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Federico Merke: “Las cumbres son como Lollapaloozas del cambio climático”

Es tan complicado, tiene tantas aristas el cambio climático que se lo podría definir como un “problema maldito”. Eso es lo que piensa Federico Merke, ...

Federico Merke: “Las cumbres son como Lollapaloozas del cambio climático”

Es tan complicado, tiene tantas aristas el cambio climático que se lo podría definir como un “problema maldito”. Eso es lo que piensa Federico Merke, ...

Es tan complicado, tiene tantas aristas el cambio climático que se lo podría definir como un “problema maldito”. Eso es lo que piensa Federico Merke, profesor asociado de relaciones internacionales en la Universidad de San Andrés, donde dirige una maestría y es investigador del Conicet. En esta entrevista de más de una hora con LA NACION, el autor de ¿Por qué no queremos salvar el mundo? Cómo explicar las acciones (e inacciones) de los países frente a la evidente crisis climática (Siglo XXI) dijo que “en materia ambiental, Estados Unidos se comporta más como un estado emergente que desarrollado” y que Trump está en contra del cambio climático porque sabe que en el fondo no puede competir con China. Respecto de la Argentina, señaló que el país debe tomar los recursos fiscales que deja Vaca Muerta para plantear estrategias serias de energías renovables. De todos modos, quizá la mejor síntesis de la charla y de cómo ve el tema la escribió en su libro: “Casi todo en el mundo tiene que ver con el clima, excepto el clima, que tiene que ver con la política”.

-¿Cómo llega a analizar el cambio climático un experto en relaciones internacionales? En todo caso, ¿cuál fue tu recorrido?

-Lo hago como experto en política internacional. No me percibo un militante del ambiente. Miro el problema del cambio climático como un problema fundamentalmente político y económico. El primer día en que pensé este asunto como un problema serio fue el día que se decretó la cuarentena en la Argentina (por el Covid). Ese día conecté el encierro provocado por un virus con la posibilidad de que tuviéramos que adoptar otras medidas drásticas motivadas por el cambio climático. Si hacemos esto por esta cosita chiquita, este virus, qué pasaría si tuviéramos que hacer cosas similares por el cambio climático. A partir de ahí se me convirtió en una obsesión y tuve que leer mucho sobre la ciencia del clima, algo desconocido para mí. La tuve que entender para conocer el objeto de estudio. Después me tuve que dedicar a estudiar qué hacían los gobiernos y cómo entra en la agenda de un líder que tiene otras preocupaciones, como crecer, luchar contra el crimen, la desocupación, los enemigos externos; es decir, cuando el cambio climático es un problema entre otros.

“El horizonte temporal en la solución del problema ambiental es tan extenso que genera más incertidumbre”

-¿Es realmente una posibilidad tomar medidas drásticas como cuarentenas para mitigar el cambio climático? ¿Cuáles serían?

-Por ejemplo, que se decida que los seres humanos deben limitar los viajes internacionales en avión para reducir la emisión de carbono; o que haya que comer menos carne (por el metano que emiten las vacas); cambiar en general hábitos de consumo y de viaje, como una obligación, no como sugerencia. La cuarentena planteó un desafío, que era la libertad del virus versus nuestra libertad de movilidad. Frente a la idea de que se movía rápidamente había que reducir nuestra movilidad. Eso generó debate en muchos países que creyeron que la libertad de movimiento humano estaba por encima del riesgo de contagio; otros privilegiaron el contagio en términos colectivos y restringieron la movilidad. Eso fue una discusión política e ideológica; decir de qué lado estabas permitía inferir a quién votabas, sea en la Argentina, en Europa o en los Estados Unidos. La pandemia se convirtió en parte de la polarización política. Y eso se traslada al cambio climático con la diferencia importante de que la cuarentena fue un fenómeno discreto, abrupto, global, instantáneo, visible, muchos perdieron familiares y amigos. El cambio climático es más invisible y no es algo abrupto e inmediato que demanda urgencia, y por eso se pospone desde hace décadas.

