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Eterna Buenos Aires

Buenos Aires no nació una sola vez. Como ciertas ciudades del mundo antiguo, fue soñada, olvidada, arrasada y vuelta a construir. Su historia no es una línea recta, sino una serie de irrupciones...

Eterna Buenos Aires

Buenos Aires no nació una sola vez. Como ciertas ciudades del mundo antiguo, fue soñada, olvidada, arrasada y vuelta a construir. Su historia no es una línea recta, sino una serie de irrupciones...

Buenos Aires no nació una sola vez. Como ciertas ciudades del mundo antiguo, fue soñada, olvidada, arrasada y vuelta a construir. Su historia no es una línea recta, sino una serie de irrupciones que fueron tejiendo su leyenda: primero un desembarco frágil; después una refundación práctica y bien administrada, y siglos más tarde, una invención literaria.

La primera fundación de Buenos Aires fue el 2 de febrero de 1536, un acto de arrojo y de error a la vez de don Pedro de Mendoza, quien llegó al Río de la Plata y en nombre del rey Carlos I, cumpliendo el mandato imperial de fundar una ciudad y asegurar el territorio para la corona española, crea Nuestra Señora del Buen Ayre, nombre que ya contenía una promesa, la de un clima benigno, serenidad y cierta placidez. Pero la tierra no respondió a la promesa.

El asentamiento fue precario, sobre la costa barrosa del Río de la Plata, paupérrimo en sus recursos, apenas un caserío frágil sitiado por el hambre y la hostilidad de los querandíes. Más que fundada, fue resistida y combatida hasta someterla a penurias horribles, como episodios de antropofagia. Aquella Buenos Aires fue una ciudad sin suelo,sin comida y sin futuro. En 1541, los escasos sobrevivientes optaron por abandonarla. Buenos Aires no murió: fue borrada sin pena ni gloria.Tal vez ese sea el gran nudo de la primera de sus grandes frustraciones.

La segunda fundación fue eficaz. En 1580, Juan de Garay volvió a plantar una ciudad en el mismo borde del río, bajo el reinado de Felipe II. La llamó Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Garay no llegó como conquistador, sino como un administrador de su rey, y repartió tierras, trazó calles, instituyó un cabildo. Se asentaron pobladores. Que además de ciudad fuera un puerto le daba otra significación. Esta Buenos Aires no fue heroica ni trágica; fue persistente y sobrevivió porque tenía la fortaleza de perdurar. Con el tiempo, aquella ciudad trazada por Garay dejó de ser un puesto marginal del imperio para convertirse en un escenario decisivo de la historia.

En 1776 se crea el Virreinato del Río de la Plata, y la eleva a capital política y administrativa. Su puerto, otrora vigilado y restringido, pasó a ser la puerta de entrada de ideas, mercancías, negocios y contrabando, tanto como fuente infinita de progreso e innovación. La ciudad fue creciendo en conciencia y peso específico, no como una colonia pasiva. Los virreyes tuvieron sus edeen ella ,mientras que nativos y españoles empezaron a pensar en su futuro.

Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 marcaron un punto de inflexión: por primera vez Buenos Aires debió asumir la protección efectiva de su metrópoli, en soledad prácticamente, y descubrió que estaba en condiciones de tener milicias urbanas, vecinos armados y convertir sus calles en trincheras y sus casas en fuertes, donde todos desempeñaban el rol de soldados activos. Buenos Aires empezó a pensarse como sujeto de su propia historia. Fue como una fundación político-militar, que le otorgó el orgullo de soñar con una potencial autonomía.

La culminación simbólica de ese proceso fue el 25 de mayo de 1810, cuando en nombre de un rey ausente, Fernando VII, prisionero de Napoleón, se formó la Primera Junta de Gobierno. La Plaza, frente al Cabildo, se transformó en un escenario histórico. La semilla empezaba a germinar, y se dejó de hablar en nombre del rey y se comenzó a hablar en nombre propio. La ciudad no era solo asentamiento ni una capital virreinal: era una idea de movimiento, un proyecto colectivo, una voz con resonancia que intuía libertades y un concepto de patria.

Pero si la historia había fundado Buenos Aires como ciudad política, aún faltaba una fundación más sutil y duradera: la de la palabra. Sería el inspiradísimo y eterno Jorge Luis Borges quien propuso otra fundación. Así escribe Fervor de Buenos Aires en 1923. La tercera fundación, mítica, de Buenos Aires, donde niega la historia oficial para crear otra verdad. No habla de Mendoza ni de Garay, habla de esquinas, patios, calles quietas al atardecer. Olvidos o perdones, cuando no venganzas.

Borges no funda una ciudad con armas, sino con palabras, y dice: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires…”. Así, las tres fundaciones se concatenan: Mendoza representó el origen violento, pobre y frustrado; Garay, la administración,el orden, la perdurabilidad; Borges, la invención simbólica que le da lirismo e identidad. Y acaso ahí resida su secreto: Buenos Aires existe aún no porque fue fundada, sino porque sigue siendo fundada cada día,en cada instante, por cada uno de sus ciudadanos, en su infatigable soñar una vida mejor.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/eterna-buenos-aires-nid29012026/

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