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Fernanda Trías: “Todo lo que escribo, por más ficción que sea, conecta con algo muy íntimo”

A veces, el lenguaje conforma un territorio personal. Y en la obra de Fernanda Trías, esto se nota enseguida: sus narraciones hacen tambalear los límites entre lo real y la ficción, traman una a...

Fernanda Trías: “Todo lo que escribo, por más ficción que sea, conecta con algo muy íntimo”

A veces, el lenguaje conforma un territorio personal. Y en la obra de Fernanda Trías, esto se nota enseguida: sus narraciones hacen tambalear los límites entre lo real y la ficción, traman una a...

A veces, el lenguaje conforma un territorio personal. Y en la obra de Fernanda Trías, esto se nota enseguida: sus narraciones hacen tambalear los límites entre lo real y la ficción, traman una alternativa. Tanto es así que ganó dos veces el Premio Sor Juana Inés de la Cruz; la primera, con su magistral novela Mugre rosa, en la que imagina una distopía en una ciudad confinada por una neblina tóxica; la segunda, con El monte de las furias, la historia de una mujer solitaria que vive en la ladera de una montaña, abandonada del mundo.

En estos días, ese modo de explorar la lengua vuelve a verse en los cuentos de Miembro fantasma, una serie de historias que dejan a la vista el dolor que encarna lo perdido, ya sea por el paso del tiempo, por el silencio, o por el olvido.

“Llevo años interesándome mucho por cómo narramos, cómo nos contamos a nosotros, a nosotras, a nuestro pasado, cómo armamos las historias que contamos a los demás, pero también que nos creemos. Va más allá de la escritura misma. Ya vengo explorando el tema de la memoria desde Mugre rosa. A partir de la pregunta que se hace la protagonista sobre cuál es el inicio, dónde empieza lo que empieza y cómo solo podemos entenderlo en retrospectiva. Pienso la memoria y la realidad misma como categorías inestables”.

Aunque nació en Montevideo, Trías es, ante todo, una escritora migrante. En su adolescencia tuvo que dejar Uruguay durante la dictadura militar, vivió en Francia varios años, luego en Buenos Aires, le siguieron los Estados Unidos y desde hace diez años elige en Bogotá, donde es profesora universitaria de Creación Literaria. Podría decirse que cada lugar transformó su escritura; Colombia la marcó con la experiencia de la violencia.

“Hay una violencia que no había en nuestras dictaduras. En Colombia, el conflicto armado lleva más de 50 años y se ha convertido en parte integral de la sociedad, al punto que está completamente normalizado. Hay un horror sin límites al que la sociedad se acostumbró. Y para poder escribir sobre eso tenía que hacerlo de maneras inesperadas para mí misma. La naturaleza está muy presente en Colombia, dicen que es el país más biodiverso del mundo. Y me preguntaba qué conexión habría entre la naturaleza exuberante y la violencia tan brutal. Empiezo a entender que la naturaleza estaba muy relacionada con el conflicto armado, porque la propia topografía del país y la propia hostilidad de su geografía funcionan como refugio para permitir esconder toda esa violencia, no hay manera de llegar a ella. Es decir, todos los grupos armados están metidos en la selva y dispersos en una topografía que ni siquiera está cien por ciento mapeada. Es inaccesible en muchos lugares. El propio territorio habilita que sean imposible de erradicar esos grupos. A partir de esas conexiones locas es que empiezo a pensar en lo que luego se iba a convertir en El monte de las furias”.

En su escritura, el espacio que sea, también es cuestión esencial. Por ejemplo, en una de sus primeras novelas, La azotea, el departamento donde vive la protagonista se vuelve central para mostrar la jaula de los vínculos, de la locura, de la muerte. “Sí, y en los cuentos otra vez vuelven, ¿no? Esos departamentos. Me hicieron notar que en este libro hay muchas ventanas y mujeres que miran a través de ellas. Siento que la ventana es una escenificación de esa frontera entre el adentro y el afuera. Creo que las ventanas, por un lado, te abren hacia el afuera, pero por el otro pueden traer la mirada hacia dentro, hacia el paisaje emocional. En el adentro es un paisaje emocional, en el afuera es otro paisaje, hay algo de lo inaccesible, de lo que no puede franquearse”.

Esto aparece de un modo especial en el cuento “De frontera solo el aire”, cuando la narradora presencia un asesinato desde su ventana. “Cuando pensaba en la ventana como una frontera asocié con ese cuento que es diferente en el conjunto. Es un cuento que tiene a Bogotá como escenario, se observa mucho los límites de los distintos estratos sociales, o sea, cómo esas fronteras están muy presentes, separando el tejido social. Ahí uso la palabra frontera de manera más literal, pero en realidad siempre está presente esa frontera”.

Ida y vuelta

En el fondo, en todos los relatos Trías encuentra la estructura capaz de contener la historia en un ida y vuelta, que además, deja a la vista los mecanismos de la escritura. Hay algo generoso en ese hacer. “Me gusta cuando en una historia fondo y forma prácticamente son inseparables, que realmente la forma en que se cuenta una historia esté muy íntimamente vinculada con la historia, con lo que se quiere narrar”, dice.

“En este libro me animé un poco más al humor, a pensar una cantidad de ideas recibidas, de cosas que se dicen sobre la escritura y sobre los varones que escriben y las mujeres que escriben. Encontré la manera de meter algunas reflexiones en tono irónico o de parodia en estos relatos. Estaba con ganas de pensar sobre mi proceso creativo. Y mi escritura es eso, ¿no? Es esa mezcla de autobiografía e imaginación, al punto de que ya no creo ni en la ficción pura, ni en la memoria. Estoy todo el tiempo mezclando. Me pareció interesante desnudar esos mecanismos de la ficción y ponerlos con los andamios hacia fuera, para compartirlo con los lectores. Decir: ‘Bueno, mirá, te revelo la magia, el truco de cómo los escribo’”.