-En tu libro, caracterizás al cambio climático como un problema maldito, ¿por qué?

-La idea de problema maldito es una categoría que se usa en procesos observables y significa que es difícil de conocer en su totalidad, es como un blanco móvil, muy azaroso, con líneas de base que son poco útiles para predecir eventos futuros. Y es maldito porque su solución es muy compleja y es difícil hasta saber si lo estás solucionando o no. En el caso del cambio climático implica rasgos de incertidumbre sobre el clima y la salud del planeta; se trabaja con escenarios, pero no es determinista, sino probabilístico. Tiene distinto niveles de acción, desde las Naciones Unidas hasta lo municipal. Es maldito porque tiene una dimensión de tecnología, una económica, una política y hasta psicológicas y culturales. Además, es maldito porque todos los esfuerzos que estamos haciendo tienen efectos que no conoceremos completamente hasta dentro de mucho tiempo; el horizonte temporal en la solución del problema ambiental es tan extenso que genera más incertidumbre.

-¿Qué otros ejemplos hay en la ciencia política de problemas malditos? Para comparar y ver cómo se resolvieron, si se resolvieron.

-Es que son malditos porque no se resuelven. Muchos suelen entender el crimen organizado como un problema maldito. El narcotráfico en particular. La producción, comercialización y el consumo de drogas tiene tantas puntas y actores que es muy difícil una intervención nacional, que es inútil si no es regional y mundial.

-¿Pero no es más simple, comparado con el cambio climático?

-(ríe) Podría parecer, pero en Colombia la droga sigue y aumentó, no se soluciona. Se controla, se regula, hay momentos de más o menos. Pero no hay solución. No es lo mismo la inflación, que está controlada en todos los países del mundo, salvo en la Argentina, donde sí parece un problema maldito. Uno de los aspectos centrales que lo hacen maldito a un problema es cómo se articula el espacio y el tiempo en la comprensión: si es global es un asunto de todos y no es de nadie. En un contexto en que no hay instituciones globales.

-O sí, pero sin poder de policía.

-Lo que hay son acuerdos internacionales, convenciones. Hay agencias de la ONU; como el IPCC o el Convenio Marco (contra el cambio climático), pero con poco poder para monitorear, para denunciar o sancionar al que no colabora. Son compromisos muy ambiciosos con una brecha entre la ambición y los instrumentos para operar. La dimensión de la globalidad es clave. El otro problema es la temporalidad: la idea de que es algo por venir. Los expertos del clima dicen que no, que ya está con nosotros, ya sucede. Pero eso ya divide la discusión porque hace que algunos digan que, si es así, solo queda adaptarse, no combatir el cambio climático en términos de mitigación ni transición energética, sino en términos de adaptación y resiliencia. Otros dicen que hay que hacer las dos cosas, adaptarse a lo inevitable y hacer la transición. Hoy si ponés los planes de contribuciones nacionales determinadas de los países estamos en 2,5° de más respecto a la era preindustrial hacia fin de siglo. Cuando la meta de París es evitar los 2° o incluso que no pase de 1,5°, que para algunos ya está perdido.

-Otra de las dificultades es la necesidad de cambiar los estilos de vida, consumir menos, hacer otros usos de la energía, no viajar en avión si no es imprescindible. ¿Eso es lo más difícil o cuál es el punto más crítico?

-No creo que sea lo más difícil, ni lo fundamental. Las personas hacen lo que pueden en función de una oferta que no deciden. Como ciudadano comprometido podés exigir políticas ambientales pero esa capacidad de demanda hoy es limitada. El obstáculo fundamental es cómo abandonamos un sistema de energía basada en recursos fósiles y pasamos a un sistema basado en renovables.

-¿Eso es lo central?

-Ahí hay un nudo enorme entre la ambición que plantea el sistema multilateral que es dejar los combustibles fósiles atrás, a un piso de 5 o 7% de la matriz, y pasar a un sistema renovable. Hay muchos obstáculos que operan en el mercado y en lo político.

