Evil Dead: en llamas es una apuesta a los excesos que hace retroceder varios casilleros a la saga
Evil Dead: En llamas (Evil Dead Burn, Estados Unidos/Canadá/Nueva Zelanda/2026). Dirección: Sébastien Vanicek. Guion: Sébastien Vanicek, Florence Bernard, Sam Raimi. Fotografía: Philip Lozano....
Evil Dead: En llamas (Evil Dead Burn, Estados Unidos/Canadá/Nueva Zelanda/2026). Dirección: Sébastien Vanicek. Guion: Sébastien Vanicek, Florence Bernard, Sam Raimi. Fotografía: Philip Lozano. Edición: Maxime Caro. Elenco: Souheila Yacoub, Hunter Doohan, Erroll Shand, Tandi Wright, Luciane Buchannan, Maude Davey. Calificación: No disponible. Distribuidora: UIP-Sony. Duración: 111 minutos. Nuestra opinión: regular.
2 stars
La buena recepción de la segunda entrega del reboot de la saga Evil Dead había dejado la mesa servida para una continuación. En su tiempo, la creación ochentosa de Sam Raimi logró combinar los miedos atávicos del terror satánico con el sugerente splatter nacido de los excesos de esa década por demás sanguinolenta. El intento de actualizarla llegó a su mejor forma con Evil Dead Rise (2023), bajo la dirección de Lee Cronin, hoy convertido en un activo del horror contemporáneo con su reciente versión de La momia (en la que coló su nombre antes del título en una ostentación de ‘autoría’ que parece consagrarse cada vez más rápidamente). Cronin levantó la vara después de la convencional versión de Fede Álvarez de 2013, y sumó a las preocupaciones sobre demonios y conjuros el asunto ya trajinado de la maternidad traumática.
Sin embargo, la nueva aproximación al universo de Evil Dead del francés Sébastien Vanicek (Vermin: La plaga) retrocede varios casilleros. O, mejor dicho, cree que acumular escenas de “diseño” sin criterio, cada una más escabrosa y retorcida que la anterior, es un mérito que sostiene esa aspiración de ser “la más salvaje de la saga”. De hecho, su in crescendo no es dramático sino artificial, cronometrando a cada minuto cómo se puede causar mayor repulsión, si reventando un cráneo con la bandeja del lavavajillas o retorciendo un oído con una pluma estilo.
Así la película es una apuesta por el exceso en todos los sentidos, acumulando sangre y muertes sin construir climas ni desarrollar personajes, con la única idea de que, si todo es más asqueroso, con más vísceras y desfiguraciones, el espectador del festín del terror quedará satisfecho. Y, por supuesto, sin dejar atrás la actual tendencia de incluir un tema de agenda que “sostenga” la gestación argumental: la violencia intrafamiliar acelera conflictos y circula como tema de discurso y permanente conversación.
No hay mucho que presentar en la perspectiva de Vanicek, simplemente situar la emergencia de los demonios convocados por el Necronomicón en un ambiente boscoso e inhóspito, donde primero dos amigos que salieron a pescar recibirán su imprevista visita, y luego el rebelde primogénito de los Price se estrellará contra su mismísima encarnación. De allí, una muerte y su imprevisto funeral conducen a una casona derruida en un bosque solitario donde la reciente viuda y la familia de su marido deberán convivir a instancias de un duelo que se torna cada vez más infernal.
Es poco lo que enraíza esta sorda disputa de los deudos con el Libro de los Muertos y la investigación del Círculo de los Sabios para el conjuro de esa maldición: el verdadero rol del apellido Price en la batalla contra los demonios circula apenas en la periferia de la historia, para devenir en una especie de McGuffin hitchcockiano que persigue a la familia unida y encerrada en el gótico enclave de su destrucción.
Lo único que parece importarle a Vanicek, que fue elegido por el propio Raimi al quedar impactado por los hallazgos visuales de su ópera prima, es el diseño de las escenas de enfrentamiento entre libres y poseídos, concebidas todas con un despliegue de ingenio en instrumentos y mecanismos -y toques de humor a cargo de una anciana con Alzheimer y dentadura postiza-, recorriendo desde áticos a rutas solitarias, pasando por duchas -¿guiño a Hitchcock?- y chimeneas, sin mucha más ambición que los golpes de montaje y los alambicados maquillajes de la monstruosidad.
Los personajes no son más que títeres de esa familia disfuncional, que en sus generaciones pasadas oscilaban entre la aventura heroica para los varones y el sacrificio silencioso para las mujeres, y en los últimos eslabones emerge con una violencia consistente y operística que alterna la obscenidad del muerto y la cobardía del sobreviviente. Una idea que podría resumirse en el tagline de la película: “Cada familia tiene sus propios demonios”. Sí, es cierto, pero en el cine hay que saber representarlos.