Esos lazos se cruzan de modo singular en “Última carta a Claudia”, un cuento narrado por una escritora; acaba de perder la memoria y le escribe una carta a otra mujer por varios motivos, entre ellos, encontrar el final de un cuento que dejó inconcluso. Así, sus estructuras siempre se las ingenian para dejar algo detrás de un velo, que las narraciones nunca descorren, pero el lector intuye. ”En estos cuentos también estoy intentando dejar siempre algo atrás de ese velo. Cuando digo eso me acuerdo de ‘Sombras sobre un vidrio esmerilado’, el cuento de Saer, y esa imagen detrás del vidrio muy típico de las casas viejas. Es un cuento en el que la forma tiene todo que ver, porque es una poeta que mira a este hombre a través del vidrio esmerilado y a su vez va intentando escribir un poema en la cabeza. Va construyendo el poema y lo va desarmando, lo va deshilando. Eso es lo que a mí me gusta, esa manera en que la historia y la forma dialogan. Me gusta que en todos los cuentos haya algo de la historia que queda detrás de ese vidrio esmerilado: lo viste, lo entendiste, pero no se ve cien por ciento claro".

Cuerda invisible

En ese sentido, el título del libro marca una ausencia, algo que no está, pero insiste en aparecer, y que aúna todos los relatos con una cuerda invisible. “La idea de miembro fantasma me servía para englobar estas sensaciones fantasmáticas. Las emociones, los dolores y todo aquello que no se puede nombrar. Ahí, otra vez, está lo que queda sin decirse; se tratan de unas vivencias que prácticamente son inaccesibles para los propios personajes, no las pueden agarrar”.

No es la primera vez que la autora uruguaya toma un concepto de la medicina y lo vuelve la materia de sus narraciones. Trías trabajó durante 20 años como traductora médica y algo de ese universo se infiltra en su literatura. ”Ya he trabajado con conceptos de la medicina para pensarlos de otra manera en la narrativa; es algo que se volvió una obsesión, por deformación profesional, después de tantos años de trabajo como traductora médica. Pensaba que esas traducciones eran lo que tenía que hacer para vivir, que me robaban el tiempo, le robaban energía a mi escritura... Nunca imaginé que iba terminar sacando de ahí mucho, mucho material. Me pasaba todo el día traduciendo sobre enfermedades y sobre el cuerpo; eso se volvió parte de mi manera de pensar el mundo, incluso metafóricamente”.

Si en sus novelas anteriores exploró cuestiones que iban desde un niño con un raro síndrome hasta la locura; el tema que recorre varios de estos cuentos es la adicción, en particular el alcoholismo. “Muchos de los dolores fantasmas están vinculados con la enfermedad de la adicción. Tiene muchas complejidades... Por un lado, la adicción en sí, y por otro, el consumo es el síntoma de una enfermedad emocional mucho más profunda. El consumo es una compulsión que tapa o intenta hacer soportable un dolor. Es un dolor casi incomprensible, que literalmente se intenta ahogar. En el caso del alcohol, se habla popularmente de ahogar las penas...”.

“Es un tema que conozco bien, por cuestiones familiares muy cercanas, que afectaron mucho mi vida”, prosigue. ”Todo lo que escribo, por más ficción que sea, tiene algún punto en el que conecta con algo íntimo. En en el caso de mi propio drama familiar, una de las cosas que que más me atormentaban era que no se decía la palabra. No se decía que esa persona era ‘alcohólica’. Dentro de la propia familia, era un murmullo. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) entiende las adicciones como una enfermedad, socialmente no se aceptan como tales; a veces se aceptan como deformación moral o de la voluntad... Por eso lo asocié con el miembro fantasma. Por lo pronto, yo lo viví como un fantasma que está ahí, que se ve, pero que no se nombra, que no se comprende, y va devastando la vida de la persona y de todos los que están alrededor”.

La vida itinerante que lleva Trías también se traduce en su obra, en cuanto a aquello que cruza las fronteras de lo que las palabras pueden nombrar. “Nunca sabré cómo podría haber sido mi escritura de haberme quedado siempre en Uruguay. Nunca lo voy a saber, pero creo que hubo influencias de todo tipo. Algunas incluso desde el lenguaje mismo, muchas me abrían a nuevos temas de obsesión. Me acuerdo de cuando llegué a Francia... Nunca antes había pensado acerca de mi identidad, pero de pronto se abrió un mundo sudaca al que yo no sabía que pertenecía. A partir de allí escribí varios de los cuentos de mi libro anterior, No soñarás flores, que son sobre la extranjería, pero que hablan también de cómo la identidad muta según dónde vivas".

Aun así, el terruño, y su encuentro adolescente con su compatriota Mario Levrero, resulta una parte fundamental de su historia. ”Tuve mucha suerte de conocerlo cuando yo empezaba a escribir. Al principio no fui a los talleres, empecé a tener un vínculo más uno a uno con él. Fue una época muy dura de mi vida, hacia el final de la adolescencia sufrí mucho y él tenía esa capacidad para saber leer al otro. Creo que se dio cuenta de mi fragilidad, entonces me resguardó. Yo solo le mandaba textos y él me daba retroalimentación. Nos fuimos haciendo amigos. Él tenía un talento muy especial en cuanto al vínculo humano, casi algo místico... Realmente transformaba la vida de esos jóvenes que pasábamos por ahí. Y eso es un don”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/fernanda-trias-todo-lo-que-escribo-por-mas-ficcion-que-sea-conecta-con-algo-muy-intimo-nid05042026/

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