-Y cuestiones técnicas y acerca de la velocidad en la que se puede reemplazar el viejo combustible.

-Es un punto importante, parte del problema maldito: no tenés todas las herramientas para combatir el problema. Salimos a navegar y construir el barco al mismo tiempo. Hay tecnologías maduras como la solar y la eólica, y otras en proceso de desarrollo, como la captura de carbono y el hidrógeno verde, que es un boom en términos de marketing ambiental pero todavía falta para que sea operativa y comercializable, y certificada por agencias. Hay procesos que están en construcción y no sabemos qué tecnología se va a consolidar.

-Otra cuestión es el mecanismo de las COPs (“Conferencia de las partes”, las cumbres de la ONU): ¿funciona, sirve, ha servido históricamente, más de 30 años después?

-En mi análisis histórico, cada 10 años hay un acuerdo sustantivo. Significa que son procesos muy lentos, muy dialogados y cada vez más presionados por actores privados que impulsan o bloquean agendas verdes. Las últimas se hicieron en países que tienen petróleo y coordinadas por jerarcas del petróleo. Las delegaciones del sector fósil son muy poderosas en las COPs, así que por diseño y por proceso decisorios consensuado es muy difícil que lleguen a acuerdos sustantivos, que impliquen un cambio de juego. Hay consensos graduales que van de COP en COP, no es que una hace la diferencia, sino que en la suma se genera un consenso sobre acciones. Lo otro interesante es lo que sucede afuera de las negociaciones entre gobiernos, startups, inversiones, tecnología, sociedad civil, diplomacia ciudadana. Se convirtieron en una especie de Lollapalooza del cambio climático con distintos escenarios para elegir donde estar, con distintos incentivos. La transición está avanzando por esos consensos lentos, y en parte porque hay actores privados que consideran que es un buen negocio. Avanza en el Norte y en el Sur, pese a líderes populistas de derecha, como Trump, que niegan el fenómeno.

-A eso iba. El lobby petrolero está interesado en participar en las COPs, pero hay otra posición que directamente está en contra, niega y no participa del esfuerzo mundial.

-Ahí ya hay obstrucción climática. La idea es romper consensos y presionar a otros países. En este momento estamos en un punto de bifurcación luego de décadas de consenso respecto de coaliciones marrones, es decir, empresas petroleras, químicas, del plástico, fertilizantes: un ecosistema muy fuerte que busca resistir en los Estados Unidos. Y otra coalición verde, jugada a lo ecológico, lo solar, y lo nuclear (que se la ve como transición también) y ahí tenés empresas pioneras en Alemania, Dinamarca e incluso Estados Unidos, Inglaterra, Países Bajos, con partidos verdes, mucha sociedad civil, expertos de todo tipo. Y un actor que cambia el juego y es China. Occidente está perdiendo terreno en la transición energética. Los países nórdicos son pioneros, con una vocación democrática y ambiental, pero después se olvidaron de hacer política industrial y dejaron casi todo en manos del mercado, que estaba inmaduro. China está haciendo una enorme política industrial orientada a la generación de energías renovables. No por un imperativo democrático ni moral, sino por tener mayores márgenes de autonomía y no depender del petróleo que importa de lugares geopolíticamente complicados como Oriente Medio.

-¿No fue entonces por un imperativo moral sino por necesidad económica?

-Fueron tres imperativos. Uno, reducir la dependencia del suministro de otros países, tener seguridad energética. En segundo lugar, por el riesgo físico que estaba generando el cambio climático en China; ellos lo experimentan en olas de calor, derrumbes, huracanes, sequías, contaminación ambiental. Pekín cambió mucho en eso. Hay un componente de bienestar de la población, ya que no hay democracia, debido a que hubo muchas protestas ambientales en China. El tercero es que China está buscando que la transición sea una pata fundamental de su liderazgo tecnológico. Pelearle a Occidente con nuevos empleos verdes, paneles solares, aerogeneradores, autos eléctricos, baterías de litios, energía nuclear. Estas capacidades materiales las tiene China, desde las tierras raras, los minerales críticos hasta los autos eléctricos: China controla toda la cadena de valor de la transición, y eso es el 20% de la economía del país, y puede crecer. Está haciendo más plata exportando tecnología verde que lo que hace Estados Unidos exportando fósil.

