud, naturalmente, y de poder envejecer con dignidad. Hay un capital en la vejez y es la vida que tuviste. O’Donnell decía también que es la posibilidad de recuperar o hacer aquello que no se pudo hacer en ese momento y hay muchos adultos mayores que empiezan a estudiar, aunque en nuestro país el contexto no es el mejor ni para la salud ni para la educación. Tener una vejez digna ya parecería de otro planeta. Entonces, me llevo bien con mi edad y, por ahora, sin dolores demasiado agudos.
-¿Estás con algún otro proyecto?
-Estoy haciendo una participación en una serie sobre la historia de Nora Dalmasso, para Flow. Y no mucho más. Es bastante magro el panorama. Sin embargo, no puedo quejarme porque he tenido mucha suerte y siempre tuve trabajo… Poco o mucho, pero siempre hubo continuidad. Pero sí noto que en los últimos años se ha frenado mucho la dinámica. Después de la pandemia hubo un empujón en el que se retomaba todo, incluso con los nuevos formatos que aparecieron. En cambio, desde hace un tiempo hay muy poca producción.
-¿Y cómo vivís este momento?
-Lo vivo como lo vivimos todos, un poco perdido y sin saber hacia dónde va todo esto… De verdad, me preocupa mucho. Al mismo tiempo, sigo pensando que hay algo que no se termina de modificar o de romper y es el teatro que todavía nos sigue necesitando como seres humanos, tanto para aquellos que se sientan a ver una obra como para quienes estamos del otro lado contando una historia. No soy alguien que tiene una visión romántica, ni tampoco soy optimista con el futuro del que estamos hablando. Pero si encuentro un lugarcito de optimismo, es saber que el teatro siempre es un foco de resistencia en medio de estos cambios globales y de esta situación en particular sobre la cultura en el país. El teatro es un elemento fundamental en nuestra idiosincrasia porque los argentinos somos teatreros. Me encantaría poder decir que hay un montón de proyectos que se están desarrollando, pero no es cierto. Entre colegas, y pensando en las nuevas generaciones, el otro día comparábamos este momento con el de hace 30 años atrás, cuando nosotros recién empezamos y existía la televisión y había decenas de ficciones: novelas, unitarios, comedias. Había un lugar donde empezar. No digo que haya sido fácil, porque nunca es fácil. La verdad es que me cuesta mucho adaptarme, y no solamente por lo económico sino también porque no me siento convocado por las historias que se cuentan. Pero bueno, tampoco quiero ponerme en viejo cascarrabias.
-¿Tenés otra entrada económica?
-He tenido la suerte de tener trabajo de manera constante para poder transitar mi economía tranquilo aunque sin tirar manteca al techo, naturalmente. No soy alguien que necesite tanto. Tengo una vida muy austera. Alguna vez he dado clases de teatro, seminarios.
-Viniste de Pehuajó para estudiar, ¿cómo fueron esos primeros años en Buenos Aires?
-Vine a estudiar administración agropecuaria pero la realidad es que hice medio año y dejé. Honestamente, hay un momento que en los pueblos más chicos terminás el colegio y tenés que salir a estudiar algo. Mi viejo (Oscar Pérez) es actor y de hecho tiene un teatro en Pehuajó, pero mi vínculo con el teatro arranca ya de más grande. Al principio me interesó la música y tocaba la batería, pero era malo (risas). Y también me interesaba la literatura, no tanto el teatro… Mientras estudiaba empecé a hacer un taller de teatro en el Rojas, y al año siguiente entré a la escuela de Lorenzo Quinteros, pero tampoco con la intención de ser actor. No lo tenía claro. Supongo que, en algún momento, empecé a fantasear con esa idea. Y después, al año siguiente, di el ingreso en la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático), donde estudió José también; cuando yo entré, José estaba saliendo. No éramos amigos, pero nos cruzamos y vi todas sus obras desde el principio. Cursando la EMAD entendí que quería hacer esto.
-¿Y qué te dijo tu papá cuando le contaste?
-Que me iba a cagar de hambre (risas). Él en Pehuajó hizo de todo porque no podés vivir de actor en un pueblo, pero el teatro fue una vocación que estuvo siempre muy presente en su vida. Y me dijo que le parecía bien si me gustaba, porque es hermoso. Me acuerdo que le respondí muy generalmente también, que no me iba a cagar de hambre. Los primeros años en Buenos Aires, mientras estudiaba, trabajaba como comisionista, lo cual me dejaba tiempo para hacer lo que me gustaba. La “hippiaba” mucho (risas).
-Arrancaste haciendo teatro independiente, ¿cuál fue tu primera oportunidad en televisión?
-La EMAD tenía esa gran impronta del teatro independiente y de la autogestión que yo no habité mucho porque tuve bastante suerte con la continuidad laboral. El teatro siempre es el primer vínculo de amor con el universo al que uno termina volviendo continuamente. Empecé haciendo teatro independiente, después apareció la oportunidad de hacer una obra en el Cervantes. Al mismo tiempo se dio un trabajito en televisión y, en ese momento, hacías dos bolos por mes y pagabas el alquiler… En el Cervantes hice Lágrimas en el Sahara, con Alejandro Awada, Alicia Zanca y Rubén Stella. Y en la misma época hice un pequeño personaje en Los médicos de hoy 2, con Luisa Kuliok, Diego Ramos, Julieta Cardinali, Juan Gil Navarro. Eso fue lo primero que hice en tele, y recuerdo que duró unos pocos meses porque no fue muy bien. Pero enganché y con el tiempo hice Rebelde Way, Rincón de luz, Floricienta. Honestamente tuve mucha suerte porque las cosas se dieron mágicamente, por casting.
-¿Tenés alguna ficción preferida?
-De alguna manera, todas quedaron en algún rincón del corazón. En algunas trabajé con amigos, como en Floricienta, y eso estaba bueno. Montecristo fue una novela que me gustó mucho porque fue una propuesta interesante y novedosa también. Y no he tenido malas experiencias, lo cual está bueno. Los elencos en los que estuve funcionaban armoniosamente. Y en teatro tuve la fortuna de cruzarme con Juan Carlos Gené, en dos obras en el Cervantes: Stefano, con Luis Brandoni, y Todo verde y un árbol lila, que hablaba sobre el nazismo. Fue una experiencia maravillosa, no solo por laburar con Gené sino porque justo hubo un paro en el Cervantes en ese entonces, y tuvimos más tiempo para ensayar. Recuerdo que cambió la apuesta y la dinámica de la obra, y fue hermoso ser parte de ese proceso. Fue la experiencia más cercana al teatro antropológico de búsqueda absoluta.