-Si China es el modelo de transición, ¿cuál sería el modelo de gobernanza global posible ante el cambio climático? Es decir, si allí funciona con dirigismo y planes quinquenales, y las democracias occidentales dan como resultado a Trump, que lo niega…

-Hubo un proceso de aprendizaje inverso. China aprendió a ser capitalista en su interacción con Occidente y al mismo tiempo lo acopló con un Estado dirigista, tradicionalmente chino, que nunca abandonó en su ingreso a la globalización; no achicó el Estado y no abrió su economía. Hizo una inserción muy pragmática, aceptó inversiones como instrumento para aprender. Los grandes maestros de la excelencia tecnológica china fueron Tesla, Apple y Volkswagen. Entraron a China y capacitaron y transfirieron tecnología. Hoy China se come el almuerzo de esas compañías. Metió plata en subsidios y política industrial. Su objetivo no es la ganancia, sino el liderazgo estratégico. Está dispuesta a perder plata en nombre de ocupar posiciones en el mercado global.

“China está haciendo una enorme política industrial orientada a la generación de energías renovables. No por un imperativo democrático ni moral, sino por tener mayores márgenes de autonomía y no depender del petróleo que importa de lugares geopolíticamente complicados como Oriente Medio”

-Eso es calificado en ciertos casos como dumping .

-Es una forma de dumping. Lo puede hacer porque tiene empresas estatales, porque para ellos es empleo y mercados. Y si no ganan plata no es tan grave… a un CEO norteamericano lo echan; a ellos, no.

-¿Y Occidente qué debe aprender de China? ¿Es una posibilidad restringir la democracia, ser dirigista, acaso armar planes quinquenales?

-Hoy Occidente reaprende a hacer política industrial, para competir con China hay que hacer cosas parecidas. Eso implica reactivar un Estado que estuvo dormido, que se concentró en hacer que el capitalismo funcionara. El cambio climático es una falla de mercado, es una externalidad negativa, y el propio mercado no lo puede resolver sin un alineamiento de incentivos con políticas públicas.

-Los extremos te dirán que eso es falso y que el mercado todo lo puede, ¿vos creés que el cambio climático es un límite a ese credo?

-No alcanza con el mercado; tampoco solo con Estado. Hay que encontrar un equilibro con un mercado que invierta capitales y tome riesgos, pero con incentivos fiscales y de políticas públicas hechos por líderes. Una suerte de cooperación público-privada. Es como ordenar expectativas con regulación.

-¿Hará falta que el cambio climático se sienta todavía más en lo cotidiano para empujar liderazgos?

-Ahí la literatura de las ciencias cognitivas señala que tenemos una capacidad limitada para manejar problemas. En general, dominan los problemas más cercanos y urgentes. Si aparece una sequía en tu campo, o una marejada que rompe casas, ahí la urgencia es máxima y la preocupación es máxima. Ahí se activa la discusión. Pero cuando el problema cede en distancia y urgencia, volvés a otros que se sienten más urgentes como la inflación, la desocupación o la inseguridad. La conclusión no es que todo debe estar peor para tener mejor gobernanza, sino convencer. Hay estudios que dicen que por cada dólar invertido en adaptación se recuperan diez. Eso hay que internalizarlo.

-En ese contexto, la Argentina apuesta al extractivismo agropecuario y a Vaca Muerta como El Dorado. ¿Esto debe cambiar? Hay por otro lado una lógica de sacar los recursos fósiles antes de que se dejen de consumir.

-Varias cosas para comentar. El aporte de la Argentina a las emisiones globales es menos del 1%. Hay países que emiten mucho más. La comunidad internacional no espera una medida urgente de descarbonización de la economía argentina, sí una hoja de ruta y ayudar a la solución. No es realista dejar bajo tierra los recursos de Vaca Muerta, una entrada de divisas que la Argentina no puede desaprovechar.

-¿Entrada de divisas para quién?

-Para el país, en términos fiscales, de recaudación. Vaca Muerta al máximo genera un ingreso similar al del campo. Y la Argentina no puede darse el lujo de dejar eso bajo tierra. Sí tiene que asumir que la explotación de combustibles fósiles puede ser una ventana de 20 o 30 años a partir de la cual la demanda de fósiles irá a la baja. Los precios están aplanados, creció la solar, incluso con Trump. El carbón cayó 9 puntos y el gas creció 0,8%. Nada, en un país que la requiere para centros de datos. Es decir, que crece a pesar de Trump. Hay un mercado que dice que empezar un proyecto de cero en renovables es menos costoso que hacerlo en fósiles.

-Con la lógica de que la Argentina no puede darse el lujo todos los países podrían decir lo mismo y enterrar cualquier tipo de transición. Mientras, el planeta sigue dando muestras de sus límites.

-Es un buen punto. Los que más resisten son los países que dependen del fósil para sus arcas, los petro-Estados. Unos veinte en todo el mundo, donde es el ingreso número uno: países del Golfo Pérsico, algunos africanos y Venezuela. La Argentina no es un petro-Estado. Los del Golfo bloquean intentos de acelerar la transición, pero por otro lado están invirtiendo a largo plazo en el desarrollo de renovables, parque solares y eólicos, porque saben que la tendencia es a la baja. La Argentina debería saberlo porque los más eficientes serán los últimos en caer, y son ellos. La Argentina caerá antes que Emiratos Árabes en la demanda de petróleo. Como país, la Argentina debería sumar esa oportunidad de 20 años y extraer recursos de las rentas de Vaca Muerta para financiar la descarbonización. Pero ¿cuál es la capacidad fiscal?

-Buena pregunta.

-La transición implica un despliegue de capital enorme, con paneles, aerogeneradores y tendidos nuevos; hace falta mucho dinero. En China la energía eléctrica que se agregó el año pasado es más que toda la energía que produce la India. Y lo que agregó de todas las fuentes en los últimos cuatro años es más que todo lo que genera Estados Unidos. Los expertos dicen que Estados Unidos debería agregar un tendido eléctrico similar al que tiene para ser verde. La Argentina ya tiene ese problema: si no crecemos en renovables es por distribución. Pasar de la geología a la tecnología es caro. Podés tener los paneles solares, pero hay que conectarlos a un tendido eléctrico, hoy no está ese capital. Ese tendido debería ser inversión estatal, un bien público para facilitar que el sector privado invierta. El desafío argentino es la capacidad fiscal para poner en marcha una transición ambiciosa. Y la respuesta es que es muy acotada. ¿De donde sacar? De Vaca Muerta. No veo otras opciones. El campo argentino es de siembra directa y emite menos que la tradicional, así que ahí está en mejores condiciones, pero igual tiene que hacer esfuerzo para luchar contra la deforestación. No somos Brasil, pero la deforestación aquí fue fuerte: en Salta, Formosa, Chaco, Santiago del Estero se perdió mucho bosque nativo.

-No parece la tendencia de cobrar más impuestos para este tipo de obras al menos hasta fines 2027.

-No. La Argentina tiene un impuesto al carbono en nafta, pero va a rentas generales. Debería generar programas para incentivar la transición, o que la gente tenga más acceso a paneles. Es paradójico también, pero Milei dejó entrar autos chinos y en Ciudad de Buenos Aires tienen exenciones de impuestos. Es cierto que faltan lugares donde enchufarlos, pero están en aumento. China es el principal productor y exportador de autos eléctricos del mundo, más que Tesla. Es una industria que avanza.

-¿Cómo afecta o ralentiza el paso a la siguiente instancia el rearme de Europa tras la guerra Rusia-Ucrania?

-Un clima de fragmentación geopolítica y de más conflictividad genera más gasto en defensa, en lugar de fondos verdes y cooperación internacional. Por otro lado, el gasto en defensa que es visible en Estados Unidos, Canadá y toda la OTAN, también en Japón, China e India, supone una demanda de materiales similares a los que hacen falta para la transición. Con el mineral plata podés hacer paneles solares o Tomahawks, y no hay para todo; lo mismo con el cobre y otros minerales. Son los mismos. Y los mismos que la IA. Entonces es una sobredemanda de materiales que Occidente pensó que eran infinitos y que se podían externalizar. Quien se adueñó de ese procesamiento fue China, y se dio cuenta Occidente que los necesita y no los tiene. El riesgo es que la geopolítica meta lo climático en la competencia entre potencias y no derrame a los países del sur global, que son los que más ayudan necesitan.

-Hay autores que dicen que el cambio climático es el problema central del siglo XXI. ¿Está de acuerdo?

- Sí. Diría que sí. El mundo puede coexistir con una China potencia y con una China autoritaria, pero no con una China que emite carbono indefinidamente.

-¿Y en Occidente, se soportaría un Estados Unidos autoritario?

-Ese es otro problema . Si tiene una deriva autoritaria se convertirá en una amenaza para todo el orden global. No solo para el hemisferio. Y será una amenaza también a la acción climática. En Estados Unidos la cuestión ambiental se volvió parte de la agenda identitaria. Es fácil inferir qué opinan un demócrata y un republicano sobre el cambio climático, así como con otros temas clave. En materia ambiental, Estados Unidos es más un Estado emergente que desarrollado. Porque tiene instituciones débiles, cambiantes, sujetas al cambio político doméstico. Cada cuatro años entra y sale de París. Y nosotros hablamos del péndulo argentino...

-Y no nos va bien con el péndulo.

-No te va bien porque la gran potencia tiene que generar previsibilidad, seguridad. De involucrarte en un asunto en el que voy a estar mucho tiempo. Hoy hay incertidumbre.

¿En cambio la certidumbre son los planes quinquenales de China?

-Eso es lo interesante de China: su acción climática no es una respuesta a la retirada norteamericana, no hay reciprocidad. Se sigue la estrategia propia por más que el otro no haga nada. China está embarcada en la acción climática más allá de lo que haga o no haga Trump. Ese es un dato estructural de cómo viene la transición energética a nivel global. Mi explicación en relación con la negación de Trump es que él dice que el cambio climático es un invento chino porque visualiza que perdió la competencia por la transición. Por lo tanto, le baja el precio al problema para no reconocer que está perdiendo.

-Como las uvas verdes de la fábula.

-Exacto. Te orino el piano porque no lo sé tocar. No creo que Trump esté convencido.

-¿No es parte de una negación general de la ciencia?

-Hoy las revisiones de literatura del cambio climático encuentran que el 99% dice que existe y lo provocó la acción humana, no hay división de la biblioteca. Es un invento de Milei que hay discusión técnica. En él sí es más ideológica la postura. En el caso de Trump es por interés: su idea es hacer plata él, sus amigos y recién después pensar en los Estados Unidos. Él monetiza la experiencia de gobierno. Gobernar es un negocio familiar para él. No es tan ideológico. Por eso creo que le baja el precio , porque es un terreno en el que no puede jugar. En cambio, Milei no puede aceptar que haya fallas de mercado porque no cree que el Estado tenga un rol que cumplir. Por disonancia cognitiva, para no entrar en cortocircuito, dice que el cambio climático no existe.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/federico-merke-las-cumbres-son-como-lollapaloozas-del-cambio-climatico-nid01032026/

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